Ramón Pérez Montero

Ruido

El ruido nos habla de la incapacidad del sistema para dominar las vibraciones y del consiguiente peligro de destrucción del engranaje

Ramón Pérez Montero
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Todo practicante de running sabe que sus pies no deben resonar mientras corre. Ese ruido sería clara manifestación de una mala ejecución del ejercicio. Del mismo modo un chirrido en el motor de un vehículo o en el bombo de una lavadora, expresa una defectuosa articulación del mecanismo. Todos los sistemas, ya sean mecánicos u orgánicos, están sometidos durante su funcionamiento a agitaciones internas y externas que deben ser controladas por ellos mismos. El silencio es señal del buen uso de ese autocontrol. El ruido nos habla de la incapacidad del sistema para dominar esas vibraciones y del consiguiente peligro de destrucción del engranaje.

Viene esto a cuento de la afirmación que el filósofo surcoreano, formado en Friburgo, Byung-Chul Han hace en su libro 'Psicopolítica' (2014): «Cuanto mayor es el poder, más silenciosamente actúa». En efecto, el sistema del poder es otra maquinaria, movida en este caso por la energía de la conciencia humana, que no debe hacer ruido mientras ejecuta sus funciones. Este ruido tiene su origen, según Han, en el surgimiento de una voluntad de oposición al poder como manifestación de debilidad en este último. Nunca vamos a saber el grado de responsabilidad, por encono o debilidad, de nuestro actual ejecutivo en el conflicto catalán, pero lo que es innegable es que el ruido generado, en lugar de disminuir, va cada día en aumento.

Mientras el gobierno actúa con los protectores auditivos de tener el problema bajo control, cada vez más piñones están aportando sus chirridos al clima general de zarandeo. La presencia violenta de las fuerzas del orden durante la carnavalada del referéndum. La actuación errática de los mossos sin saber a qué carta quedarse. El acoso de los independentistas a los policías a las puertas de los hoteles donde se alojan y la consiguiente amenaza de estos frente a la pasividad de sus mandos políticos. El grito en el cielo de los votantes que se sintieron maltratados. Las declaraciones del Ministro del Interior y del Delegado del Gobierno dejando la patata caliente de las bolas de goma en manos de los jefes policiales. Las jactanciosas intervenciones televisivas de algunos altos miembros del gabinete.

La aparición de Puigdemon envuelto en las ínfulas de Presidente de un inmediato Estado independiente. Los partidos de la oposición aprovechando los resquicios en su labor de zapa al Gobierno. El ala extrema del PP poniendo zancadillas desde la fundación FAES. Tertulianos incendiarios sembrando odio en su propio beneficio personal. Entidades financieras que huyen despavoridas ante lo que pueda avecinarse. El mismo discurso con deje partidista del Jefe del Estado. Los argumentos intolerantes de las banderas en las demostraciones de amor patriótico. Las redes sociales como lugar donde vomitar la ira tomando partido con total ignorancia de las raíces del conflicto.

Se confía en el sistema judicial como Deus ex Machina. Pero cualquiera sabe que tocar el freno cuando se ha entrado a demasiada velocidad en la curva sólo puede empeorar las cosas. El Presidente de la Generalitat y los suyos tras las rejas vendría a ser la traca final de este castillo de fuegos artificiales que amenaza con prender fuego a nuestra pacífica convivencia. Este sobrecalentamiento del sistema político solo puede ser enfriado con sus propios mecanismos. Mucho me temo que el riesgo de que el vehículo se salga de la carretera no dependa ya de la habilidad de quien maneja el volante, sino del agarre del asfalto, del alzado del peralte o de los engranajes ciegos del azar.

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