Antonio Illán Illán - Crítica

«24 horas en la vida de una mujer»: una elección entre la felicidad y la moral

Un espectáculo que satisface a la gente a la que le gusta el teatro, también a quienes son aficionados a los musicales y en general a quien sabe admirar un trabajo bien hecho con una interpretación sobresaliente

Antonio Illán Illán
TOLEDOActualizado:

Stefan Zweig escribió en entreguerras una joyita narrativa, una obra maestra, que es una historia apasionante de lo que pudiéramos llamar novela de amor. La pasiones y los sentimientos encontrados es difícil encontrarlos tan bien sintetizados como en esta obra, de la que podemos afirmar que relata toda una vida en las pocas horas que contiene un día.

La adaptación de «24 horas en la vida de una mujer» al teatro y, además, al teatro musical ha debido ser un trabajo ímprobo. Llevarlo luego a la representación y que adquiera la categoría de obra de arte es solo una cuestión de trabajo, trabajo y trabajo, el que ha debido realizar Silvia Marsó y su equipo, con el director Ignacio García al frente.

Se canta, baila y se habla, pero debajo de la acción y el movimiento está la reflexión que transmite Stefan Zweig pintando una aristócrata, acostumbrada a una vida burguesa y estable, católica de toda la vida, que vive una experiencia única, absolutamente inesperada, que le llevará a poner en solfa sus principios vitales y morales. Hay que elegir entre la felicidad y la moral y ella elige lo segundo. Está también la idea del destino que marca la trayectoria de las personas y las circunstancias que inducen a que ese destino tenga que ver con la presión social, las normas de conducta, el estatus o la religión y todo lo que condiciona una vida. Y un asunto muy del día de hoy y de siempre, la ludopatía y su desenlace que destroza los sentimientos y termina por aniquilar a la persona con el suicidio. En esa trayectoria a veces surge la llamarada de la pasión que rompe barreras y descubre el valor de la libertad. Un texto más que interesante, si bien las letras de las canciones resultan un tanto repetitivas, obvias y tópicas.

Esas veinticuatro horas que pueden hacer que una persona cambie por completo su cosmovisión y elija honestamente su camino y todo lo demás está ahí, en la producción de la que Silvia Marsó es el alma, la que arriesga su capital como empresaria de un proyecto, que produce e interpreta. Todas las demás ayudas personales han construido un puzle muy teatral, y a la vez entretenido, con la variedad que supone la música en directo para componer un musical de cámara en un espacio íntimo y con los sentimientos desbordados saliendo del interior de los protagonistas, en especial de la mujer.

Fue un éxito en su estreno en el Teatro de la Abadía y lo ha sido en todos los escenarios en los que ha recalado en su gira por España. Sorprende este teatro musical de pequeño formato: un trío de cámara (piano, violín y violonchelo) y tres actores que hablan, cantan y bailan. Sorprende y lo hace para bien, porque cuida todos los detalles, todo está muy medido, muy pensado para que se produzcan esos «crescendos» emocionales con un clímax a media luz en un sofá tras una evanescente cortina. Ignacio García, ingeniero del minimalismo, ha desarrollado una dirección de escena minuciosa, que siempre será más fácil con la cualificación profesional de Silvia Marsó, que canta una música difícil y debe cambiar de registro en gesto y voz de vieja a joven y de nuevo a vieja, y la colaboración a gran altura de dos actores que dan el tipo y desempeñan el papel con verosimilitud extraordinaria, especialmente el «hombre», German Torres, que realiza múltiples personajes y actúa como maestro de ceremonias del cabaret o del escenario de juego del casino de Montecarlo.

El espectáculo es una adaptación del montaje francés de Christine Khandjian y Stéphane Ly-Coung, con música original del compositor ruso Sergei Dreznin. No es nada fácil cantar esta música. Más llevadera es la puramente instrumental, con intervenciones muy interesantes de los tres instrumentos cuando ejercen de solistas.

La escenografía de Arturo Martín Burgos con la propuesta de esos enormes cortinajes que los propios actores mueven para crear espacios es imaginativa y menos convencional de lo que últimamente se viene definiendo como «funcional». El vestuario diseñado por Ana Garay también ha ayudado no solo a la estética sino a la simbología que evoca las pasiones que se interpretan.

En suma un espectáculo que satisface a la gente a la que le gusta el teatro, también a quienes son aficionados a los musicales y en general a quien sabe admirar un trabajo bien hecho con una interpretación sobresaliente. Los espectadores, que casi cubrieron el aforo de novecientas localidades del Palacio de Congresos El Greco, premiaron la labor con una salva de aplausos cálida y prolongada.

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