Mercedes Cubero
Mercedes Cubero - Pepe Camacho
Reloj de arena

Mercedes Cubero: los balcones que te esperan

Una de las voces que mejor ha tratado al flamenco empezó en la casa de sus padres, en la calle Moratín

SevillaActualizado:

Hay un pasaje infantil en su vida, en ese tiempo donde las horas son largas y los sueños siguen intactos, que parece una escena en blanco y negro de una película de Cifesa. O de la niña Marisol rumbo al río del éxito. Merceditas cantaba en casa de sus padres, en la calle Moratín, con los balcones abiertos, haciendo las tareas del hogar mucho más llevadera con la música de su voz.

Y comenzaron a abrirse las ventanas de las vecinas para oírla y, abajo, en la calle, la gente se paraba olvidándose del mundo para convertir un minuto de asombro en lo más dulce del día. Quien cantaba era Mercedes Cubero, una de las voces payas que mejor ha tratado el flamenco, según opinión del flamencólogo y erudito, José María Pérez Orozco.

Con el tiempo, las vitrinas de su curriculum, se llenaron de premios nacionales para honrar el conocimiento de sus cantes, desde la saeta a las serranas, convirtiéndose en una de las grandes de la jondura. Por el fuerte tronco de su voz podía marinear hasta la copa del árbol de la gracia una rumba que olía a Triana, un fandango aliñado con anís del Alosno o unas sevillanas lidiando a cinco toritos negros.

En los balcones de Sevilla, cuando la primavera tensaba el aire para arrojar saetas dolientes a los calvarios de lirios tristes, tuvo Mercedes Cubero el trono imperial de su poderío. Agarrada a los jierros, en los púlpitos donde Sevilla desgrana su teoría de la liberación a base de pulmones infatigables, le cantó al panteón de nuestros santos y vírgenes principales, para luego en la Catedral, con Tomasa y Manolo Mairena, completar un trío de lujo de las gargantas de Dios, con cuya excelencia se quedaron el molde los arbotantes de tan descomunal montaña de fe. Hay un momento en la madrugada de Sevilla que hasta las piedras de los arcos de la Catedral parecen extender sus manos destempladas por los ayes de los rezos cantados.

Durante veinte años seguidos estuvo de primera dama en la Exaltación de la Saeta. Para dejar al papa polaco en plena plaza de San Pedro con un pellizco en el corazón, tras oírla cantar una saeta en 1999. Por entonces, Mercedes, ya conocía el palo que más aire pide y tantas dificultades tiene, a pedir de boca, palio y advocación. Algo que, muchos años atrás, le nacía de la emoción y no del conocimiento. Pero el resultado siempre era el mismo: la gente, ya fuera el papa de Roma, ya un vecino de Triana, entregaba con su voz un corazón hecho añicos por tanta pureza.

La primera saeta de su vida la cantó con 10 años. En la calle San Pablo. Un Domingo de Ramos que se desparramaba en technicolor, por el puente, desde Triana a Sevilla. Venía en su palio marinero una Estrella bendita. Y el padre de Mercedes, a pie de calle, la colocó tan cerca del paso que hasta se oía la sed de los gallegos. La niña empezó a cantar y San Pablo llamó a San Pedro para decirle que no se escantillara, que la niña si seguía cantando así se quedaba con las llaves del cielo. Taco gordo en la calle. ¿Quién es esa niña? ¿De dónde ha salido? Y pasó con su saeta lo que con algunos pases inolvidables en la Maestranza de los toreros grandes.

Que la gente salía por la calle dándole capotazos a los hocicos del viento. Mucho después de aquel debú en el Albert Hall de la puerta de Triana, Pepe Camacho me cuenta que aquella saeta la marcó de por vida. Con tan solo diecisiete años, con una moña de jazmines en su pelo, paseando con su padre por la Plaza del Triunfo, un señor acompañado por su esposa se cruzó en su plácido camino. Se quitó la chaqueta, se la tiró a sus pies y se hincó de rodillas para, decirle o invocarle: ¿eres la Macarena vestida de paisana? La chiquita se azoró. Y su padre, ganado por la emoción, se abrazó a aquel hombre que creyó haber visto el cielo con jazmines paseando por la plaza del Triunfo.

Cuentan que su matrimonio estuvo marcado por un amor que se desbordó de pasión para no encontrar nunca el cauce de la serenidad. Cuando murió su esposo prometió no volver a cantar jamás. Ella que era voz fija en la Catedral o en la calle Sierpes. Ella que en el Rocío, con Villamanrique, había hecho las delicias de Doña Esperanza de Borbón firmándole los discos que la señora llevaba bajo el brazo. Ella, en fin, a la que una Reina griega, tras escucharle cantar a Pasión, le hizo llegar su admiración. Con el cartel en su garganta de cerrada por defunción, racheó los años más tristes por la pérdida de sus dos grandes amores: el de su esposo y la de la canción. Y desde entonces los balcones la echan de menos. Extrañan su ausencia.