ARTE

Luis Gordillo: «Convicciones tengo pocas. Eso me salva»

Al CAAC, antiguo monasterio de la Cartuja, llega Luis Gordillo dispuesto a realizar una «Confesión general». Así se titula su más reciente retrospectiva, la que abarca desde sus inicios informalistas hasta sus obras actuales que hibridan la pintura

Luis Gordillo, ante dos de las obras de su antología en el CAAC
Luis Gordillo, ante dos de las obras de su antología en el CAAC - J. M. Serrano

En Sevilla celebró Luis Gordillo (1934) su primera retrospectiva, y allí se organiza ahora la última, en el CAAC. Al artista le cuesta hablar de su ciudad, elude la pregunta, y se sirve de la ironía para sobreponerse: «No creas al director del centro cuando dice que esta es mi más grande antológica hasta la fecha». El pintor tiene la edad suficiente para hablar con conocimiento de su trayectora y de la disciplina que le ocupa. Y hace evidente que los miedos del principio siguen latentes. Eso es lo que le impulsa a continuar. Y a no hacer borrón y cuenta nueva, a pesar de la «Confesión general» del título.

–¿Cómo se ha planteado esta revisión de su trabajo con tantas como lleva a sus espaldas?

–Tengo la sensación de que esto va finalizando. Otras muestras similares se realizaron «en el curso» de algo. Ahora parece que mi proyecto se va redondeando, que está en los últimos capítulos. Quizás ya no haya más citas así. Ya he hecho la antológica del MACBA, la del Reina Sofía… Mi obra está bien explicada, con buenos catálogos. Esto lo veo como un final y por eso propuse otro título, que aquí me dijeron que daba mal fario.

–¿Qué nombre era?

–Lo he olvidado, pero el director lo sabe [era «Resumiendo»]. Y mira que este tampoco es bueno. Parece que pido disculpas, que en algún momento me equivoqué. No me gusta; con lo que cuido yo los títulos...

–En su biografía, las crisis personales han dado paso a etapas creativas intensas. ¿Estamos hoy en una de ellas?

Hoy no hay pintores geniales. Nadie llega al 10, como ocurría con Rauschenberg o Polke. Sólo llegamos al 7 u 8»

–Yo estoy normalmente en crisis. Lo que pasa es que algunas han sido más importantes, en las que he pensado que tenía que dejar de pintar, como me ocurrió en París. A finales de los sesenta me sucedió algo similar, cuando tengo la sensación de haber dejado la vanguardia, un problema capital, porque para mí la vanguardia era un dogma de fe. Sus seguidores eran los que escribían la Historia del Arte. ¿Qué estaba haciendo yo entonces? Sin embargo, mi obra empieza a interesar a la gente joven, y cada vez más.

–Si le apoyan los jóvenes, eso significa que sí que está en la vanguardia de la vanguardia.

–Es que ahí está la trampa: No son «los» jóvenes. Es «una facción» de los jóvenes. Hay muchos a los que estoy seguro que mi obra les molesta, que la consideran una trampa histórica. No me extrañaría nada porque yo a veces también la veo así. Juego a prostituir la Historia.

–Pero, y esto es una opinión personal, su obra ha envejecido bien. No pueden decir lo mismo otros artistas.

–Es posible. Pienso en Bacon y creo que no ha sido un vanguardista. Su obra anterior a la que conocemos tal vez tuvo algunos ramalazos. La conocida es una obra figurativa, expresionista, quizás relacionada con los ismos de principios del siglo XX, pero no tiene nada que ver ni con el conceptual, ni con el minimal, el arte de su tiempo. Y, sin embargo, su trabajo es importante y está ahí, señalando una posibilidad. Y hay artistas que fueron radicalmente de las vanguardias y que desaparecieron. Copiar una vanguardia es algo que está tirado. Hoy, hacer una instalación es puro chichinabo. Yo las podría hacer maravillosas. Lo complicado son tus primeras obras, aquellas con las que rompes el «statu quo» y creas un prototipo nuevo.

–Cada vez que se oye que alguien fue un artista «a contracorriente» es para referirse a un autor asimilado por el mercado. ¿Cómo se consigue ir a contracorriente por convicción?

–Yo, convicciones tengo muy pocas. Pero eso me salva. El estar todo el día en cuestión da una energía extra. Desde luego, cansa muchísimo. Cuando veo a esos artistas que han llegado «a su cuadro», y es fácil decir nombres, pienso en el oficinista que va al despacho o el muchacho que sale a patinar. Lo mejor es que a veces lo venden, que eso ya es la rehostia. Yo soy exactamente lo opuesto. Voy todos los días al estudio a morirme, a luchar. Y esa era mi actitud también en otras épocas. También hay artistas que llegan a su estilo –algo que siempre he tratado de forma peyorativa– muy pronto, y de los que da mucho gusto seguir su obra.

–El término «gordillismo» se creó para definir su estilo. No me queda claro si no le agradaba porque se quedaba con los rasgos más superficiales o porque se le quedó obsoleto.

–Eso me lo puso Santiago Amón tras exponer en la galería Maeght. Coincidió también con la Nueva Figuración madrileña. Había imágenes de Gordillo que casaban con el movimiento, y por eso las definió así. Pero si Gordillo es ya un apellido feo, «gordillismo» era peor. Así que nunca me interesó defender su significado, que desapareció pronto. Lo que permaneció fue cierta influencia en otros.

–Ha cultivado la foto. Cuando la usaba, ¿estaba pintando?

–Es lo más probable. Pintando o «contrapintando», en un juego a la contra. Por ejemplo, en un momento en el que pintaba con muchísimo color, los setenta, me pongo a hacer fotos en blanco y negro. Pero los temas son los mismos. Esa tensión me gusta. No es que quiera pervertir lo primero, sino ver los resultados desde el lado opuesto. Una tendencia que he mantenido.

–Su labor con lo digital, ¿repetía esas pulsiones?

Hoy, hacer una instalación es puro chichinabo. Yo las podría hacer maravillosas. Lo complicado es romper el «statu quo»

–Lo digital es la continuación de lo fotográfico. En los setenta el ordenador no estaba al alcance de todos. Incluso, fíjate, en mi época más geométrica apareció el Centro de Cálculo. Su director me llamó para unirme. Y lo rechacé. No llegué a calcular la potencia del ordenador. O quizás me dio vergüenza. Ahora no comprendo mi reacción. Sin embargo, trabajé con el «off-set», con el color fotográfico… Convertí en patológico experimentar con la profundidad en el espacio a través del choque de colores. Quería hacer una pintura en profundidad sin claroscuros, posponer el final del cuadro del que tanto se hablaba, y me hice daño. Y en eso estoy todavía. Por eso, todas las cosas que hacía con medios técnicos me sacaban de esa obsesión de la profundidad. Me permitían trabajar en plano y me proporcionaban alivio.

–Luis Gordillo no fue ni un informalista puro, ni un pop puro, ni un pintor puro. ¿Qué es lo más puro que ha dado Gordillo?

–[Ríe]. Bueno, informalista fui más bien ortodoxo. Pop, no. Allí me evadí. Pero yo quería ser pop. «Las cabezas», motivo recurrente en mi obra, tienen algo de carteles. Al principio me admitieron como pop solo esa serie. Y con dudas. Pero últimamente me meten todo los setenta como pop, como en la reciente exposición del Thyssen-Málaga. Es una estética que quedó soterrada. Como la del informalismo. Como la del geometrismo. Yo he defendido el eclecticismo de las tres. Es un cóctel que está en la base de mi obra, que siempre se ha movido entre el deseo de ser libre y el controlar ese deseo.

–¿Le queda recorrido a la pintura española?

–La sensación por ahora es que la pintura no muere. Digamos que se ha quedado en un espacio extraño. Tú vas a la Documenta y allí no hay cuadros. Tampoco en las bienales. Los teóricos ya han firmado su acta de defunción. Y actualmente no creo que haya pintores geniales. Nadie llega ya al diez, como ocurría hasta Rauschenberg, Jasper Johns o Polke. Su potencia, su energía, definía la Historia. Ahora como mucho llegamos a artistas de 7 o de 8. Clemente, por ejemplo. O Hockney.

–¿Qué nota se da usted?

–Yo no paso del 7,5. Creo que en la pintura hoy no se puede pasar de ahí. Pero, ¿se ha hecho novela novedosa después de Joyce? No. En cine, ¿hay algo mejor que Hitchcock? No. Tal vez estemos en una época en la que se come del crédito.

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