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La Primavera acabó en verano

En agosto de 1968, la imaginación utópica que contagió a buena parte de Europa se encontró de frente con los tanques soviéticos en la ciudad de Praga

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Hay ciertos años que se resisten a pasar de largo y se quedan enganchados sine die en los calendarios. De todos esos anales sin evidente fecha de caducidad quizá el más contumaz sea 1968. Un año que no se resigna a terminar pese a servirnos para trazar la línea divisoria entre el pasado y el futuro.

Para Estados Unidos, 1968 trajo lo peor de su guerra en Vietnam junto a los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy. Para Europa, 1968 supuso un antes y un después en la dinámica impuesta por la Guerra Fría. Con epicentro en el mayo francés, la cosecha iconoclasta de aquel año propició la emergencia de una juvenil contracultura, vertebró una nueva izquierda y, sobre todo, sirvió para forjar toda clase de retos contra el status quo.

Aquella primavera en la que la imaginación más utópica buscaba poder, terminó por resultar contagiosa incluso al otro lado del Telón de Acero, abonada por la miserias del comunismo. En enero de 1968, un nuevo líder como Alexander Dubcek asumió en Checoslovaquia el reto de introducir reformas en la dictadura soviética impuesta a media Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Un reto tan popular como peligroso.

Si en el mayo francés pensaban que bajo los adoquines de París se encontraba la playa, en la primavera de Praga hablaban de construir un «socialismo con rostro humano» por el camino de liberalizar en todo lo posible la economía y la política. El problema es que ni bajo la genocida rigidez de Stalin, ni la relativa flexibilización de Kruschev ni la austera tristeza de Brezhnev, la Unión Soviética estaba dispuesta a tolerar cambios estructurales o planteamientos de diversidad política dentro de su estratégico frontyard.

Los tanques soviéticos entraron en Checoslovaquia durante la noche del 20 al 21 de agosto de 1968, enmascarados dentro de una operación multilateral con medio millón de efectivos del Pacto de Varsovia. Las fuerzas enviadas por el Kremlin tomaron rápidamente el control de Praga. Y en la sede del Comité Central, detuvieron a todos los reformistas empeñados en la cuadratura del círculo: reformular el comunismo sin perder la sintonía con Moscú.

Antes de ser arrestado, Dubcek insistió para que Checoslovaquia no siguiera la violenta pauta planteada en Hungría doce años antes por otro fallido experimento político. En lugar de una rebelión con miles de muertos, la población checa y eslovaca optó por el heroísmo a cámara lenta de la resistencia pasiva. Y el gran paseo militar por Checoslovaquia que no debía demorarse más de cuatro días, tardó ocho meses en completarse.

Desde aquella noche de agosto en 1968, todo el mundo entendió que el control ejercido por la Unión Soviética sobre Europa del Este se basaba en la fuerza y su voluntad de utilizarla. Sin embargo, cuando llegó su momento en 1989, Checoslovaquia pudo dar una lección al mundo con la ayuda de líderes decisivos como Vaclav Havel. En cuestión de un mes tras la caída del muro de Berlín, la llamada revolución de terciopelo acabó de forma tan ejemplar como pacífica con 41 años de pesadilla comunista. Y finalmente, la primavera pudo regresar a Praga.