Antonio Burgos

Los separatistas de aquí

Tanto miedo como los insurrectos sediciosos de Cataluña me dan los proseparatistas de Sevilla, los proindependentistas de aquí

Antonio Burgos
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HAY que ver lo que nos gusta a los sevillanos una colgadura. Hasta con mantones de Manila o colchas nupciales se cuelgan los balcones de los barrios cuando sale la procesión pascual de La Majestad en Público y da gloria escuchar cómo la gente acompaña cantando a los sones de la banda cuando, tras el palio en que el párroco porta el Santísimo, toca el «Cantemos al amor de los amores». Triana y el Barrio León han estado colgadas de ensueño popular con motivo de la coronación de la Virgen de la Salud de San Gonzalo. ¿Y esa Sevilla todavía colgada con la bandera de España como una afirmación en la unidad de la Patria, no da gloria verla?

No sé a usted, pero a mí me han sorprendido la cantidad de banderas rojigualdas que en defensa de cuanto representa la Constitución no se han arriado todavía en los balcones de Sevilla desde el 1-O del Pucheréndum de los catalanes, en que se pusieron para darles por saco a los Yordis, y a los trapaceros traperos, y al Fregona, y al que tiene un ojo mirando a Cádiz y otro para Cartagena, como canta Imperio Argentina. No me sorprendió en absoluto que, ya que estaban colgadas, se dejaran luego esas banderas de los balcones hasta el 12-O, día de la Fiesta Nacional, de la Hispanidad y de la Patrona de la Guardia Civil.

Pero lo que sí me llama la atención, y muy positivamente, es que Sevilla todavía no haya quitado de los balcones las banderas de España, como una afirmación nacional. Miro esas gloriosas y benditas banderas, «como el vino de Jerez/y el vinillo de Rioja», y comprendo que es una reafirmación en todo lo español que en Cataluña se quiere destruir. Son una respuesta contundente y silenciosa. Cada bandera española en un balcón de Sevilla parece que es una proclamación del artículo 155 de la Constitución, o un voto afirmativo a la iniciativa de Ciudadanos para que acabe de una vez el lavado de coco antiespañol de los chavales en los colegios catalanes, una fábrica de separatistas en proceso continuo de producción desde Suárez a esta parte, y encima pagado con nuestro dinero.

Pero no seamos ilusos. A Sevilla, aun con tantas banderas en los balcones, no ha venido una sola empresa de las que han abandonado Cataluña. Y en Sevilla son muchos los que dicen lo más peligroso, lo más antiespañol que pueda escucharse, lo de:

-Que les den ya la independencia a los catalanes y nos dejen tranquilos de una vez...

La verdad es que están un poquito jartibles estos catalufos con su sedición y su independencia, ¿para qué nos vamos a engañar? Pero tirar la toalla en la condena de su insurrección es como arriar cobardemente, con deshonor, esas banderas gloriosamente colgadas en los balcones de Sevilla. Y lo que no se ve, porque no salen a los balcones a pregonarlo, es que aquí en Sevilla hay mucha gente, muchos podemitas sin ir más lejos, que están a favor de la independencia catalana, de lo que ellos llaman DUI, y que suena a aparatito ginecológico para control de natalidad. Y nada digo de los del diálogo. Sí, estamos muchos sevillanos que decimos lo de «Rajoy, que es pá hoy» cuando vemos la cachaza del Gobierno en la aplicación del artículo 155 y del Código Penal. Y nos indignamos cuando vemos que el PP no replica a los ataques a la Policía Nacional y a la Guardia Civil por haber cumplido con su deber, cuando si tuvieron que actuar con contundencia fue porque los mozos de escuadra eran tan insurrectos y sediciosos que no le echaron la menor cuenta a las órdenes del Constitucional para evitar el Pucheréndum de las urnas opacas, y no cerraron un solo colegio electoral. Tanto miedo como los insurrectos sediciosos de Cataluña me dan los proseparatistas de Sevilla, los proindependentistas de aquí, que haberlos, haylos. Los que dicen que el Gobierno no debe tomar ninguna medida para no emberrechinarlos todavía más, y que lo que se impone es el diálogo. Por descontado que ni uno de esos ha puesto una bandera rojigualda en su balcón ni la tiene allí todavía colgada, como una protestación de fe en la unidad constitucional de España.

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