Cádiz

Pablo Iglesias resucita a los Beatles de Cádiz

La visita del líder nacional de Podemos respalda al nuevo gobierno local con un paseo lleno de gestos electoralistas

JoSé LANDI
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El único personaje anciano de 'Las amistades peligrosas' zanjaba cada confidencia melodramática de los más jóvenes con la misma frase: «Lo único que me asombra es lo poco que cambia todo». Hoy, en San Juan de Dios, habría tenido varias ocasiones de repetir la sentencia durante la visita de Pablo Iglesias a Cádiz.

La revelación política española abría en la capital más meridional de la Península su 'Ruta del Cambio' con la que pretende celebrar los buenos resultados electorales en determinadas ciudades españolas, de Madrid a Barcelona, e incluso Nueva York, para tratar de repetirlos en las próximas generales de noviembre.

Que alguien conocido por su larga cabellera provoque la idolatría de un público juvenil, casual, advenedizo, turista y transversal, recordaba a la primera visita de los Beatles a la España franquista. Guiño involuntario al magistral remedo gaditano del desaparecido, hace nada, Enrique Villegas. Una gran parte del paisanaje, formado igual por novios que por jubilados o por moteros de Harley (hay una gran concentración en Cádiz) vestidos con chalecos de cuero negro, asistía entre absorto, divertido y escandalizado al entusiasmado revuelo que provocaba el greñudo entre la otra mitad del vecindario, la de los partidarios. Su melena es, otra vez, como hace 45 años, el símbolo de un cambio porque la transformación que anuncia se manifiesta por gestos, por detalles y atuendos, más que por hechos. Aún es pronto. Acaba de empezar y la estética se aprecia mucho antes que la ética. Así que toca analizar detalles, apariencias. Banderas, poses y saludos.

Ahí viene, ahí viene

El alcalde de Cádiz, José María González Santos, y el líder nacional de Podemos, Pablo Iglesias, se dieron el encuentro como las parejas contrariadas que alcanzan su ansiado amor tras superar mil obstáculos, como las que corren por la orilla con fondo de violín o piano para fundirse en un abrazo esperado por los emocionados espectadores de un culebrón vespertino.

El regidor, en el extremo de San Juan de Dios más cercano al Ayuntamiento, estuvo un rato aguardando un rato como la Penélope de Serrat. Aquí hubo final feliz. El ansiado apareció al cabo por el extremo de Canalejas y ninguna de las partes del romance pudo contenerse más. Una comitiva avanzó, se abalanzó, hacia la otra hasta que chocaron con besos. En la mejilla, que tampoco se trata de resucitar fantasmas soviéticos que la vieja guardia, en días de radicalización y extremismo, espera con la guadaña. Palmetadas y estrujones. Nadie diría que la pareja del alcalde, Teresa Rodríguez, portavoz regional de Podemos, ha mantenido un enfrentamiento abierto con el líder estatal que llegaba en visita oficial, o lo que fuera. Con Iglesias hemos topado tuvo que pensar el alcalde que tras una conversación multitudinaria (el abrazo tenía un corro de medio centenar de cámaras, periodistas y curiosos con teléfono de última generación), emprendió camino conjunto hacia el Ayuntamiento.

A la Casa Consistorial

En el paseo, pausado porque resultaba imposible acelerar entre el enjambre, los espontáneos gritan. Piden fotos, dan ánimos y lanzan proclamas. Una sexagenaria grita: «A ver si levantas Cádiz, que hay mucha hambre...». La propia autora parece reflexionar avergonzada sobre la falta de rigor de su frase y, tras unos segundos de pausa dramática, añade: «… De justicia».

Para seguir con los gestos, nada más entrar en la Casa Consistorial, reunión con directores de colegios que deben acoger comedores de emergencia para 168 niños que no tienen garantizada una buena alimentación durante las vacaciones de verano ¿Prioridades como símbolos o verdades como puños? Tras más de una hora, visita al despacho de la Alcaldía. «Madre mía», exclama Iglesias al entrar mirando al techo como se hace en las catedrales. Toca asombrarse por el lujo que ha gozado la casta y, ahora, es «de la gente». Como si los anteriores inquilinos fueran de Plutón.

Saludan los funcionarios, se hacen fotos. Un ujier le dice al líder nacional, el de la melena: «Un placer conocerle, jefe». Iglesias, rápido, le ataja: «El jefe es éste» y señala a José María González. Luego, reunión con los concejales y masiva foto con unos novios. Era viernes, día de bodas. Mientras alcalde y jefe de Podemos se reunían, José Blas Fernández, el antiguo y eterno número dos de Teófila Martínez casaba parejas con el bastón de mando en la mano, sentado en la presidencia del Salón de Plenos. Contrastes del orden establecido. Otro matrimonio flamante y distinto, casado por un edil de Podemos, pide una foto con Iglesias y Kichi. Bajan los al patio para darles gusto. Gran revuelo de cámaras, codazos, prisas y sonrisas, besos y buenos deseos.

Que se besen, que se besen. El matrimonio como símbolo. La visita como gesto. Lo que cuenta es lo que pase después, en ambos casos. Día a día.

Pero hoy, viernes, para los casaderos, los visitantes y los anfitriones era día de imágenes, de detalles y parabienes.

Ya llegará la realidad.