COMENTARIOS REALES

Klossowski hermanos

¿Cuántas películas tendrían que ser censuradas por ser «sexualmente sugerentes»?

Fernando Iwasaki
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A comienzos de los 90, el Museo Reina Sofía de Madrid dedicó una bella exposición a la obra plástica de Pierre Klossowski (1905-2001), hasta entonces un escritor secreto en España pues sus novelas «Roberte, esta noche» (1953) y «La revocación del edicto de Nantes» (1959) fueron publicadas en 1989 por un sello minoritario (Montesinos). La obra de Pierre Klossowski es muy conocida en Francia, pero en español sólo contamos con aquellas novelas reeditadas por Tusquets, las prosas de «La moneda viva» (2012), el ensayo «Nietzsche y el círculo vicioso» (1972) y su edición de la «Correspondencia» (1980) entre Rilke y Lou Salomé. Amigo de Breton, Bataille y André Gide, Pierre Klossowski fue un explorador del lado oscuro de la condición humana, un especialista en la obra del marqués de Sade y un artista que elevó la perversión a la categoría de obra de arte con la entusiasta colaboración de su hermano pintor —Balthazar Klossowski (1908-2001)— mejor conocido como «Balthus».

Precisamente un lienzo de «Balthus» se encuentra ahora mismo en el ojo de un huracán, pues más de diez mil ciudadanos de Nueva York han solicitado al Museo Metropolitan que retire el cuadro titulado «Thérèse Dreaming» (1938), porque representa a una adolescente dormida a quien se le ve la braguita. La protesta ciudadana denuncia la pose «sexualmente sugerente» de la niña, que en realidad se llamaba Thérèse Blanchard y era hija de la vecina de «Balthus», quien la retrató una docena de veces y al menos una sin braguita. Me refiero a «La lección de guitarra», cuadro considerado blasfemo, pedófilo, lésbico y sádico. En realidad, los hermanos Klossowski no fueron los primeros ni serán los últimos condenados por las mojigaterías de cada época.

¿Por qué no deberíamos estar de acuerdo en meter en el mismo saco a los censores que castraron a las esculturas grecolatinas y a los talibanes que dinamitaron a los budas afganos, con los neoyorkinos que se ofenden por la mirada pervertida de «Balthus»? ¿Qué deberíamos hacer entonces con la «Lolita» de Nabokov? ¿Cuántas películas tendrían que ser censuradas por ser «sexualmente sugerentes»? ¿Dónde habría que esconder los dibujos de Egon Schiele, los lienzos del Bronzino, las fotografías de Helmut Newton o los grabados de Picasso? Ni siquiera Lewis Carroll se salvaría, porque más de un alma vengadora podría sentirse extemporáneamente ofendida por la solicitud del escritor hacia la pequeña Alicia Lidell.

No nos riamos de los gringos, porque aquí hemos empezado quitando cruces, moros, indios, santos, banderas y nombres políticamente incorrectos de escudos, calles y logotipos. Ya me imagino a los escolares del futuro en el Museo del Prado, ante el «Bufón don Sebastián de Morra»:

—Osqui, Velázquez pintaba enanos...

—¿No es Tyrion de «Juego de Tronos»?

—No hay como ser famoso, joé.

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