Nieto
LA TERCERA

Las muletas de la vida

«Al amigo hay que ayudarle, pero a la vez apoyarse en él. Pero ese tesoro que es la amistad hay que cultivarlo, cuidarlo; con el trato, con la palabra, con la presencia. Y esos amigos son parte fundamental de nuestra vida. La vida sin amor no vale la pena»

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La vida es una aventura desde el principio al fin. Desde que nacemos hasta que nos llega la hora de la despedida de este mundo pasamos por un sinnúmero de situaciones vitales que nos son gratas, ingratas o indiferentes. Dormimos, comemos, charlamos, trabajamos, disfrutamos, amamos, sufrimos, viajamos, lloramos, reímos y tantas cosas más que componen nuestro ciclo vital. Y en todo ese discurrir tenemos siempre la fundamental opción de ser felices o infelices. A veces la infelicidad nos supera, nos viene dada por acontecimientos o situaciones que no controlamos. Pero siempre es posible montar mecanismos vitales que nos lleven a ser felices o, si acaso, menos infelices, y es que al final la suprema aspiración de los humanos es la de ser felices.

La felicidad es el camino, el viaje, y no el punto de llegada. La felicidad no es un destino y ni siquiera hay que ir a buscarla, puesto que está dentro de nosotros. Es una actitud ante la vida, es la aceptación de la propia vida, de nuestro propio ser y de las circunstancias que nos toca vivir (J. Perea). No hay una sola felicidad, sino muchas. Cada uno tiene que construir la suya. Y siempre viendo lo positivo de las cosas, asumiendo lo que somos y cómo somos. Asumir que la felicidad está en la administración inteligente del deseo (Dr. E. Rojas). No desear lo que no podemos alcanzar. Cabe preguntar si se puede ser feliz en situaciones vitales de dolor, penuria o desgracias. Tenemos ejemplos admirables de personas con graves deficiencias, como por ejemplo una grave enfermedad, que sin embargo no están amargadas e incluso, en su propia situación, son felices. Y lo son porque aceptan su estado con resignación, con esperanza y con el acompañamiento de otras circunstancias -familia, amigos, ilusiones- que le hacen más llevadera su situación.

Pero aparte de esos casos, la generalidad de las personas que tienen unos estándares normales de vida, son felices si se empeñan en serlo; con positividad, con ilusión, con búsqueda de todo lo que nos puede ayudar a esa ansiada felicidad. Y en esa búsqueda de la felicidad, no cabe duda que hay unas muletas o palancas que nos ayudan a encontrarla. Se me ocurren unas cuantas: la amistad, la salud, el trabajo, la familia, las creencias, las ilusiones y el buen humor. Como decía Freud, el hombre ha conseguido ser un «dios con prótesis». Es cierto. No puedo, obviamente, tratar de todas esas muletas vitales, pero sí me detendré en dos de ellas: la amistad y el buen humor, pues otras importantes como la familia y las ilusiones ya las he tratado en estas páginas.

La amistad es un componente de nuestra vida de primer orden; hasta el punto de que una vida sin amigos es una vida mutilada. La soledad es terrible. Es verdad que somos «troncos de soledad», pero siempre de soledad «acompañada». Dice un viejo proverbio chino que si planificas para un año siembres trigo; si planificas para diez años planta árboles, y si planificas para toda una vida cultiva amistades. En la amistad hay algo mágico, que supera a la lógica. Somos amigos porque nos caemos bien, porque hay mutua simpatía, porque nos fiamos de la otra persona, porque verle y charlar con ella nos conforta. Pero fuera de esa «magia» la amistad hay que cultivarla. El mejor abono de la misma es la generosidad, y después la comprensión. La amistad es como los ríos y los años: al principio son pequeños, pero en su discurrir se hacen más fuertes y profundos. La amistad, como dice mi fraternal amigo De la Villa, es virtud que, a diferencia de otras, exige dos voluntades yuxtapuestas, no superpuestas, dos voluntades capaces de desear a la vez la misma cosa y capaces también de renunciar a la vez a la cosa misma si pudiera convertirse en un riesgo para ella. Amistad es querer, es admirar, es entregar, es comprender y es perdonar. La amistad no puede calcular, envidiar, esperar, imponer y vindicar. O sea, las reglas básicas que rigen la esgrima, rigen asimismo la amistad: dar y no recibir. Con los amigos hay que «dar sin recordar y recibir sin olvidar». Cuando esas reglas fallan, la amistad puede comenzar fácil pero termina más fácilmente todavía. Y a diferencia de las cosas desechables, la amistad no se consume, sino que se multiplica con el uso y se fortalece con el paso de los años. Como decía Alfonso X El Sabio «…quemad viejos leños, bebed viejos vinos, leed viejos libros, tened viejos amigos». Al amigo hay que ayudarle, pero a la vez apoyarse en él. Hay tres plenitudes en la vida: la del vaso, que no retiene y no da; la del canal, que da pero no retiene y la del manantial, que crea, retiene y da (Alberto Magno). Ese es el modelo. Pero ese tesoro que es la amistad hay que cultivarlo, cuidarlo; con el trato, con la palabra, con la presencia. Y esos amigos son parte fundamental de nuestra vida. La vida sin amor no vale la pena.

El buen humor, el estar alegres, es otra muleta que nos ayuda a ser felices. Hay que huir de la tristeza, que es algo distinto del dolor y el sufrimiento. Incluso la alegría hay quien consigue hacerla compatible con esos sinsabores. La risa y la sonrisa son algo que tenemos los humanos como rasgo diferencial de todos los animales. Y si se vendiera en las farmacias no habría médico que no recetara unas cuantas carcajadas diarias. Tenemos que mover nuestras palancas vitales para expulsar la tristeza de nuestra vida. Es mortal, paralizante. Y la risa es vital, reconfortante en lo físico y sobre todo en lo anímico. Hay que preguntarse a menudo a lo largo de la vida: pero ¿por qué estoy tan serio?... y sonreír. Hace mucho bien. Hay que reírse hasta de los propios defectos y aceptarnos como somos. Hay que hacer del buen humor un componente vitalista, preferente, con la circunstancia añadida de que es gratis. Tendríamos que estar tristes por ser tristes. Y resulta muy reconfortante, a lo largo del día, canturrear algo por lo bajo o por lo alto, según estemos. Disipa las nieblas espirituales. Todo ello requiere una fuerza interior que debemos poner en marcha si no queremos entrar en la melancolía. Como afirmaba un italiano ante una desdicha «la situazione é disperata ma non grave».

Al final resulta muy cierto que nuestra vida es como una página en blanco, que podemos llenarla de algo bello o ilusionante, aunque tenga claroscuros, o emborronarla de mala manera sin ninguna parte atractiva. De nosotros depende. Y es que como dice Ward Becher, «una persona sin sentido del humor es como un coche sin amortiguadores. Todas las piedras del camino le hacen dar botes».

Juan Antonio Sagardo y Bengoechea es académico de número de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación