Paraje cántabro en Los Machucos lavuelta.com

Vuelta a EspañaLa Vuelta descubre otro mito, Los Machucos

El puerto cántabro, con rampas como las del Angliru, será hoy el final de la decimoséptima etapa

BustabladoActualizado:

Cantabria no se acaba nunca. Al pueblo de Arredondo, en la cuenca del río Asón, le pusieron como apodo «La Capital del Mundo». Eso dice un cartel a la entrada. Las palmeras que plantaron junto a sus caserones los indianos que volvieron con fortuna tras hacer «las américas» siguen creciendo. La naturaleza también tiene memoria. En Arredondo y en Cantabria caben siglos de aventuras, incluidas unas cuantas de la Vuelta a España. Aquellas ascensiones agónicas al temido puerto del Escudo, donde los camioneros sufrían de vértigo. O la estela de las grandes estrellas del pelotón como Eddy Merckx trepando por Los Tornos. O por La Sía. O por Lunada. O como Contador en 2012 camino de Fuente Dé, la cima en la que le quitó aquella edición a «Purito» Rodríguez. O como Froome y Cobo en su duelo, codo a codo, en Peña Cabarga. Cantabria, como pregona su lema turístico, es infinita. Y ahora, la Vuelta a España que comienzó en Nimes descubre otro pedazo de este paraíso natural: Los Machucos, la pared que sube a los pastos de la vaca pasiega. El próximo mito ciclista.

Los ciclistas cántabros ya conocían la cuesta, que también se llama Collado de la Espina. Óscar Freire, por ejemplo. Pero fue el Gobierno cántabro el que abrió la puerta. Miguel Ángel Revilla quería revitalizar la zona. Recordarle al mundo que Arredondo y sus montes son la capital del planeta. Revilla ha pateado esta ruta de ganaderos. Arriba, junto al monumento a la vaca pasiega, se celebra la Fiesta del Camino. Si no lo impide la niebla, desde ese vértice la vista se abisma. Cantabria a tus pies. Qué mejor lugar para traer un espectáculo deportivo. Y nada mejor que la Vuelta, la carrera que corre por las pantallas de millones de espectadores de todo el mundo. Y que no saben que su capital está, precisamente, aquí. En Arredondo. El Ejecutivo cántabro se puso en contacto con la Vuelta.

Fernando Escartín, mano derecha de Javier Guillén, director de la ronda, vino a ver Los Machucos. Cuadraba a la perfección con el perfil de la prueba: es una subida tremenda, tan bella como exigente, con rampas superiores al 20%, incluso con un muro del 28%. El primo cántabro del Angliru, el coloso que este año regresa a la Vuelta. «El descubrimiento de este puerto va a revitalizar la zona. Dejaremos un legado espectacular», vaticina Guillén, que sigue desbrozando nuevos montes en Cantabria, la comunidad que no se termina nunca. La etapa con meta en los Machucos es la decimoséptima, cuatro días antes del final en Madrid. Partirá desde Villadiego, subirá Lunada por la meseta y llegará a la puerta de Arredondo por la cuesta de Alisas. Ahí, en la última curva del descenso, está el cartel que lleva al nuevo mundo: Bustablado, un nido de casas en un costado del municipio de Arredondo.

Al pueblo se llega al trantrán, a rueda del camión cisterna que recoge leche para una cooperativa del Asón. Casas con balconadas. Una ristra de chalets adosados. Prados cercados por muros de piedras. La lluvia pone jugosa la hierba. Las vacas la transforman en leche. El milagro habitual. A eso se dedica el camión cisterna. A eso y a ralentizar el tráfico. En cualquier caso, el tramo hasta Bustablado es el más veloz. Luego todo será lento, muy lento. Junto al «Bar La Taberna», buena mesa para unos huevos con picadillo, un cartel marca el camino. Los Machucos. Lorena lleva la tasca. A un euro el «cortao». Habla de la Vuelta ciclista con ilusión. «Es que aquí hacía falta algo así. Los jóvenes no tienen nada. Se van», dice. Lo cuenta como un estribillo repetido durante generaciones. De aquí son los indianos, emigrantes en busca de mejor vida. Ahora se van más cerca. A Santander, a Bilbao, a Madrid.

Bustablado ya nota el efecto de la Vuelta. El pueblo ha sido descubierto. «Ufff. Desde que se supo que iba a subir por aquí la Vuelta ha venido mucha gente. Muchos ciclistas», señala Lorena. Más trajín en la barra. En el barrio no hay hoteles rurales. «Se alquilan algunas casas, pero es para gente que siempre ha venido aquí en verano». La Vuelta puede cambiar eso, como pasó con el Angliru y Riosa, la localidad que se ha convertido en punto de peregrinaje para cicloturistas ansiosos de medirse con el infierno asturiano. «Hasta hace poco no había ni carteles para ir a Los Machucos. Por eso la gente paraba en el bar para preguntar por dónde se va», apunta Lorena. No es difícil. Basta con tirar hacia arriba. La primera rampa, barnizada de boñiga pasiega, ya se eleva al 17% de desnivel. Buen aperitivo. El aroma a vaca llena los pulmones.

Desnivel del 28%

Hay un cartel que limita la velocidad a 30 km/h. Parece una broma. Ni en coche se va más rápido. El aviso va en serio. Los Machucos se empinan enseguida. La vista asusta. Viene un kilómetro entero al 13%. Un padre y su hijo, cada uno con su mountain bike, se retuercen. Disfrutan del castigo. Y lo que falta. La carretera es vieja, parcheada, rugosa. Con la lluvia, patina. Un vaquero, montado en su mulo y escoltado por cinco perros de esos que no tienen raza definida pero que son más listos que el hambre, conduce su rebaño entre las rocas pálidas que emergen sobre colonias de brezo. Es una postal de otro tiempo.

Para el segundo de los nueve kilómetros de la subida, las piernas ya llevan una buena paliza. La ruta, en forma de escalones, da algún respiro y, a continuación, te atiza con otro tramo al 25%. En el ecuador espera un hayedo con un zócalo de helechos. La niebla y las vacas sueltas por la carretera pintan un cuadro al aire libre. Los animales miran al viajero como extrañados. Antes no venía nadie por aquí. ¡Qué pasa ahora! Dicen que la vaca pasiega es de dócil temperamento, «mansa, ágil y de fácil cebo». El caso es que no se mueven. Los Machucos son suyos. Hay que insistir para que se aparten al ritmo de su cencerro. Despacito. Canción del verano. Así se conquista esta montaña.

El velo de niebla ayuda: mejor no ver lo que aguarda. Varias curvas con piso de cemento. Unos hablan de desniveles del 26%; otros, del 28%. Al límite, en cualquier caso. Si llueve, los ciclistas apenas podrán levantarse de sus bicicletas. Condenados a exprimir sus riñones sentados para evitar que la rueda trasera pierda tracción. La tortura da tregua ante de llegar al último paso canadiense. Desde allí, faltan un descenso y la rampa final, del 12%. Arriba espera el monumento a la vaca pasiega. Allí estará también la meta de la decimoséptima etapa. Por ella pelearán Froome, Contador, Nibali, Aru... Todos querrán poner su nombre al último descubrimiento ciclista de Cantabria.