Juan Carlos Mateos González

Semblanza a Ramón Gonzálvez

Me «bebía las palabras» de un hombre que, siendo sabio, siempre fue humilde

Juan Carlos Mateos González
Expárroco de Argés. Director de la Comisión E. del Clero de la CEEActualizado:

El pasado 29 de enero pasó a la casa del Padre D. Ramón Gonzálvez Ruiz, un hombre sabio -investigador, profesor, archivero, académico-, pero sobre todo sobre todo sacerdote. Así, con convicción y serenidad, lo manifestó en muchas ocasiones: «Nunca he dudado de esta primacía».

Durante muchos veranos pudimos contar con su presencia en el pueblo de Argés (Toledo), donde pasaba unos días de descanso con su prima Manoli, entregada en cuerpo y alma, hasta el final, al cuidado de su «primo», como ella cariñosamente le llamaba. Siempre recordaré cómo en esos primeros días de julio sonaba el teléfono: «Soy Ramón, ya estoy por aquí. Cuenta conmigo para lo que quieras». Y así era, durante esos meses de verano colaboraba en la parroquia con una disponibilidad y entrega admirables. Luego, tras la celebración, siempre había tiempo para comentar lo a gusto que se había sentido oficiando la eucaristía y lo que le ayudaba celebrarla en una comunidad viva. Tras la conversación, bajaba despacito las escaleras y, arrodillado y recogido en el primer banco, daba gracias a Dios por el don recibido.

Ramón Gonzálvez
Ramón Gonzálvez

En algunas ocasiones, compartimos en su casa «mesa y mantel», donde la conversación y la sobremesa eran tan agradables o más que la comida. Me «bebía las palabras» de un hombre que, siendo sabio, siempre fue humilde. Recorría la historia como el que vive en ella: la Iglesia y los distintos avatares por los que ha pasado, la situación política pasada y reciente, cómo era capaz de iluminarla y poner un criterio de fe y de esperanza, cómo entendía la teología y la historia como una actividad profundamente pastoral.

Aún recuerdo cómo, algo emocionado, contaba esas primera vivencias cuando ingresa en el Seminario Menor de Talavera, ese primer destino en los cuatro pueblos de Guadalajara, cómo allí aprendió que «no todo lo que uno desea se puede conseguir de inmediato, sino que hay que saber esperar, porque la gente se resiste a cambiar». Pero sentía vivamente que «fueron unos años muy felices… el choque con las realidades humanas no hizo más que afianzar mi vocación pastoral. Desde entonces empecé a concebir el ejercicio del ministerio sacerdotal como un proceso de educación –de una educación especial, claro está, en la fe- de las personas», decía. Antes de partir para Roma, donde ampliaría estudios, recapitula esos tres años como párroco: «Me marcaron profundamente. Salí de ellos con el virus de la pastoral inoculado para siempre».

Pero es que estando en la ciudad eterna, tampoco dejó la colaboración pastoral: «Durante los cuatro años de estancia estuve en varias parroquias de la ciudad ayudando los domingos en el ministerio de las confesiones y la predicación. En Navidad y Semana Santa me ofrecí para colaborar en varias diócesis de Italia y buena parte de las vacaciones de verano las pasé en parroquias y capellanías de Francia y Alemania».

En una entrevista concedida en 2012 con motivo de su homenaje, recogida impresa –junto con otras muchas preciosas colaboraciones en los volúmenes «Creer y Entender»- afirma cómo «Benedicto XVI es un regalo de Dios para la Iglesia». Pasados ocho días de su fallecimiento creo que podemos parafrasearle, sin temor a equivocarnos: «Don Ramón ha sido un regalo para la Iglesia de Toledo». Seguramente él se pondría un poco rojo al escuchar tal halago…

POR JUAN CARLOS MATEOS GONZÁLEZPOR JUAN CARLOS MATEOS GONZÁLEZ