LA TRIBU

Luz seductora

Esta luz de ahora tiene la mirada seductora de la luz del otoño, cuando sale desnuda a la calle que han limpiado las lluvias

Antonio García Barbeito
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Se lo dijiste hace unos años a tu amigo Paco Somoza, ese zamorano capaz de robarle luz a la oscuridad con su minúsculo útil de acuarelas. Paco mira, ve —descubre— la luz que nadie ve, saca del bolsillo una metálica y cuadrada paleta de colores, moja el pincel en un botecito de agua y, sobre la cartulina, deja la luz intacta, como quien acaba de pinchar una mariposa en un alfiler. Paco, hecho a la primavera sevillana, había venido a la ciudad desde sus torres viejísimas que tienen mirada cereal y trashumante, tan rematadas por cigüeñas como por veletas, torres que el Duero duplica y conserva el aire, torres serias como su historia —«…porque la historia / la escriben más la espada y la armadura / que el vano cascabel de los bufones…»—, torres firmes como su palabra. Y había venido a recoger espigas de luz para amasar panes de belleza en las acuarelas. Y lo había conseguido: habías visto los cielos que recogió de aquí, y son estos cielos que hasta aquí acarrea marzo, que aquí instala abril. Cielos cuaresmales, que podría decir él, porque en la Semana Santa tiene uno de sus más importantes temblores del alma.

Se lo dijiste hace unos años: tienes que venir a conocer la luz sevillana de otoño, la luz más verdadera, la más nítida, sobre todo si esa luz asoma tras unos días de lluvia. Es la luz de los pintores, y tú eres pintor. Esta luz, que ya te conoce, se te hará más tuya cuando la mires en el otoño, cuando la llames —hermosa cetrería del artista plástico— hasta el caballete de tus útiles de acuarelas. Le insististe: «Ven a robarla.» Y vino, y se la llevó, y cuando te la enseñó, la reconociste. Esa luz es la que ha estado volando, de cuando en vez, cuando en el otoño alto asomó tras las lluvias de noviembre, de primeros de diciembre, y los atardeceres por Triana parecían un encargo caprichoso. Esa luz es la que empreñó y ha parido a esta que tanto se le parece, aunque no sea de otoño. «Si no es la de otoño, que sea la de finales de enero, la que sale al campo salpicada de cigüeñas, y salpicada de antojos de primavera a las calles.» Luz de almendros, luz de vuelo corto, de alas frías por la mañana y alas frías en cuanto la tarde se entretiene en los celestes. Esta luz de ahora que tiene la mirada seductora de la luz del otoño, cuando sale desnuda a la calle que han limpiado las lluvias. Esta luz, amigo Paco; ni la encogida de Navidad ni la atosigante que a veces se viene por marzo y sabe demasiado madura, con picor de tábano, y pide urgencias de sombras, suero de agua fría, auxilio de abanico. Aquí la tienes, Paco. Si te atreves, tuya es. Seguro que te reconoce al verte.

antoniogbarbeito@gmail.com

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