Antonio Papell - OPINIÓN

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La República detuvo por dos veces con éxito el golpismo de Esquerra Republicana y la monarquía parlamentaria acaba de hacerlo por tercera vez

Antonio Papell
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El pasado día 5, el rey emérito don Juan Carlos cumplió ochenta años, y la Pascua Militar del día de Reyes, a la que acudieron tanto el Rey Felipe como sus padres, se convirtió en realidad en un homenaje a la figura del provecto jefe del Estado durante toda la Transición, así como a la Reina Sofía, que cumple los mismos años en noviembre y también ha desempeñado un papel institucional de una profesionalidad admirable durante el periodo.

El verdadero balance de todos estos años, de construcción y desarrollo del periodo más largo de democracia de que ha disfrutado este país tardío que sustituyó la revolución burguesa por una cruenta y retrasada guerra civil, lo hará la historia a su debido tiempo. Sin embargo, ya hay perspectiva suficiente para reconocer el acierto de aquel polémico y tortuoso proceso de cambio que simuló con delicadeza una reforma de la ley a la ley cuando en realidad se estaba procediendo a la voladura incruenta del régimen anterior y a la construcción de uno completamente nuevo.

Lo cierto es que, a la muerte de Franco, lo sensato era evitar tanto la continuidad de la dictadura como la reversión de la legitimidad, la famosa vuelta de la tortilla: había que conseguir un sistema nuevo basado en el consenso. Un consenso extraordinariamente difícil porque además de una variedad inaudita de propuestas internas -la famosa ‘sopa de letras’ y de siglas-, había que contar también con la oposición exterior, que había mantenido con grandes dificultades la llama de la legitimidad republicana y que había sufrido extraordinariamente por sus convicciones democráticas.

Aquel consenso, que pretendía integrar a los sectores recuperables del franquismo, a la oposición moderada interior (y a los grupos que surgieron espontáneamente al concluir biológicamente la dictadura), así como a la oposición del exilio y las catacumbas (comunistas y socialistas) requería una conducción muy inteligente del proceso de convergencia, que el Rey, con su incipiente legitimidad carismática, supo realizar junto al hábil Adolfo Suárez.

Lo cierto es que se logró una Constitución moderna -fue muy elogiada por el constitucionalismo de la época- tras un proceso pacífico que sirvió de modelo académico durante mucho tiempo. El nuevo Estado resolvió durante décadas el viejo problema territorial, permitió una fecunda alternancia política, impulsó un progreso socioeconómico brillante, nos dio acceso a la Unión Europea y situó a este país en un lugar muy avanzado de la comunidad internacional.

El 23F consolidó la imagen de don Juan Carlos y, de paso, asentó la institución monárquica, y el jefe del Estado fue un factor diplomático de mucho peso en nuestras relaciones internacionales. El resto de la historia, más reciente, es bien conocida y no merece demasiada recapitulación: ciertas licencias personales del monarca hicieron deseable la renovación de la jefatura del Estado mediante una abdicación que, cuando fue concebida, se vinculaba a una reforma constitucional que modernizase el ya muy añoso ordenamiento y diera un golpe de timón en el problema catalán.

La reforma constitucional no se llevó a cabo por la resistencia al cambio del PP de Rajoy pero la sucesión fue un éxito: Felipe VI vivificó la monarquía rápidamente, le extrajo de nuevo sus máximas potencialidades y el régimen se ha normalizado. Un régimen que no habría llegado tan pletórico o que hubiese sido consecuencia de un parto más doloroso sin las intervenciones certeras de Juan Carlos, Suárez y toda una generación que supo sacar a este país del atolladero y depositarlo en el siglo XX. Es, pues, un deber cívico agradecer al anciano monarca los servicios prestados.

Por lo demás, parece evidente nuestro modelo democrático, que padece serias fisura y continúa necesitando un profundo aggiornamento, no tiene problemas en la forma de Estado. La República detuvo por dos veces con éxito el golpismo de Esquerra Republicana y la monarquía parlamentaria acaba de hacerlo por tercera vez. Los problemas son, pues, otros, y a estas alturas deberíamos haber aprendido a detectarlos. Siempre teniendo en cuenta que es inteligente cambiar lo que no funciona pero que es absurdo variar lo que rinde a plena satisfacción.

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