Un concierto en la Feria de Lucena de una edición anterior
Un concierto en la Feria de Lucena de una edición anterior - ABC
El dedo en el ojo

¿Eres hombre? Eres peligroso

Determinados mensajes del feminismo dan por hecho que cada varón lleva dentro un agresor potencial

CórdobaActualizado:

Este fin de semana han concluido las ferias de septiembre de Cabra y Lucena. No me pregunten cómo han ido: no he estado en ninguna de las dos. He preferido huir cual prófugo buscado por la Justicia y encontrar asilo en tierras gaditanas. Me he apartado geográficamente de la Subbética buscando hacer «las cosas normales que hacen las personas normales» que, por otra parte, somos mayoría. Ya saben: salir a cenar, disfrutar del chiringuito a mediodía, pasear por la playa, leer el periódico y esas cosas tan del gusto burgués. Y hago eso porque no tengo la opción que se les brinda a los de la famélica legión que pueden disfrutar de sus fabulosas haciendas en Galapagar; ya conocemos que la filosofía del comunismo se basa en que todos somos iguales, aunque unos somos más iguales que otros. Pero no iba a eso.

Si he elegido huir de las ferias de las citadas localidades ha sido por evitar a las folclóricas copleras, para alejarme del inasumible «reaggeton» (en la feria lo hay mucho), para no tener que soportar las impertinencias de legiones de logsianos bajo los efectos del botellón o para no sufrir el calvario de tener abanicarme con un cartón de propaganda con ínfulas de abanico. ¡Y porque no me gustan esta clase de ferias, caramba!

Pero si hay algo que me ha empujado definitivamente a huir de estas estridencias perpetradas contra el buen gusto, la decencia y el saber estar, ha sido el tener conocimiento de que en ambas celebraciones —como en cada vez más ferias de nuestra capital y provincia— se ha impuesto la peligrosa práctica de infiltrar entre el público asistente a unas comisarias de género con brazalete morado. No me da la gana ser escrutado en mi comportamiento, no estoy dispuesto a tener que aguantarme las ganas de decirle a una amiga que me la comería a besos de lo que guapa que está con ese traje de flamenca (o como se diga), no tolero que me reconvengan por el solo hecho de ser varón con ñoños mensajes del tipo «No te pases. Paremos la agresión sexual» o «Por una feria libre de agresiones sexistas», no estoy dispuesto a asistir a un sitio donde, de entrada, soy considerado un potencial agresor por el solo hecho de ser hombre. No me da la gana de aguantar tanta estulticia malparida por el feminismo radical de género.

Del mismo modo que ahora se ha hecho muy famoso lo de bajarse del coche en marcha para echar un bailecito y subirlo a Internet, así todos los que no quieren desaprovechar la oportunidad de ser megagüays y vacilar de una hiperconcienciación chachi-piruli, se han sumado a esta peligrosa moda de la hipervigilancia feminista del varón. ¿Sus únicos logros? Adulterar las naturales relaciones humanas entre sexos y contribuir al desarrollo de una sociedad paranoica.

De un tiempo a esta parte todo el mundo se ha dedicado a comprar la mercancía averiada del feminismo radical de género y defendemos postulados que se basan en apriorísticos erróneos, en subproductos ideológicos y en una mala leche que tira para atrás. Y ponemos «puntos morados» en las ferias y permitimos que circulen chicas con brazaletes violetas y patrocinamos excesos que se resumen en frases ocurrentes como «La calle, la noche y la feria también son nuestras. Si sufres una agresión machista, búscanos». ¿¡Pero de qué estamos hablando!? La progresía dispone de un solvente «apparátchik» que consigue hacer penetrar en la sociedad algunas aberraciones del tipo descritas porque no encuentra resistencias a tales desafueros. De ahí su éxito. ¿Queda ya vida inteligente en España? Cada vez menos.