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Las doce rebeldes que pusieron al fútbol gaditano nombre de mujer

Formaron parte del primer equipo femenino que existió en Cádiz en 1970

CádizActualizado:

El gol fue histórico. El triunfo, inmortal. Doce mujeres que, aun sin saberlo, pusieron los mimbres de un Trofeo que hoy lleva nombre de mujer. Pioneras en el césped y rebeldes fuera del campo. Auténticas revolucionarias de una época dominada por la dictadura franquista y donde el fútbol estaba reservado para el sexo masculino.

«Niña, vete a limpiar tu casa» o «Qué buenas cachas tienes» eran algunos de los gritos que sonaban en las gradas de los distintos campos de fútbol mientras ellas se dejaban la piel para intentar marcar un gol y ganar el partido. Pero ni los comentarios sexistas que se escuchaban hasta en el patio del colegio cuando jugaban con el balón, ni la negativa de sus familias consiguieron frenar el ímpetu de un equipo que hizo historia. Se trata del primer equipo femenino de la ciudad, El Balón de Cádiz, que se creó en 1970 y que hizo ver que el fútbol también podía ser cosa de mujer.

Casi medio siglo después y con algo más de 60 años, estas jugadoras recuerdan ahora con orgullo su pasado, sin olvidar las dificultades por las que tuvieron que pasar para hacer su sueño realidad en una sociedad chapada a la antigüa. «Simplemente nos gustaba jugar al fútbol, así que fui al Balón de Cádiz a pedir que nos crearan un equipo. Los directivos no estaban por la labor, pero allí había un hombre, José Miguel Caneda, que se interesó y me dijo que si buscaba a niñas, nos entrenaba, y me puse manos a la obra», asegura Esperanza Gámez, portera del equipo, que recuerda cómo tenía que esconderse de su madre para poder seguir jugando al fútbol.

Después llegaron más problemas, como la falta de un lugar para entrenar o la resistencia de los directivos del club a apoyar al equipo. De hecho, ni siquiera les daban material para jugar los partidos y tenían que apañarse con las equipaciones sudadas que habían usado los equipos masculinos en sus respectivos partidos. «A nosotros todo esto nos daba igual, porque solo nos importaba seguir jugando al fútbol, que era lo que nos gustaba. Íbamos con mucha ilusión a todos los partidos», recuerda Mari Paz Giles, que empezó jugando con unas botas altas de calle que sus padres le habían regalado.

Las jugadoras del equipo se manifestaron en la casa del alcalde para pedir un lugar para entrenar

Y así, obstáculo tras obstáculo, estas doce mujeres consiguieron hacerse con un nombre y llenar las estanterías del club de trofeos, aunque de su existencia no hay constancia, ya que aseguran que tras la mudanza del club, desaparecieron todas las copas de las estanterías de la calle Ruiz de Bustamente. Sin embargo, por mucho que se borren estas huellas, los recuerdos permanecen en la memoria de estas jugadoras, que abrieron el camino de otras que llegaron después y que hoy alcanzan la cifra de 40 millones mujeres federadas en todo el mundo.

Frente a la difusión televisiva que ha alcanzado el fútbol femenino y la popularidad de las jugadoras más importantes de la actualidad, estas doce heroínas destacan los problemas que se encontraban incluso para poder entrenar.

«Primero nos cedieron el Carranza, uno de los laterales; después nos metieron en los pasillos interiores y ya por último, nos lo prohibieron. Al parecer, habían aparecido los cristales rotos y nos culparon a nosotras», explica Carmen Delgado. Sin embargo, resistieron. No tiraron la toalla y se enfrentaron a uno de los capítulos más problemáticos del equipo. A pesar de encontrarse en tiempos de dictadura, se manifestaron en la misma puerta del alcalde, Jerónimo Almagro, con una pancarta en la que se podía leer: «Queremos un sitio para entrenar». «La verdad es que no pensamos ni en lo que estábamos haciendo. Fuimos y le pedimos lo que creíamos justo. Ahora creo que fuimos muy valientes», apunta Mari Cózar.

Justo al día siguiente, el alcalde les cedió un espacio en la antigüa bolera, donde pudieron seguir hasta que el entrenador encontró un trabajo que le impedía compaginar su afición. «Ya no encontramos a nadie que quisiera entrenarnos y además algunas teníamos mucha oposición por parte de nuestras familias y otros problemas, y tuvimos que poner fin a la aventura», apunta Esperanza Gámez.

Sin embargo, casi medio siglo después, la historia ha vuelto a unir a estas doce revolucionarias, que hoy estarán, en su mayoría, en la grada del Carranza como testigos de excepción del primer Trofeo con nombre de mujer.

LAS JUGADORAS DEL BALÓN DE CÁDIZ, UNA A UNA:

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  1. Carmen Delgado: «Nos manifestamos en casa del alcalde»

    Carmen Delgado, defensa del equipo, recuerda los problemas que tuvieron para poder encontrar un lugar para entrenar. «Primero nos dejaron el Carranza, en los laterales, y después en los pasillos, pero aparecieron unos cristales rotos, y nos culparon a nosotros, así que nos quitaron el sitio. Como no teníamos sitio para entrenar, no lo dudamos. Nos manifestamos en la misma puerta de la casa del alcalde, que era Jerónimo Almagro, para pedir una solución. Imagino que le haríamos gracia, porque la verdad es que nos hizo caso y nos cedieron los terrenos de la bolera», comenta la exjugadora, que apunta: «Ahora lo pienso y creo que fuimos muy valientes en manifestarnos así, en la época en la que vivíamos, pero la verdad es que entonces no lo pensé».

  2. Mari Cózar: «Ahora creo que fuimos muy valientes»

    Mari Cózar jugaba con el dorsal número 2 a la espalda y ocupaba uno de los puestos de la defensa, un puesto que le obligaba a realizar un juego de choque muy importante y siempre se llevaba la peor parte. «Recuerdo que en Conil, antes de jugar un trofeo, nos pusieron una banda de música y todo y fuimos desfilando. Yo me había hecho daño en el muslo con una entrada y recuerdo cómo la gente sólo se fijaba en mis piernas y todos decían ¡Mira las cachas de esa!», cuenta la exjugadora, que reconoce que «fuimos unas adelantadas a nuestra época, la verdad. Por entonces no lo pensabas porque solo te movía la ilusión, pero ahora que lo pienso creo que fuimos muy valientes por hacernos atrevido».

  3. Esperanza Gámez: «Iba a escondidas a jugar y a entrenar»

    Esperanza Gámez tuvo la posibilidad de seguir su trayectoria futbolística como portera tras destacar tanto en el Balón de Cádiz como en el equipo jerezano de La Ina, pero fue su propia madre quien cortó de raíz su afición. «Mi madre me tenía prohibido jugar al fútbol porque para ella era un deporte de hombres. A pesar de eso, yo me metí en el equipo y tenía que ir a escondidas a entrenar y a jugar. De hecho, al final lo tuve que dejar porque mi madre me pilló. La engañé y le dije que iba a trabajar, y me fui a jugar un partido a Isla Cristina. Ella fue a mi trabajo y allí le dijeron que yo no había ido, así que cuando llegué le tuve que decir la verdad. Al final perdí tanto el fútbol como el trabajo», recuerda Gámez.

  4. Ana María Otero: «Era más machista el sistema que la familia»

    Ana María Otero fue una de las pocas jugadoras del equipo que contó con el apoyo de su familia en su idea de jugar en un equipo de fútbol. Siempre la apoyaron. «Quizás era más machista el sistema en sí que nuestra familia. Mi abuelo incluso me defendía de los comentarios que le llegaban de algún vecino que le decía que cómo yo jugaba al fútbol, si era cosa de hombres. Él siempre les decía que era un deporte como otro cualquiera», recuerda Ana, que acabó jugando de extremo izquierda, con el número 11. «Lo intenté al principio de portera porque era bastante alta, pero me llevé un par de pelotazos y de golpes y acabé jugando, que en realidad era lo que me gustaba».

  5. Mari Paz Giles: «Empecé a jugar con unas botas altas de calle»

    Mari Paz Giles era la benjamina del grupo, con apenas 8 años. Sus compañeras le apodaron ‘la Comitas’, como respuesta a una jugadora del Fuengirola que le llamaban ‘la puntitos’. Era pequeña y eso le permitía regatear y escaparse con facilidad de los rivales, de ahí que ocupase un puesto en el extremo derecho. «Me metieron en el equipo porque sabían que a mí me gustaba jugar al fútbol y como yo no tenía zapatos con los que jugar, al principio tuve que hacerlo con unas botas altas de calle que me había regalado mi madre», asegura Mari Paz, que lamenta el poco tiempo que duró el equipo al no haber nadie que quiseras entrenarla tras la marcha de su entrenador.

  6. Margarita Delgado: «¡Mira las capitalistas!, nos decían en Trebujena»

    Margarita Delgado era una de las delanteras del equipo. Asegura que la presencia de un equipo de fútbol femenino levantaba expectación, tanto en su círculo más cercano como en todos los campos que visitaban. «Recuerdo una anécdota que vivimos en Trebujena, donde los hombres que fueron a ver el partido se dirigían a nosotras, señalándonos, diciéndonos «¡Mira las capitalistas!», en lugar de las capitalinas. Les resultaba muy curioso que fuésemos con la equipación, con un pantalón corto. Era como una forma de decirnos que éramos muy adelantadas para la época que vivíamos».

  7. M. Ángeles Robles: «Nunca imaginé un Trofeo Carranza femenino»

    María de los Ángeles Barrios, apodada ‘la Uqui’, fue una de las capitanas que tuvo el Balón de Cádiz femenino. De hecho, ellas mismas presumen de la democracia que había en el equipo en una época dominada por la dictadura, ya que hasta el bracelete de capitana se hacía por sorteo. De ahí que fueran varias las que ostentaran el privilegio. ‘La uqui’ no puede ocultar su entusiasmo, ya que asegura que nunca llegó a imaginar que el Trofeo Carranza pudiera llegar a estar conformado por equipos femeninos. «Recuerdo que llegamos a jugar en el Estadio Ramón de Carranza un partido, el único que disputamos en la capital», asegura.