Joaquín Rodrigo, al piano en una imagen del documental canadiense «Shadows & Light»
Joaquín Rodrigo, al piano en una imagen del documental canadiense «Shadows & Light» - ABC

El hombre más allá del «Concierto de Aranjuez»

La Biblioteca Nacional inaugura una exposición dedicada al compositor Joaquín Rodrigo al cumplirse veinte años de su muerte

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En los dominios de Joaquín Rodrigo no se pone el sol. Lo dice su hija, Cecilia: todos los días se interpreta en algún lugar de los cinco continentes su celebérrimo y emblemático «Concierto de Aranjuez», una obra de la que el compositor escribió: «Siempre me he preguntado qué tiene esta obra que ante los más diversos públicos, distintos en calidad y en cantidad, distintos también en sus preferencias, costumbres y aún razas, gusta con la misma fruición, despierta la misma emoción y el mismo entusiasmo. Sinceramente no lo sé. Si lo supiera habría encontrado el éxito, la panacea, la piedra filosofal de mi propia música y de mi propio éxito».

Pero Joaquín Rodrigo no es únicamente el autor del «Concierto de Aranjuez». Es uno de los nombres fundamentales de la música española del siglo XX. Es lo que quiere mostrar la exposición «El paisaje acústico de Joaquín Rodrigo», inaugurada ayer jueves en la Biblioteca Nacional, y con la que esta institución quiere recordar al músico saguntino al cumplirse veinte años de su fallecimiento -murió en Madrid el 6 de julio de 1999, con noventa y siete años-.

«Emocionar fue la consigna de Joaquín Rodrigo -dice Ana Benavides, estudiosa del compositor y comisaria, junto con Walter Clark, de la exposición-. “La música -alentaba a sus alumnos- debe conmover y, si eso no ocurre, es que algo falla”. Por ello no hay trastienda en Joaquín Rodrigo. Su personal y único paisaje sonoro es testimonio fiel de su persona. No hay mejor forma de conocer al hombre y al artista. De sus querencias varias, de su alegría y optimismo mediterráneo, de sus penas y fondos pesares, de todo ello dan fe sus pentagramas. Dejó en la música su mejor legado y en ella reconocemos a aquel optimista impenitente de tristezas escondidas, como él se declaraba».

Y emocionar, al tiempo de acercar la obra y la figura del músico y del ser humano, busca también la exposición, que estará abierta hasta el 8 de septiembre. Unas ciento veinte piezas componen la muestra: libros, partituras, discos, manuscritos, grabados, lienzos, fotografías, así como distintos objetos personales del compositor. Proceden, en su mayoría, de los fondos de la propia Biblioteca Nacional y de la Fundación Victoria y Joaquín Rodrigo, que dirige la hija del músico y que cuida de su magnífico legado.

Los comisarios de la muestra la han dividido en seis secciones: en ellas se repasa su biografía, su relación con Victoria, su mujer -y un apoyo básico tanto para el músico como para el ser humano-; sus facetas como compositor, como intérprete y como escritor; y su imperecedero legado artístico. Los objetos se alternan con paneles que acercan al visitante al pensamiento del músico, cuya ceguera, que padeció desde los tres años, no le restó luminosidad, tanto en su vida como en su música. «Para mí -se lee en uno de dichos paneles- lo esencial no es entender de música, sino sentirla; es decir, conmoverse, gozar con ella... En España el público está más interesado en cómo se toca que en lo que se toca; y como yo creo que cómo se toca es secundario, creo que vamos hacia atrás».

En la producción de Joaquín Rodrigo hay zarzuelas, canciones, piezas para piano, conciertos para distintos instrumentos, como la guitarra o el violín, ballets, poemas sinfónicos. «Su música -dice Walter Clark- es siempre una afirmación de nuestra humanidad, una expresión de nuestro deseo colectivo de profundizar y enriquecer nuestra experiencia de esta vida a través del arte de la música, que puede ser, al mismo tiempo, original, intelectual y muy agradable».

Hay en la exposición varias piezas destacadas: entre ellas la partitura manuscrita del «Concierto de Aranjuez», con anotaciones a lápiz rojo y azul del director César Mendoza Lasalle; la partitura también manuscrita para piano del ballet «Juana y los caldereros», compuesto sobre un libreto de su esposa, Victoria Kamhi, y que nunca se ha interpretado; el programa del estreno del «Concierto de Aranjuez» en el Palacio de la Música de Barcelona, en el que intervino la Orquesta Filarmónica de Barcelona, dirigida por el citado César Mendoza Lasalle y con el guitarrista Regino Sáinz de la Maza como solista; el programa del estreno del «Concierto madrigal» en el Hollywood Bowl de Los Ángeles, el 30 de julio de 1970 -al que asistieron cerca de veinte mil personas-; un ejemplar del disco «Rodrigo Edition, Vol. 1» (editado por Sony Music), que viajó en la nave espacial Endeavour en misión promovida por la NASA desde el 23 de noviembre hasta el 7 de diciembre de 2002; un ejemplar del disco -toda una curiosidad- con «A Aranjuez pensant en tu», una versión para voz, en catalán, del segundo movimiento del «Concierto de Aranjuez» con texto de Josep Maria Andreu y cantada por Jaime de Mora y Aragón; un manuscrito del borrador de «La trucha», poema que Gerardo Diego dedicó al compositor; un ejemplar del libro «Joaquín Rodrigo a través de sus escritos», que ha editado este año la fundación que dirige la hija del compositor con una recopilación de sus textos; el busto que hizo James Knowles y la escultura con las manos del músico obra de Pilar Cuenca.

La exposición muestra también al ser humano a través de distintas fotografías y cartas y, especialmente, con una serie de impagables objetos personales del compositor: el certificado de aptitud otorgado a Victoria Kamhi por el Conservatorio de París, en el que se le acredita como profesora de piano; el carnet de corresponsal en París del diario valenciano «Las Provincias» en los años treinta del siglo XX; una papeleta de examen de 5º de composición del Conservatorio de Música y Declamación de Valencia (curso 1941-42); un violín que perteneció a Rodrigo; su agenda, sus gafas, su máquina de braille -«su método de composición con este sistema era único y una “labor de benedictinos”, como él decía», subraya su hija Cecilia-, su baúl, sus gafas y su bastón -«el primero plegable que hubo en España, revela Ana Benavides-. Son «objetos de interés personal y de importancia histórica -subraya Walter Clark-; es una colección muy diversa y siempre fascinante, como el hombre en sí mismo». Un hombre, historia de la música española, que escribió: «Nada más oculto y escondido en el más inextricable arcano que el proceso de la creación musical. ¿De dónde fluye esta facultad, que se diría innata, de inventar, como decían nuestros vihuelistas, melodías, descubrir armonías yacentes en las cuerdas o en los tubos abiertos de los instrumentos de viento y levantar arquitecturas sonoras?»