Retrato

Más que carné de identidad, te cuadraba tener en el pecho una etiqueta de denominación de origen

Antonio García Barbeito
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Eras un Baco sin mitología. Te iba por los ojos la vendimia y en tu dentadura había algo de lagar, y en tu saliva, mucho de mosto. Sonreías con serpentinas de pámpanos en la cara y en tu boca había una impaciencia de pajuela y de yeso, y una endoscópica intención de venencia. Hubieses merecido un ropero de hojas de vid, y un silencio septembrino de miedo de pájaro que espera manos que los roben, que así están los racimos. Te negabas a solar el suelo terrizo de tu casa, porque andabas por ella como bodeguero que va, por el olor, distinguiendo el contenido de las botas.

En ti, la dipsomanía era una virtud de hombre-cepa, de hombre-bodega, de hombre que sabe que por las venas le va más vino que sangre. Tenías aliento de bota recién vaciada, y por tu palabra líquida y transparente iban los duendes del vino acentuándote los sonidos, subrayándote el cariño, firmando tu existencia como quien escritura una viña. Una humana taberna parecías, cuando te colocabas entre las botellas que levantaban las torres más hermosas de la ciudad de tu intimidad. Siempre bebido, siempre empapado, pero jamás tirado por las calles, jamás insultando a nadie, jamás estorbando en una conversación, jamás provocando pendencias. Cuando te sabías al límite, pagabas, siempre más de la cuenta, y, es posible que con húmeda denuncia de incontinencia en los pantalones, por la entrepierna, tomabas el camino de tu casa como quien lleva promesa de silencio y sueña imposible rectitud por las aceras, donde encontrabas lázaros de cal en las fachadas y en las rejas de las ventanas. Eras un Baco sin mitología, y hubieses merecido que por ti danzaran, en el escenario de tu mitomanía, bacantes que rebosaran lujuria, que se echaran sobre ti como sobre un garañón insaciable. Ahí está tu frase, inmortal, como tú, cuando soñabas que las muchachas de la tribu iban a tu casa a comprometerte: «No s’armiten más mujere…» Eras más que Baco; tenías dentro más mitología que muchos dioses, y tu vida era un tratado mitológico que jamás nadie —qué injusticia— te escribió. Más que carné de identidad, te cuadraba tener en el pecho una etiqueta de denominación de origen. Con gorra de corcho tendrías que haberte tocado. Y literas de andanas y cuñas hubi esen sido tu dormitorio ideal. Hablabas y te descorchabas; hablabas y bebíamos tu vino. Tu generosidad era un río de vino generoso. Y cuando te dabas todo, quedaba en ti, y en el ambiente, un olor a vida y a misterio, a cante jondo y a verso haciéndose. Vuelves en todas las vendimias, y como dijo de un amigo el inmortal Speroni, podrían haber dicho de ti: «Cada vez que se va, deja una arruga.»

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