PÁSALO

Anfiteatros

Le hemos puesto a Itálica una gabardina y un paraguas. Pero se merece mucho más

Felix Machuca
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En una de las paredes más iracundas de la vieja Pompeya se puede leer el siguiente grafiti: «Odio a los pobres. Si alguien quiere algo a cambio de nada es un idiota». No se sabe quién lo firmó. Ni las razones que empujaron a que se escribiera. Posiblemente su autor material fuera alguien que medio supiera escribir. Y su autor intelectual un aristócrata de los de domus con tres patios, altos y sólidos muros, cancela dorada y termas privadas en la casa. No descarto que le estuviera contestando públicamente a otro adversario quien, para ganarse el apoyo popular, habría ofrecido más de lo que Roma como Estado venía ofreciendo a la plebe desde muchos años atrás: una especie de estado del bienestar donde muchas cosas eran gratis para el pueblo, que devolvía el favor no mostrándose demasiado irascible con sus políticos. Aquel estado del bienestar romano, que pasaba por satisfacer el estómago, los sentidos y el ocio (pan, ciudades hermosas y circo) tenía en el anfiteatro uno de sus elementos principales para que los idiotas de la pintada pudieran sentirse plenamente satisfechos y atendidos. El anfiteatro era gratis total, los regalos con los que se encantaban a los aficionados también y las horas de entretenimiento que le procuraban al pueblo romano en general eran incontables y plenas. Desde que Vespasiano decidiera levantar en Roma el mayor anfiteatro itálico, las demás ciudades de peso del imperio trataron de imitar al coliseo Flavio. Fue como si las ciudades más potentes también quisieran contar con su Bernabeu particular. Una cuestión de pura emulación y prestigio.

Hace unos días hemos visto cómo el de Itálica, probablemente el segundo más importante del Imperio, a decir de los expertos, va a recibir el bálsamo de una intervención puntual que lo haga menos vulnerable a las lluvias y a las filtraciones, asegurando su sujeción al firme y su protección al paso del tiempo. Cuando leí la noticia en ABC me fui sin piedad al libro de cabecera que tengo para este tipo de construcciones. El libro no es otro que el de ese gran arqueólogo sevillano que atiende al nombre de Alejandro Jiménez. Su libro, otro notable acierto editorial de la Universidad, se titula el «Anfiteatro Romano de Carmona». Cuando les refería que los anfiteatros eran una cuestión de prestigio institucional me quedaba corto. Y olvidaba que también eran escaparates de vanidades sociales y pavoneos de poder, estando rigurosamente asignadas las mejores localidades para los aristócratas. Las clases medias ocupaban la suyas. Y los tiesos, como siempre, iban al gallinero, a la parte más alta del edificio. La Bética, como proyección de su poder económico y político, disfrutó de anfiteatros tan potentes como el de Itálica, Córdoba y Écija. En el resto de Hispania no fueron menos loables el de Tarraco y Cartago Nova, pese a que en dimensiones y capacidad ninguno fue más potente que el de Santiponce.

Del prestigio de ayer nos vemos en la falta de prestigio intelectual y cultural de hoy. Puesto que los anfiteatros de Tarraco y Cartago Nova (la actual Tarragona de Tabarnia y la Cartagena de toda la vida) han visto cómo sus responsables políticos y administrativos se preocuparon de tan finas joyas históricas, promoviendo estudios, integrándolo en la ciudad, continuando las excavaciones y consignando presupuestos para su mejora. Aquí, con el monedero de Europa, parece que solo tenemos para comprarle una gabardina y un paraguas al gran edificio público levantado por orden de Adriano. De aquel prestigio hemos pasado a estas penurias. Porque el de Écija duerme bajo la plaza de toros. Y el de Córdoba tiene encima de su gloria la facultad de Veterinaria. No es fácil rescatar este tipo de edificios de los escombros de la historia. Pero quizás en Écija, siquiera para conocer cómo fue, alguna que otra partida se podría mover bien por su Ayuntamiento o por la Diputación. O ambos a la vez. En cualquier caso regresemos a Pompeya, a su grafiti. Para concluir que es verdad lo que gritaba aquella pared: si alguien quiere algo a cambio de nada es un perfecto idiota. Aquí lo saben hasta los que ahora reculan ante los jueces tras haber declarado que tenían patrimonio para asar una vaca. Lo que se perdieron nuestros anfiteatros…

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