ARTE

Transitar desde el sujeto, aún. Así es el Gordillo del CAAC

Luis Gordillo recapitula su propio yo y se ofrece con sinceridad al espectador en su «Confesión general» en el CAAC

«La familia americana» (1974), una de las obras de Gordillo expuestas en el CAAC
«La familia americana» (1974), una de las obras de Gordillo expuestas en el CAAC

Alguien, no sin cierta maldad y hace tiempo, afirmaba que si Luis Gordillo hubiera nacido en cualquier ciudad francesa su obra estaría representada en todos los centros y museos de arte contemporáneo del mundo y su dilatada carrera ocuparía páginas principales en todas las historias, compendios y diccionarios internacionales. Nada digamos si fuese alemán. O norteamericano. Pero nació en Sevilla, España aún. La impresión general es que su figura y trascendencia no fueron bien dimensionadas ni contextualizadas en su eco inmediato y posterior; ni tan siquiera su obra ha sido correctamente difundida ni rentabilizada de cara al exterior, tal vez por ese complejo inherente al ser español de minimizar los valores propios y ensalzar las banalidades foráneas. Ya, en una fecha tan temprana como 1972, Simón Marchán se quejaba de que no se hubiera subrayado lo suficiente el papel de su obra en los procesos evolutivos de la pintura del momento. Vicios patrios que han afectado a quien puede ser considerado –por el talento para la indagación plástica e idiomática, cuyos variados planteamientos no han menoscabado una férrea coherencia interna, y por su capacidad de influencia en generaciones sucesivas– como uno de los artistas españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX (y de lo que llevamos de XXI).

Algo de justicia debe quedar aún, pues tras las antológicas del MACBA («Superyo congelado», 1999) y del MNCARS («Iceberg tropical», 2007), la actual del CAAC, que reúne más de 200 obras y repasa sus múltiples etapas y tránsitos creativos, cierra un círculo en la ciudad que le vio nacer y que, para colmo y sin sorpresas, siempre le fue esquiva desde aquella primera individual en 1959, en las salas de la Oficina de Información y Turismo. En «Confesión general», Gordillo despliega un proceso auto-analítico en torno a sus prácticas creativas, algo que revela un profundo conocimiento interno de las debilidades y fortalezas propias, y una voluntad por reordenar sentimientos y actitudes en la búsqueda de una comunión imposible entre sus múltiples yoes. Como bien indica Aurora García en el catálogo, a pesar de las continuas exploraciones en los territorios de la pintura y, por extensión de la imagen, «el retorno a lo que brota libremente del sujeto», el tránsito desde, a través y a partir del sujeto como objeto de indagación y como fuente primaria de problemas y soluciones, así como el convencimiento de haber hallado en lo pictórico un mecanismo de escritura universal y atemporal, han sido invariantes que ha marcado la actitud vital y artística del hispalense.

Sin etiquetas

Desde los inicios, desde el primer enfrentamiento en París, entre 1958 y 1962, con la obra de Michaux, Wols, Dubuffet o Fautrier y el descubrimiento del Art Informel; desde su vinculación a caligrafías sígnicas en cuanto que cauces de expresión interior, hasta los procesos de redescubrimiento y reinterpretación de la figuración, así como la asimilación peculiar del lenguaje pop (que ha basculado entre la atracción y el distanciamiento), la producción de Gordillo aparece como refractaria a asumir etiquetas o a auto-enmarcarse en compartimentos estancos. Así, hasta el enfriamiento irónico de la pintura o las indagaciones en las posibilidades técnico-reproductivas de la imagen que le facilitan los medios digitales de los últimos años.

La muestra destila algo de recapitulación íntima, sin contriciones, y también de ofrecimiento sincero al espectador, a quien se invita a auscultar espacios recónditos y secretos (de tal modo debe entenderse la reproducción de parte del taller del artista en las salas) donde acontece, compleja, la creación.

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