Zanele Dlamini recoge agua cerca de su pequeña casa, ubicada en Mkhulamini, 400 kilómetros al este de Mbabane (Suazilandia)
Zanele Dlamini recoge agua cerca de su pequeña casa, ubicada en Mkhulamini, 400 kilómetros al este de Mbabane (Suazilandia) - efe

El conflicto hídrico de África

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«¿Cómo voy a sobrevivir cuando han muerto mis animales y el lago han desaparecido? ¿Cómo voy a sobrevivir cuando la sequía me arrastra y me envía a la tumba?».

En el reciente informe «There Is No Time Left: Climate Change, Environmental Threats, and Human Rights in Turkana County, Kenya», la organización Human Rights Watch denuncia cómo el cambio climático y los proyectos de desarrollo regionales están poniendo en peligro la salud y el sustento de la población de la zona de Turkana, al noroeste de Kenia. El documento se nutre de testimonios como el anterior, de un anciano local, que ponen en relieve la grave situación regional.

Solo entre 1967 y 2012, por ejemplo, la temperatura promedio (máxima y mínima) en este condado keniano aumentó de dos a tres grados. De forma paralela, los proyectos hidroeléctricos y las plantaciones de azúcar en el valle del río Omo, de la vecina Etiopía, amenazan con reducir considerablemente los niveles de agua en el lago Turkana, fuente de sustento de sus 300.000 habitantes.

Y las consecuencias a medio plazo pueden ser catastróficas. «La lucha por el agua y las zonas de pastoreo sigue siendo el motor primordial de los conflictos regionales», advertía en 2009 el «think-tank» británico Overseas Development Institute, quien denunciaba la marginación política que sufren estas comunidades en el Cuerno de África.

En este sentido, en 2012, un informe de la organización Grain denunciaba la lucha abierta por un elemento que resulta cada vez más preciado: el agua. Ese mismo año, 42 policías fallecían en Kenia tras una emboscada de ladrones de ganado. La matanza se produjo cuando miembros de la comunidad turkana robaron ganado a los samburu, lo que desató una (a la postre mortal) operación policial en la región de Suguta.

Y no parece una excepción. En 2030, el 47 por ciento de la población mundial vivirá en áreas de alta conflictividad hídrica, de acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo. Siguiendo esta tendencia, un reciente estudio de la Universidad de Virginia y la Universidad Politécnica de Milán denunciaba cómo el fenómeno de acaparamiento de agua se ha intensificado

«En menos de una década, las tasas de la tierra y el acaparamiento de agua han aumentado dramáticamente», reconocía el estudio.

En este sentido, «incluso solo una fracción de los recursos acaparados sería suficiente para reducir, sustancialmente, la desnutrición que afecta a algunos de estos países que ceden sus tierras».

De igual modo, se advertía que países como Sudán y Tanzania tienen el potencial de convertirse en los nuevos «graneros» globales. Claro está, sin influencia positiva para su población local.

Ya en su obra «World on the Edge», el activista estadounidense Lester Brown relata cómo, en 2009, Arabia Saudí recibió su primer cargamento de arroz producido en tierras de Etiopía. Todo ello, a pesar de que el Programa Mundial de Alimentos se veía obligado entonces a alimentar a cinco millones de etíopes.

El nuevo paradigma ha provocado no pocas tensiones. En abril de 2012, un grupo armado atacó las instalaciones de la compañía Saudi Star Development Company en la región etíope de Gambela (propiedad del millonario árabe Mohamed al Amoudi y que se sirve del río Alwero para regar sus plantaciones), dejando cinco personas muertas. Los motivos parecían claros: la comunidad local Anuak había pescado y cultivado en estas riberas durante siglos.