HOJA ROJA

Gato encerrado

Fue en el Antiguo Egipto donde aparecieron por vez primera los gatos domésticos

Yolanda Vallejo
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Fue en el Antiguo Egipto donde aparecieron por vez primera los gatos domésticos. La causa, siempre más prosaica que evocadora, es bastante lógica y hasta vulgar, si me lo permite. Cuando Egipto comenzó construir graneros –no solo de pirámides y templos vivían los del Nilo– para almacenar alimentos, las ratas se convirtieron en un problema, y los gatos, cazadores instintivos, se transformaron no ya en necesarios aliados, sino que adquirieron un pedigrí casi divino como herederos de la diosa Bastet. Los egipcios, ya se sabe, se ponían mucho de lado y cargaban a los dioses con toda la responsabilidad de poner orden en el mundo; ellos, a cambio, se limitaban a cumplir órdenes, y a impartir justicia divina. Matar a un gato era peor que matar a un hombre. Ante esto último cabía siempre la posibilidad del indulto, pero si el muerto era el gato, ni el propio faraón podía interceder. ¡Ay del que matase a un gato! Cuentan las crónicas que frente a la ciudad de Pelusa cientos de gatos amarrados en los escudos persas fueron definitivos para que los egipcios rindieran la ciudad. Así estaban las cosas.

La literatura, como siempre, haría el resto. Y de ahí los poderes mágicos, misteriosos, adivinatorios, sanadores y todo eso que se le atribuye a los mininos. En los cuentos infantiles, en las novelas de terror, y hasta en la poesía mística, siempre hay un gato acechando o dando lecciones. También en brazos de las solteronas, en el regazo de las vicetiples –¡Ay, Morrongo!– e incluso en las redes sociales, acuérdese de los atentados de Bruselas y Barcelona y de aquellos gatitos que colapsaron Twitter. En fin.

A mí no me gustan los gatos. En realidad no me gustan los animales, y no tengo por qué avergonzarme de ello. Salvo con mis dos tortugas, con las que mantengo una feliz orden de alejamiento afectivo, carezco de toda sensibilidad franciscana, lo que no quita para que respete, y hasta haga el esfuerzo por entender, el amor que la gente siente por los animales, y esa necesidad imperiosa de alimentarlos, darles cariño y tratarlos como si fuesen personas. Hago el esfuerzo, digo, aunque no siempre lo consigo.

El campo del Sur está lleno de gatos. Por los bloques, por la muralla, y por el mismo paseo. Gatos de todo tipo, gordos, canijos, cojos, tuertos… que se pasean a sus anchas esperando la ración de agua y comida que algún alma caritativa les deja a diario. A veces, compiten con las gaviotas en una sinfonía de graznidos y maullidos digna del National Geographic, pero la mayor parte del tiempo ni se molestan en pelear por el condumio porque saben –¿los gatos saben?– que detrás vendrá alguien con más desperdicios, a llenarles la barriga. No son agresivos, ni siquiera son pintorescos, como los monos de Gibraltar o las palomas de la plaza de España de Sevilla, pero ahí están, viendo pasar el tiempo, en el campo del Sur, en Santa Bárbara, en la Alameda…

Nuestra ciudad es ‘amiga de los animales’ y por eso la Concejalía de Salud se preocupa por ellos «debemos velar por su alimentación para tener gatos sanos», dijo la concejala, tras aprobar la normativa para regularizar la alimentación en las calles de la ciudad, «entendemos que no podían ser alimentados por cualquier persona», –¡Ay, faraón!– y por eso el pasado jueves, la Junta de Gobierno Local aprobó el procedimiento para obtener el carné de alimentador de gatos. Dicho así, suena a lo que suena, pero no hay que olvidar que tampoco somos pioneros en esto. Madrid, ya tiene a sus ‘cuidadores oficiales de colonias felinas’, igual que Mijas, que desde hace año y medio cuenta con su selecto club de alimentadores que vigilan incluso por la variedad en el menú gatuno «no les gustan las cabezas de gambas, ni el pollo con patatas» dice una de las alimentadoras mijeñas «y la gente no está concienciada de ello». Toda la razón del mundo.

Nuestro Ayuntamiento oferta 40 plazas de alimentadores de gatos y los requisitos los cumplo hasta yo, así que tampoco es que sean muy exigentes. Solo se pide estar empadronado en Cádiz, ser mayor de edad y no haber sido sancionado por infracción administrativa sobre protección y tenencia de animales. Más sencillo imposible. Más surrealista, también.

Porque lo más tremendo de esto no es la aprobación del carné, ni la normativa de alimentar animales callejeros, que hasta cierto punto, es necesaria para mantener unos mínimos de salubridad pública. Lo verdaderamente preocupante es que todas las medidas que adopta este Ayuntamiento van en la misma línea. En la línea del aspaviento, en la línea del afrecho, en la línea del espectáculo. En la línea del viento.

Con su carné de alimentadores de vecinos y vecinas, nos tiran a diario los pitracos para que tengamos algo de qué hablar, mientras la ciudad se va deteriorando física y psíquicamente a pasos agigantados. El paro, la limpieza, la seguridad, la vivienda quedan siempre de segundo plato cuando llegan las viandas suculentas, los cambios del nomenclátor, las luces de navidad, el jurado del COAC, las ofrendas florales…

Conste que no creo que lo hagan queriendo, pero parece –y de esto sabía tela la mujer del césar– que siempre hay gato encerrado.

Yolanda VallejoYolanda VallejoArticulista de OpiniónYolanda Vallejo