«Trabajo realizado con diez rollos de papel higiénico» (1970-1971)
«Trabajo realizado con diez rollos de papel higiénico» (1970-1971)
ARTE

Artur Barrio, un artista vivo en el museo

La obra del brasileño Artur Barrio es multiforme, fuera de formato, compleja y sorprendente. Por eso en 2011 se alzó con el Premio Velázquez. Por eso llega ahora al Museo Reina Sofía

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En 2011 y por estas fechas, el Ministerio de Cultura otorgaba el correspondiente Premio Velázquez de Artes Plásticas anual, dotado con 125.000 euros. Hoy, ese mismo ministerio lo es también de Educación y Deporte, la cuantía económica se ha rebajado un 20%, y la muestra asociada al galardón, que en aquellos tiempos solía inaugurarse en el Museo Reina Sofía a lo largo de la temporada siguiente, ha tardado en abordarse nada más que siete años… Vamos bien.

En aquella ocasión, el elegido fue Artur Barrio (Oporto, 1945), uno de los nombres de la neovanguardia más singulares y respetados en la escena latinoamericana desde finales de los sesenta. Nacido en Portugal, Barrio terminará con nacionalidad brasileña a partir de que a los diez años su padre, empresario, pusiera tierra de por medio con la dictadura de Salazar y lo llevara con él. En Río de Janeiro cursó estudios de Bellas Artes y en 1969 se dio a conocer en la escena artística con algunas de sus radicales propuestas que causaron escándalo, como aquellas en las que arrojaba empaquetados de sangre y otros residuos corporales por las ventanas del Museo de Arte Moderno de la ciudad. Todo ello, no se olvide, en el ambiente de un país gobernado por militares.

Desde entonces, Barrio no dejó de insistir en la construcción de una poética de lo intolerable, muy en sintonía con otras experiencias extremas que se vivían en el ambiente artístico del momento en el mundo. Pero, en su caso, la inercia de la modernidad tardía, empeñada en explorar los límites del arte hasta empujarlo a sus contradicciones internas, implicaría también una voluntad de crítica política, especialmente atenta a las paradojas de un circuito del arte, por lo general sofisticado y exclusivo, en un contexto como el latinoamericano del momento, al borde del tercermundismo y plagado de tensiones totalitarias.

Sus montones de carne, vísceras y despojos orgánicos, a veces en estado de semidescomposición, que aparecieron de súbito por las calles de la ciudad, no sólo causaron el asco o el enfado de los viandantes, sino la sospecha latente de que lo que allí se encarnaba, literalmente, era innombrable: la puesta en escena de algo relacionado con el secreto y lo oculto -lo inconfesable-, como todo cuanto rodeaba a otros cuerpos torturados y desaparecidos…

Catalizador convulso

La obra, diseminada y sin el reconocimiento de un autor tradicional, será aquí un catalizador convulso -hasta el shock-, de las dinámicas inertes en la vida cotidiana que el arte viene a revitalizar: «El trabajo tiene vida propia porque es todos nosotros, porque es nuestra realidad del día a día, y es en ese punto donde renuncio a mi encuadre como “artista”, porque ya no lo soy, ni necesito ningún otro rótulo […] Por lo tanto, esos trabajos, en el momento en el que se ubican en plazas, calles... automáticamente se vuelven independientes, y el autor inicial (yo) no tiene nada más que hacer, trasladando ese compromiso a los futuros manipuladores/autores del trabajo, es decir, los peatones», decía en 1970.

Como en la catarsis clásica, la inmersión en los efectos del teatro nos saca de nuestro mundo, al cual no volveremos ya nunca iguales, pues la misma experiencia vivida en el cuerpo del otro que proporciona la tragedia nos lo impedirá.

Para ello, Barrio se sirve de materia prima despreciable, impropia e incluso abyecta: saliva, pelo, orines, heces… El jurado que le otorgó el premio destacaba «la universalidad de su lenguaje, desarrollado con unos materiales no convencionales, crudos, perecederos y desagradables». Pero lo cierto es que la cosa va más allá; son materias intensamente implicadas con el cuerpo y con la vida, que configuran un espacio simbólico, es decir, social y político, de lo que se puede decir y cómo, tanto dentro como fuera del museo. Barrio parte de ellas para su obra multiforme, fuera de formato, compleja y sorprendente, que se concreta sobre todo en acciones y performances de las que a veces no queda ni rastro, como no sea en sus notas o libros de artista (el más célebre, sin duda, es ése del Pompidou que obliga al museo a cambiar sus páginas de carne fresca cada dos o tres días, a medida que se descomponen).

Una sorpresa

Por eso, quizá la parte más emocionante de esta exposición que por fin llega será aquello de lo que aquí todavía no les puedo hablar, pues se trata de una suerte de sorpresa que se desvela con la inauguración. El artista traslada «su estudio» al espacio expositivo, quedándose allí a solas los días previos a la apertura, interactuado con la versión canónica, legitimadora, organizada y didáctica que de su propia trayectoria se nos ofrece allí.

Del encuentro entre la obra viva y la inevitable momificación que tiene todo acto museístico ha de salir algo. Por lo menos la capacidad de la institución de responder y adaptarse a la espontaneidad de semejante gesto.