OPINIÓN

Matrimonios

Lo primero que podemos constatar es una relación asimétrica entre los cónyuges: uno conduce y el otro observa a quien maneja el volante

Actualizado:

Los matrimonios se fraguan en el cielo, pero se rompen en los automóviles. Parafraseo a Luhmann y, a continuación, me explico. Las fracturas matrimoniales parecen ser otro de los grandes males (entre tantos) de nuestra compleja sociedad moderna. Hoy en día la gente suele acudir poco frente al altar o, en su defecto, ante la autoridad civil correspondiente, para reafirmarse en el tópico del ‘hasta que la muerte nos separe’. Pero entre quienes lo hacen, el promedio de demandas de divorcio se mantiene en los últimos tiempos sobre las 120.000 anuales.

El matrimonio se sustenta sobre la comunicación y, tal y como demuestran las cifras, el deshilachado de esta comunicación es cada vez más amplio. Pero subámonos al coche de uno de estos matrimonios en compañía del sociólogo alemán y veamos, desde la discreción del asiento trasero, qué es lo que ocurre. Lo primero que podemos constatar es una relación asimétrica entre los cónyuges: uno conduce y el otro observa a quien maneja el volante. Vamos a otorgarle, pues, al conductor el papel de la acción y al copiloto el de la observación. Como puede verse, evito cualquier tipo de asignación en función del género, porque hoy en día los roles resultan del todo intercambiables. Todo transcurre con aparente normalidad mientras la carretera se encuentra en buenas condiciones y el tráfico es fluido.

Pero agarrémonos porque vienen curvas. Cuando aparecen los socavones, los atascos y las grandes pendientes al rebufo de pesados camiones, el intercambio comunicativo dentro del vehículo se vuelve asimismo problemático. La conflictividad surge a partir de las diferentes atribuciones que llevan a cabo los miembros de la pareja. Quien maneja atribuye su modo de conducir a las circunstancias complejas del tráfico. Conduce como piensa que es mejor, según su saber y entender. El copiloto observador se siente coaccionado por esta forma de conducir, es decir, experimenta que depende forzosamente del modo de manejar del otro. Arriesga demasiado en los adelantamientos, aun a sabiendas de que eso, a mí, me produce pánico. Toma las curvas demasiado cerradas, a pesar de las miles de veces que le he dicho que tal cosa no me agrada.

Si abandonamos el terreno de la metáfora y pasamos directamente al de las relaciones íntimas, comprobamos que, como resultado de estas atribuciones, las exigencias particulares aumentan los efectos nocivos de los diferentes puntos de vista. Quien observa tantea, explora, sopesa las acciones de su compañero en busca de una señal indicadora de amor, mientras que este se encuentra atado de tal forma a los condicionamientos de la situación que difícilmente puede aprobar las críticas de su actuación por parte de su pareja. Pareja que presta especial atención a la más mínima señal que el otro pueda ofrecer, voluntaria o involuntariamente, como indicación de ofrecimiento amoroso.

Aceptar las imposiciones del observador entrañaría el sometimiento del actor, prescindiendo de sus propios hábitos e intereses, de su forma personal de enfrentarse a las dificultades que plantea la vida. Colocadas bajo el peso de estas exigencias mutuas, las relaciones íntimas suelen quebrarse al no poderlas atender con total plenitud. No cabe duda de que el grado excesivamente alto de individualización de las personas que intervienen en la relación amorosa pone en peligro el pacto conyugal por el aumento de complejidad comunicativa que entraña el hecho de ambos cuenten con carnet de conducir. Cuando era el hombre quien conducía y la mujer un pasajero mudo, el viaje solía discurrir sin discusiones, quizás con mayor fingimiento, pero solo muy de tarde en tarde acababa en los juzgados.