Emmanuel Macron, balance provisional

¿Se imaginan lo que se hubiera dicho si una manifestación en Budapest contra la subida del coste de la vida hubiera acabado con dos muertos?

Ramón Pérez-Maura
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La ceremonia del pasado 11 de noviembre, conmemorativa del centenario del final de la Gran Guerra, tuvo elementos muy preocupantes. El presidente Macron empleó aquella espectacular puesta en escena para denunciar los populismos del mundo entero. Sentó a su alrededor a casi un centenar de jefes de estado y de Gobierno para poner énfasis en denunciar el auge del radicalismo sin ser capaz de ver la evidente concomitancia que hay entre ese populismo y su puesta en escena en la que la bandera tricolor francesa lucía sola, sin la compañía de los aliados de cien años antes. Era como si Reyes y presidentes hubieran acudido a París a rendir pleitesía al presidente francés.

Mientras tanto, en toda Francia se estaba gestando, y dos semanas después de aquella puesta en escena memorable, una crisis inverosímil en una potencia occidental. Los Campos Elíseos tomados por las barricadas en llamas. La población encabezada por los «chalecos amarillos» enfrentándose a la policía contra la anunciada subida de los carburantes, contra el coste de la vida, contra la reducción de los servicios públicos en las localidades pequeñas. Entre los ciudadanos que hacían reivindicaciones tan básicas, la policía causó dos muertos. No parece que haya provocado mayor escándalo, lo que una vez más demuestra la hipocresía de tantos medios de comunicación. ¿Se imaginan lo que hubieran dicho algunos si una manifestación en Budapest contra la subida del coste de la vida hubiera acabado con dos muertos? «¡Orban asesino!» leeríamos. «¡El Gobierno fascista de Hungría!» dirían. Pero Macron está a salvo de esas acusaciones. Sigue siendo el niño bonito de los biempensantes europeos mientras se alía simultáneamente para las elecciones europeas con el Partido Comunista Italiano y con Ciudadanos.

Ya que hablamos del «populista» Orban, que tuvo el buen criterio de no acudir a París el pasado 11 de noviembre, casi cualquier comparación entre su gestión y la de Macron le da ventaja sobre el presidente francés. Tiene un crecimiento del 4 por ciento frente a un 1,5 por ciento en Francia. Un paro del 3,7 por ciento frente al 10 de Francia. Una deuda pública del 74 por ciento de su PIB frente al 100 por cien de Francia.

Como ha recordado el ensayista francés Édouard Tétreau («Viktor Orban n’est pas le diable» Le Figaro, 13-11-2018) el crimen de Orban es haber cerrado su frontera cuando 450.000 inmigrantes cruzaban su país de 10 millones de habitantes. Lo que proporcionalmente hubiera equivalido a que en España hubiéramos tenido un millón de inmigrantes ilegales en nuestras calles. Orban actuó de forma unilateral igual que Merkel abrió las fronteras sin consultar y después tuvo que dar marcha atrás. Macron denuncia el supuesto populismo de Orban, pero como recuerda Tétreau, en Hungría no se disecciona a los periodistas opositores, como ocurre en un país amigo de la República como Arabia Saudí; en Hungría no desaparecen misteriosamente periodistas como lo hacen en China y Rusia, países a los que Macron no denuncia en ningún momento; en Hungría, en fin, los funcionarios no son encarcelados sin juicio como lo son en Turquía. Con las más altas autoridades de estas cuatro naciones está Macron dándose abrazos este fin de semana en Buenos Aires.

Mientras tanto las calles francesas han seguido en ebullición, pero eso no va con él. Quizá sea porque como decía Édouard Tétreau en Le Figaro, «es evidente que tenemos el peor de los presidentes de Europa. Él va a transformar nuestra Francia milenaria en un país del tercer mundo y a arruinarnos para siempre». Pues eso.

Ramón Pérez-MauraRamón Pérez-MauraArticulista de OpiniónRamón Pérez-Maura