Antonio Papell

La abstención socialista Antonio Papell

Es evidente que quienes dieron el golpe de mano contra la voluntad generalizada de las bases estaban apostando por abortar cualquier intento de gobierno alternativo

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Es evidente que quienes dieron el golpe de mano –los ‘golpistas chusqueros’ de que habla Borrell– contra la voluntad generalizada de las bases, que respaldaban claramente el ‘no es no’ de Pedro Sánchez, estaban apostando por abortar cualquier intento de gobierno alternativo (que no hubiera sido posible en cualquier caso) y por dejar paso a un gobierno de Rajoy mediante la abstención socialista, una opción que nadie había osado proponer en público de una manera clara. Por ello, parece claro, por la propia lógica de la situación, que Susana Díaz y su comisionado Fernández consumarán ahora su propósito de facilitar la gobernabilidad dando acceso a Rajoy a la investidura.

En realidad, la opción contraria es descartable por suicida porque, después de la noche de Walpurgis del primero de octubre en Ferraz, unas nuevas elecciones generales conducirían al PSOE a la irrelevancia y dejarían a los miembros de la gestora frente a una amarga disyuntiva entre convocar primarias para elegir al candidato socialista (con lo que podría regresar Pedro Sánchez) o saltarse de nuevo los estatutos del partido.

La decisión de abstenerse habrá de ser adoptada por el próximo comité federal, que podría no ser tan pacífico como esperan los actuales dirigentes del PSOE. La mayoría de los ‘barones’ está en contra de la abstención y el PSC ya ha manifestado con paladina claridad que sus diputados no se abstendrán el día de la investidura. Además, se multiplican las iniciativas populares contra la abstención y a favor de la convocatoria inmediata de un congreso. El alcalde de Jun ha reunido decenas de miles de firmas y hay movimientos a todos los niveles para reaccionar contra el golpe de mano encabezado nada menos que por Felipe González, quien ha caído del pedestal para muchos socialistas. Personas que estuvieron en sus gobiernos maquinan claramente contra la posición del expresidente y participan en manifestaciones contra la actual situación. Díaz, representante de una cierta concepción arcaica y clientelar del socialismo, ha perdido prácticamente todas las opciones que creía tener para aspirar al liderazgo nacional.

Así las cosas, la reunión socialista del comité federal este fin de semana puede ser tormentosa, a pesar de la presión que supone el hecho de que el Rey haya convocado ya la ronda de contactos previa a la más que probable segunda investidura de Rajoy. Si la iniciativa de los promotores del golpe prospera, lo lógico sería en todo caso que su preocupación se dirigiera, primero, a mantener la mayor cohesión interna posible en el partido y, segundo, a tratar de justificar la polémica decisión con los rendimientos que podría obtener de tal apoyo.

Para ello, lo lógico sería limitar la abstención a los once votos indispensables, con lo que no se forzaría a los más reacios a elegir entre la ruptura de la disciplina de voto y la traición a las propias ideas. Además, para intentar zafarse de la crítica de Podemos y del resto de la izquierda, la gestora debería plantear al PP un catálogo de exigencias que al menos generarían una cierta tolerancia psicológica en la opinión pública. Resultará en cualquier caso inevitable que Podemos, con toda la razón, se alce como la única voz genuina de la oposición a escala estatal, y no va a ser fácil que el PSOE eluda una decadencia similar a la del Pasok en Grecia.

Los movimientos emergentes aspiran a elevarse sobre la vieja política, y el abrazo PP-PSOE es el peor arcaísmo que se puede exhibir ante quienes están dolorosamente hartos de viejas complicidades –el paradigma es la fotografía del banquillo de las tarjetas black, en el que están todos confabulados y corruptos– y reclaman a voz en grito tiempos nuevos, actores incontaminados y ruptura de los viejos anclajes.

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