Ambiente en la Feria de Nuestra Señora de la Salud de Córdoba
Ambiente en la Feria de Nuestra Señora de la Salud de Córdoba - Rafael Carmona
Pretérito Imperfecto

La Feria de las vanidades

Nadie ha sido capaz de cambiar la Feria, pese a envalentonarse de principio, cayendo en la hipocresía y el ridículo

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LA Feria de Nuestra Señora de la Salud es el espejo de las vanidades de todos los políticos que han pasado (y pasarán) por el Ayuntamiento de Córdoba. A todos y todas se les inflama el pecho cual palomo embuchado prometiendo un recinto ferial de miriñaques y última generación, microclimas, atardeceres full HD, buen gusto (¿), modales versallescos y estratificación social como si en lugar de un callejero de conspicuos nidos de placer efímero estuviéramos ante la composición del Consejo del Movimiento Ciudadano. En origen, el recinto de El Arenal ya nació viciado: trasladar de la decimonónica Victoria la celebración pagana más importante en cualquier ciudad andaluza a un terreno compactado de escombrera junto al río dice mucho de la idealización de nuestra fiesta mayor por quienes han de gobernarla o, al menos, entorpecerla lo menos posible. El añorado ecosistema de sombra fue un brindis al sol, que reina cada mayo con su lozanía y cuarentena haciendo las delicias del pueblo y los empresarios de la climatización. Luego llegaron los tiempos de los perros atados con longanizas y Doñarrosa queriendo batir el récord Guinness con la portada más grande del mundo ferial. Ínfulas de Abderramán y rosismo en estado puro. Y ni el PP de Nieto ni ahora el cogobierno zen de doña María Isabel Ambrosio con los grumos de IU han tenido bemoles de planificar a cuatro años una reforma necesaria que libere nuestros quebrantos feriales de esta condición de poblado nómada en el desierto cordobés.

A punto de cumplir veinticinco años, el tablero de casetas y atracciones ha estado también en el epicentro de las operaciones urbanísticas más rocambolescas -y sabrán que en Córdoba llevamos décadas de ventaja en este aspecto-. Pepe Mellado se inventó la «Ciudad del Ocio» al lado de una Feria. Luego tomó el relevo el estadio «frankenstein», un inacabado engendro de 40 millones que iba a tener hoteles, césped en el techo, la Esquina del Bernabéu y locales comerciales de joyerío. Incluso llegó a rumorearse que trasladaban el recinto deportivo y mudaban la plaza de toros de Los Califas, para acercar la afición a la barra e intentar llenar algún año la plaza sin que venga José Tomás. Con el mismo vértigo que una cuadrilla de la construcción planificando sobre el terreno la ampliación de nuestra casa, con tirafondos ganábamos la otra orilla para plantar miles de aparcamientos y si acaso más casetas, aunque estuvieran vacías... Lo último en esta vanidad ha sido la playa al otro lado de la autovía, evitando así la fuga de cordobeses a Málaga en el segundo fin de semana de la Feria de la Salud (otro oxímoron).

En este bucle de pura melancolía estábamos todos los años, cuando apareció hace unos días el código de buenas prácticas en la mesa de la señora Ambrosio y alguna jurista de Capitulares que torció el gesto. Guerra al escote y el bíceps caligrafiado. Mujeres de reclamo como antesala de la violencia machista y el maltrato y alguna «perla» más que ha terminado en el cajón, al final.

Cuesta trabajo entender este triple salto mortal con tirabuzón de nuestros rectores, cuando cada miércoles del festín de mayo, unos veinte mil jóvenes, muchos de ellos menores, se ponen ciegos junto a la portada en un macrobotellón lamentable que, obviamente, y a tenor de la falta de medidas contundentes de todos los partidos políticos -repito, todos- para erradicarlo, debe ser una buena práctica para evitar situaciones de acoso a la mujer. Pura hipocresía política y social. Convengamos en que a partir de ahora será mejor una Feria con trajes de gitana de cuello vuelto. Todo vanidad. Cada año más vanidad, pero de vacío.