La Voz de Cádiz

El caso del alcalde desdoblado

Ese deseo de José María González de ser uno más y a la vez el primero resulta simplemente absurdo

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Es una evidencia, casi desde el primer momento, que el alcalde de Cádiz tiene un conflicto personal con la inviolable obligación del ejemplo. El hecho de pertenecer a un movimiento de origen pretendidamente popular, que tiene en el igualitarismo un dogma de fe, hace que cualquier comportamiento extraordinario sea entendido como una traición al pueblo elegido, que coincide con la parte del electorado que le ha elegido. Cualquier actitud distinta a la de la gente (como si sólo hubiera un modo de actuar) se entiende como una aberración en el entorno político del alcalde. De ahí sus gestos algo chocantes, sus roces algo pueriles con el protocolo y el vestuario, con las formas y las apariencias, especialmente en los primeros meses de mandato.

Pero una cosa son los bastones, los trajes, las banderas o los cuadros y otra bien distinta es el comportamiento. Querer tener una vida bicéfala, o dos paralelas, es una ensoñación, un imposible y un absurdo. El alcalde está obligado a serlo (tras presentarse voluntariamente) todas las horas de todos los días. No es posible querer acudir a un espectáculo como un particular sin arriesgarse a que esas dos personalidades choquen. El incidentes del estadio Carranza por el que se ha propuesto una pequeña, pero simbólica, sanción a José María González Santos es un ejemplo palmario.

Si un cargo público decide mezclarse entre el público como uno más no puede reivindicar su cargo para recordar a la Policía eso de ‘usted no sabe quién soy yo’ y reclamar que un espectador expulsado vuelva a la grada. O era uno más, y no tiene nada que decir ante la actuación policial, o es un alcalde para interferir y entonces ya no es uno más. Las dos cosas, a la vez, resultan imposibles.

Al margen de las opiniones que un senador, regidor o parlamentario tenga de sus causas privadas o del dolor que puedan provocarle algunas injusticias (si lo fueran) resultaría inasumible que se posicione contra las leyes que representa, contra las reglas del mismo juego que dirige, contra los funcionarios que tratan de aplicarla (con humano margen de error). El alcalde debe entender de una vez que lo es de todos y a todas horas, que es el primero de los policías y de los bomberos, no sólo el primer asistente social o el primer cadista. No es la primera vez que le pasa –lo de querer enmendar a la Policía– y resulta un bochorno.

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