LA TRIBU

Ayúdame a ser hombre

Se acabaron las malas noches de la duda y se abren las noches —todas— del dolor infinito

Antonio García Barbeito
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Estoy como Miguel Hernández en su desesperación del hambre, en su terrible canto amargo del hambre, en la hambrienta desesperación: «Ayudadme a ser hombre: no me dejéis ser fiera / hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente…» Yo lo pido desde la incapacidad para entender, desde la impotencia, desde el dolor que no sabe con qué podría castigarse algo así. Incapaces de imaginar tanta maldad, no podemos saber qué castigo sería el que le cuadra a un acto así. Por eso pido que me ayudéis a ser hombre, que «no me dejéis ser fiera / hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente…»

Cerca de aquel cortijo donde ocurrieron los hechos en los que se basó Federico para escribir «Bodas de sangre», esto, este horror, esta sevicia desmandada, esta frialdad del Mal, este retorcimiento de quien por la sangre sólo debe de tener venenosas intenciones. ¡Maldita sea la hora en la que viniste a España, maldito el camino que se te abrió, y maldita sea la idea de venirte a Andalucía, monstruo, alimaña, escoria, basura, rehús…! La Madre de «Bodas de sangre», cuando ve a su hijo muerto, acuchillado, dice: «A medianoche dormiré, dormiré sin que ya me aterren la escopeta o el cuchillo. Otras madres se asomarán a las ventanas, azotadas por la lluvia, para ver el rostro de sus hijos. Yo, no. Yo haré con mi sueño una fría paloma de marfil que lleve camelias de escarcha sobre el camposanto. Pero no; camposanto, no, camposanto, no; lecho de tierra, cama que los cobija y que los mece por el cielo…» Sí, se acabaron las malas noches de la duda y se abren las noches —todas— del dolor infinito que salpica de pena las paredes del sueño. Así, la madre de ese niño, de ese Gabriel que ha ido haciéndose de todos, de ese Gabriel que la maldad —¡asesina!— escogió para troncharle la vida, por celos, por venganza, por pura maldad. Así, la madre. Y a mí, sujetadme la boca, no me dejéis pedir lo que me golpea por las paredes de la boca; a mí, «ayudadme a ser hombre, no me dejéis ser fiera…» A mí, no me dejéis decir lo que decía la Madre de la obra de Federico: «Ha llegado otra vez la hora de la sangre. Dos bandos. Tú con el tuyo y yo con el mío.» Sí, vete con el tuyo, asesina, mala mujer, mala novia, mala… Tendría que caerte un infierno de fangos. No has tenido piedad, y has jugado, fría como una invernal esquina de acero, con los corazones rotos. Gabriel, niño, otra vez como Miguel: «Caiga tu alegre sangre de granado, / como un derrumbamiento de martillos feroces, / sobre quien te detuvo mortalmente. / Salivazos y hoces / caigan sobre la mancha de su frente.» Y a mí, a mí, «ayudadme a ser hombre, no me dejéis ser fiera…»

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