Servidumbre voluntaria

Puigdemont está demostrando que puede hacer lo que le da la gana porque no hay nadie que ponga lucidez en esta locura

Pedro García Cuartango
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Puigdemont comunicó ayer por sorpresa desde Berlín que un abogado y editor llamado Quim Torra será el candidato a presidir la Generalitat. Nadie contaba con él ni tiene una trayectoria política que le avale salvo haber dirigido Òmnium Cultural. Pero será presidente por el capricho del César, por el designio de un visionario que se cree por encima del bien y del mal y que no escucha ni consulta a nadie.

Puigdemont ha puesto además una serie de extravagantes condiciones como que su sucesor no ocupe su despacho en la Generalitat ni utilice el salón oficial de recepciones. Es el penúltimo de los disparates de este personaje, que lleva meses anteponiendo sus intereses personales a los de su partido, a los de la mayoría nacionalista y a los de todos los catalanes.

Un individuo que huyó de la Justicia tras haber declarado unilateralmente la independencia y que contribuyó con su fuga a que el juez Llarena tomara la decisión de encarcelar a sus compañeros en el Gobierno es un cobarde. Un miserable sin escrúpulos morales que optó por la salvación propia a costa de la libertad de los colaboradores que él embarcó en el procés.

Puigdemont no sólo carece de grandeza sino que ha manchado el cargo que representa. Me viene a la memoria el ejemplo de Adolfo Suárez cuando se enfrentó a las pistolas de los golpistas en el Congreso. Fue un acto de dignidad de una persona que era consciente de que él presidente no se podía arrojar al suelo ni bajar la cabeza, como tampoco lo hicieron Gutiérrez Mellado y Carrillo.

Lo que sorprende en estos momentos es que, después de su conducta y sus continuas insensateces, los diputados independentistas, los medios que controla el nacionalismo y sus dos millones de votantes sigan no solo haciéndole caso, sino apoyando a este sujeto que no ha tenido ni siquiera la dignidad de rechazar el sueldo que le pagamos todos los españoles.

La explicación de esta ceguera la podemos encontrar en Etienne de La Boétie, amigo de Montaigne y muerto prematuramente a los 33 años. De La Boétie escribió un libro titulado Discurso sobre la servidumbre voluntaria, en el que se preguntaba por qué los hombres de su tiempo aceptaban el absolutismo sin rebelarse. Le llamaba la atención que sus compatriotas no solo renunciaban a su libertad sino que asumían de buen grado el sometimiento al poder arbitrario de un monarca. El escritor francés señalaba que esos hombres se dejaban llevar por sus emociones, abdicando del ejercicio de la razón.

Lo que argumentaba De La Boétie es que las cadenas no son necesarias para subyugar a los súbditos. Son éstos los que se prestan gustosos a aceptar la tiranía porque se sienten más seguros sirviendo a un amo que les indica lo que tienen que hacer que corriendo el riesgo de ser libres. Muchos regímenes autoritarios han funcionado no por miedo sino por adhesión a una figura carismática, como sucedió en Alemania e Italia en los años 30.

Esto es lo que está sucediendo en el mundo del independentismo catalán, que se ha entregado a los caprichos y las veleidades de un cantamañanas al que han encumbrado de forma irracional. Puigdemont está demostrando que puede hacer lo que le da la gana porque no hay nadie en sus filas que sea capaz de poner lucidez en esta locura colectiva que tanto daño ha hecho a Cataluña.

Pedro García CuartangoPedro García CuartangoArticulista de OpiniónPedro García Cuartango