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Christoph Waltz: «Tengo miedo de la inteligencia artificial. Es espeluznante»

El actor cambia el traje de villano por el de un Gepetto de la robótica en «Alita: Ángel de combate», que se estrena el próximo 14 de febrero

Christoph Waltz
Christoph Waltz - Ramón Ladra
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Más vale tarde que nunca. Como los tesoros hundidos que se descubren siglos después, el talento de Christoph Waltz (Viena, 1956) permaneció ajeno al mundo hasta que Quentin Tarantino encontró en él al villano perfecto. Rubio y de ojos azules, con farisaica sonrisa y voz como de perpetua amenaza, Waltz se puso como si tal cosa el traje de las SS para dar vida al mezquino Hans Landa, el nazi que da guerra en «Malditos bastardos» hasta que Brad Pitt le tatúa una esvástica en la frente. «Puedo identificarme con muchas cosas y no tengo por qué considerar todas las implicaciones de tal identificación», explica, indiferente, a ABC.

Del infierno... al cielo. Pese a debutar en el cine en los ochenta, el fulgor internacional no le llegó hasta 2009, de la mano precisamente de ese gélido coronel de sádico sentido del humor, que le valió el primer Oscar de su carrera. El segundo, también gracias a Tarantino, vino tres años después por hacer de cazarrecompensas en «Django desencadenado», cuando era ya un actor consagrado.

Después de desfilar por las cámaras de Roman Polanski, Tim Burton, Alexander Payne o Sam Mendes, el actor austriaco se pone en «Alita: Ángel de combate» -que se estrena el próximo 14 de febrero- a las órdenes de Robert Rodríguez, cineasta de la escuela del propio Tarantino que, sin embargo, poco tiene que ver con él. «No veo que su cine converse. Son amigos, sí, pero yo creo que cada uno hace lo suyo», aclara Waltz. «No es como Picasso y Braque en el cubismo. Son totalmente diferentes, independientes el uno del otro. El planteamiento de Robert Rodríguez es totalmente distinto al de Tarantino y así debe ser. Considero las comparaciones ilegítimas», zanja.

La adaptación de este clásico del anime recaló en Rodríguez de pura casualidad. Tras el atasco de James Cameron con la saga «Avatar», en la que lleva inmerso una década, el director de «Titanic» descargó responsabilidades y cedió el testigo, figurando únicamente como productor y coguionista de esta distopía cyberpunk en la que el intérprete austriaco da un vuelco a su imagen con un papel paternal hasta ahora inédito en su carrera.

Así, en «Alita: Ángel de combate», Waltz desecha por fin el traje de malo para convertirse en una suerte de Gepetto, azaroso padre de un cyborg en lugar de un muñeco de madera. «El villano perfecto no existe, como no existe la madre perfecta. Los héroes necesitan antagonistas para erosionar esa perfección. Si no, no habría historia», reconoció el intérprete a Efe durante la promoción de la película, donde da vida al doctor Ido, cirujano enamorado, como Pigmalión, de su creación, una robot de ojos grandes que pelea como una superheroína. «Hago lo que hago y punto, porque si no lo hiciera no me contratarían», asegura el actor, una persona «100% analógica» entregada, paradójicamente, a un proyecto que abunda en las consecuencias de los avances tecnológicos.

En «Alita: Ángel de combate», lo difícil casi es que les lleve la Parca. En manos del doctor Ido, más de un personaje revive como mejorado Frankenstein de la robótica. Sin embargo, Waltz, contrario a invertir el proceso natural de la vida con artificios que considera «oscuros», preferiría morir a resucitar en un cuerpo metálico. «Esa reinvención en cyborg es una convención romántica, yo prefería decir que no. La inteligencia artifical me da miedo», admite el protagonista del filme, que se pone profundo para reflexionar sobre el tema: «Siempre estamos hablando de la inteligencia artificial y realmente es un medio, pero... ¿cuál es el pensamiento de esta inteligencia artificial? Eso es algo muy difícil de definir, oscuro e impreciso, y un aspecto que a mí me preocupa», se queja el austriaco, a quien le resulta «espeluznante» pensar en los intereses económicos detrás de estas tecnologías.

Analogía con los refugiados

La ambiciosa adaptación del cómic manga de Yukito Kishiro viaja a un futuro en el que una gran guerra ha desolado la Tierra, dejando intactas solo dos ciudades, Iron City, en la que recalan todos los supervivientes del planeta, y Zalem, donde solo viven los poderosos, que subsisten gracias a los servicios de sus «esclavos». Pese a desarrollarse en un futuro bastante lejano, la cinta no pierde de vista la actualidad, sirviendo de metáfora para los refugiados, los mexicanos y el muro que Donald Trump sigue empeñado en levantar. Porque, aunque «no hay analogías directas», las historias sirven de cebo a la sociedad, alentando a la gente «a descubrir el mundo». «¿Acaso no vemos a nuestra sociedad reflejada en la cinta?» -se pregunta- «sean subliminales o no estas analogías son inevitables en una buena historia. Por eso funciona “Alita”».

Pese al mensaje del filme, que le convenció, Christoph Waltz confiesa no ser «entusiasta» ni del cómic ni del manga. «Desconozco esta cultura del cómic. Sé que existe el manga y es importante dentro de esta cultura de la cual no participo, en parte por ignorancia y en parte por arrogancia. Arrogancia no porque crea que es inferior sino porque no tengo tiempo para interesarme por todo y hay que elegir. Así que he tenido que educarme y ha sido bonito», explica.