CARDO MÁXIMO

Julio

Nos enseñaba a escribir leyendo a los clásicos del periodismo, como debe ser

Javier Rubio
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El primer día en aquel edificio del Centro Español de Nuevas Profesiones, Julio Manuel de la Rosa te recibía con un encargo desconcertante: había que describir en folio y medio cómo se pela una manzana. Tal fue el primer trabajo de clase de la asignatura de Redacción Periodística para este columnista y para decenas de periodistas sevillanos que pasamos por aquel caserón de la calle Muñoz y Pabón para formarnos, idealistas y entusiastas, en el oficio de escribir. Aquello, como casi todo en torno a Julio, era abiertamente antiperiodístico. O eso pensábamos, con la insolencia que da la juventud y la inexperiencia, sin saber que el tiempo le daría la razón. Julio se empeñaba en enseñarnos a escribir, no a despachar noticias que era con lo que después nos topábamos en las redacciones afiebradas de cierres alocados y carreras a destiempo. El oficio pausado y meticuloso, casi de orfebre de las palabras, con el que él soñaba hace tiempo que quedó sepultado en el tráfago cotidiano de la inmediatez.

Nos enseñaba a escribir leyendo a los clásicos del periodismo, como debe ser. Nos inoculó el veneno de Mailer en las venas. Y el del boxeo. Era capaz de relatar la pugna entre Ali y Foreman en Kinshasa casi palabra por palabra tomada del maestro norteamericano. Tanto, que uno tenía la sensación de haber estado presente en aquella velada pugilística por dos veces: una en la pluma de Mailer y otra en el verbo con que Julio la reconstruía.

Porque amaba la literatura por encima de todas las cosas. Incluso del periodismo. Porque no entendía que este oficio canallesco pudiera ejercerse sin hacer literatura: con idéntico sosiego, parecida calma existencial y similar gusto por las palabras que él ponía en sus novelas. Sólo que el temprano premio Sésamo y la popularidad que rodeó a los «narraluces» acabó por ahogar la voz de alguien tan a contracorriente de todo. Él mismo lo confesaba así recordando con añoranza las veladas literarias en Barcelona, entre botellas de alcohol y cigarrillos, como aquella vez en que Vargas Llosa rompió para siempre de un puñetazo en la cara la amistad que lo unía a Gabo.

De García Márquez le debo a Julio que me descubriera ese reportaje prodigioso e impecable desde el punto de vista del ritmo narrativo que no me ha abandonado desde entonces: «Sólo doce horas para salvarlo». No me dejarán por mentirosos los alumnos a los que creo humildemente haberles transmitido semejante pasión a la que ponía mi maestro.

No me hice periodista por él, pero de su mano llegué a la primera redacción en que templé la pluma. En la hora de su muerte, en el periódico, me he quedado parado y he rezado para mis adentros. Por su alma, por supuesto, y por el alma de ese periodismo reposado, culto y sin estridencias que se empeñaba en enseñarnos.

Javier RubioJavier RubioRedactor jefeJavier Rubio