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Crítica de «Sin piedad»: Otro niño dentro de Billy el Niño

Es un wéstern de vocación clásica en su fondo, narrativa y puesta en escena, y que le cambia la perspectiva a una leyenda del género

Fotograma de «Sin piedad»
Fotograma de «Sin piedad»
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El wéstern es como Peter Sellers en la primera escena de «El guateque», que no acaba de morir por más que le disparen. De repente, una película del Oeste en cartelera, y hay varias más, y espléndidas, por salir, lo cual podría tomarse como una tendencia de cambios y gustos estéticos y morales en la cinematografía que necesitarían mayor presencia, argumentos y reflexión que la que cabe aquí.

Es un wéstern de vocación clásica en su fondo, narrativa y puesta en escena, y que le cambia la perspectiva a una leyenda del género: la lucha por el centro del plano entre Pat Garrett y Billy the Kid, y que aquí se voltea el punto de vista otorgándoselo a un tercer personaje, un chiquillo testigo de ese cruce legendario.

La película de Vincent D’Onofrio arranca con este personaje, el joven Río, y con una escena de violencia de género (doble: wéstern y familiar), de parricidio y posterior fuga hasta el punto de destino: mostrar a través de su mirada esa relación compleja y nostálgica entre el criminal perseguido y el viejo amigo convertido en sheriff, dos historias cruzadas que trenzan la pura ficción (los sucesos y la mirada del niño proponen un balanceo a los códigos morales del wéstern) y la «realidad» histórica ya convertida en leyenda («cuando la leyenda es más hermosa que la realidad, imprimimos la leyenda», se decía en «El hombre que mató a Liberty Valance»). Ethan Hawke y Dane DeHaan, aún sin la música de Dylan, encuentran el modo de estar a la altura de Coburn y Kristofferson.