PLAN LECTOR MUNICIPAL

Un Cádiz de cuando el peluquero aún cobraba tres pesetas

CÁDIZActualizado:

El titular no es un gancho. Hubo una época no muy lejana en la que los peluqueros «me cobraban tres pesetas por cortarme el pelo... creo». Lo recuerda Rafael, uno de los nueve participantes en la iniciativa que reúne, semanalmente, a nueve mayores gaditanos en la biblioteca Celestino Mutis para compartir vivencias y servir de hemerotecas vivas de la historia de Cádiz del último siglo. Frente a ellos, el escritor gaditano David Monthiel, que emplea la otra hemeroteca (la que quedó impresa en los papeles) para hacerles recordar y ayudarles a mantener sus actividades cognitivas.

La edad de los participantes es más que respetable. «La media es de unos 85, pero tenemos a mayores como Carmen, con 97 años», desvela Monthiel, que arranca cada una de las sesiones con unos ejercicios «de calentamiento».

En ellos, va de preguntas muy básicas como que les digan el antónimo de una palabra, hasta que relacionen términos o que relacionen conceptos con gestos. «Por ejemplo, ¿cómo se hace una reverencia?». Isabel da la respuesta correcta y explica con sorna que se la sabía porque «soy de alta cuña», que Marina completa riéndose con que «como la que llevo yo en los pies». A su edad, el grupo es revoltoso y alegre, como una clase de Primaria. Pero con una sabiduría acumulada que dejaría en pañales a cualquier universitario.

«Es cierto que a veces equivocan fechas o mezclan recuerdos, pero la esencia del día a día la dominan como nadie, cómo se vivía y cómo se sentía en aquellos años», desarrolla Monthiel. ¿Un ejemplo? Marina revela que el peluquero de San Juan de Dios al que iba Rafael era hijo de Pepe, el Barbero, que trabajaba en Santa María «y que no cobraba a mi padre porque él, que trabajaba en el Hotel Playa, le traía uvas».

Historia viva

El testimonio que dejen Rafael (cualquiera de los dos que participan en las sesiones integradas en el Plan Lector municipal), Isabel, Carmen, Angelita, Antonio o Marina es oro. De hecho, Monthiel graba las sesiones «porque reflejan a la perfección lo que era la intrahistoria de la que hablaba Unamuno».

Éste es el segundo año en que se desarrolla el proyecto, que se ha extendido a Extramuros

Entre las historias que se contaron en la segunda sesión del presente curso (que, es, además, la segunda edición de este taller) estuvo la de cuando a Marina, que lleva con orgullo haber trabajado en la tienda de Hispano-Olivetti, le dijeron que se fuera («aunque pagándome el sueldo de todo el año») para que su puesto lo ocupara una persona bastante conocida de la ciudad. O cuando Angelita (las mujeres son quienes más hablan en cada sesión) narra que cuando se enteraron de la muerte de Kennedy «no había manera de sintonizar el televisor para que se viera».

También se repasa la hemeroteca con publicaciones de Diario de Cádiz de los años 60, 70 y 80 y se contrastan los hechos con las vivencias. «Ah, de ese partido contra el Tarragona me acuerdo yo, no vas la que se lió». «Claro, cuando abrieron el puente...». En uno de los momentos, Isabel le pide a Monthiel que se detenga en una página. «Una boda, a ver quién se casó», y llega la sorpresa: «Ése era familia del dueño de donde trabajaba», recuerda Angelita. Pasa la página y aparecen las esquelas, Carmen apremia «pasa, pasa, no vaya a salir yo». El buen humor es una constante.

Las sesiones suelen durar una hora y media aproximadamente. Los mayores («no digas viejo, que vieja solo es la ropa», diría Marina) pertenecen a la residencia Geriátrica Adema. La buena acogida de la iniciativa ha hecho que se extienda a Extramuros donde, detalla Monthiel, hay de momento siete participantes, pero particulares.