OPINIÓN

La Murallita Real

Una ciudad antes que nada son sus habitantes y sus espacios libres

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Así concluye una ‘alegría’, palo flamenco de los gitanos de Cádiz: «vente conmigo en mi barca/ que a donde te va a llevar/ a darte unos paseíllos/ por la Muralla Real». Es un cante del XIX recuperado por Camarón. Discrepo de la metáfora de María Teresa León que habla de Cádiz como «barco de piedra», la veo más bien como sólida fortaleza marina que se levanta altiva sobre el potente zócalo de sus muros de piedra ostionera. Se conocía como ‘murallita real’ al tramo ya demolido entre la Corredera y los muelles, sin embargo el esfuerzo secular por cercar y proteger toda la plaza es iniciativa de la Corona, y sus elementos pertenecieron al Ramo de Guerra hasta que ya durante el siglo XX se atienden las reivindicaciones cívicas para desafectarlos paulatinamente de usos militares. En marzo de 1906 comienza la demolición de los lienzos portuarios, incluyendo los Baluartes: de los Negros, de la Cruz y San Antonio, así como las hermosas Puertas: del Mar, de Sevilla y de San Carlos. El Frente de Tierra, con su complejo sistema de glacis, muros y contraminas, resultó muy alterado ya en los años cincuenta, y ahora sólo lo podemos admirar en la maqueta de 1777.

Pese a los destrozos, nada más agradable que pasear por el borde amurallado de nuestra ciudad antigua, siendo lo más atractivo de tal gira marinera el arco entre los Baluartes de San Carlos y de Candelaria, o Caletilla de Rota, donde se alberga la Alameda. Entre ambos, un pequeño baluarte, llamado ‘Pendiente de la Alameda’ o también ‘de la escalerilla’, en ese punto se pueden ver los restos del Mareógrafo, que algunos confunden con la cimentación de los Baños del Carmen que, si bien se levantaron muy próximos al lugar, se sustentaban mediante pilotes de madera. Mi amiga neozelandesa Liz Douglas sostiene que se trata del lugar más hermoso que jamás ha disfrutado, y hasta llegar desde las Antípodas ha debido visitar muchos otros sitios. Es tan hermoso contemplar desde uno de esos bancos de azulejería, a la sombra de los robustos ficus, el encuentro entre las altivas aguas del océano y esas más mansas de la bahía.

Más allá del enclave cultural que forman: La Candelaria, el Reina Sofía y el ECCO, la dilatada pastilla de los antiguos cuarteles contiene la ciudad frente al Parque Genovés con su alegre colonia de loros y el teatro de verano arruinado. Punta de la Soledad, con su destartalada pasarela, conduce a la mágica ensenada de La Caleta, embocadura de la Canal entre las islas gaditanas que aún esconde los restos de las ciudades fenicia y romana, ya desdibujados por la marea. Ahora no podemos recorrer el Camino del Arrecife, dañado por los temporales, mientras el hermoso Castillo de San Sebastián se encuentra abandonado, como la Avanzada de Santa Isabel, en donde se ejecutaron algunas obras de entre los proyectos previstos para las celebraciones del bicentenario. Programas no faltan, como ese frente universitario que repararía la desafortunada decisión de expulsar de la ciudad los usos universitarios, adoptada en los años ochenta frente a la razonable resistencia del alcalde Carlos Díaz. Una ciudad antes que nada son sus habitantes y sus espacios libres, Cádiz, aún es corazón vivo del área metropolitana de la Bahía y dispone del borde marino amurallado. No desaniman los descosidos que podemos lamentar, pues las hermosas murallitas de piedra dorada sostienen a la ciudad vieja, sumida en proyectos que nunca concluyen.