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Los sanitarios Gabriel Albiac

En la España no secesionista, el cordón sanitario ha acabado, al fin, por empaquetar al vacío a Podemos. Ellos lo eligieron

Gabriel Albiac Madrid - Actualizado: Guardado en:

TRAZAR un «cordón sanitario» es legítimo en política. Puede llegar a ser imprescindible. Haber puesto esa barrera a tiempo, hubiera podido salvar a Alemania del nazismo. No se hizo. Pasó lo inevitable. Estaría bien no olvidarlo.

Podemos amenaza ahora con cercar al PSOE con el «cordón sanitario» que juzga justo alzar frente a un partido golpista: el que derribó a ese Pedro Sánchez con quien Podemos había ultimado ya un gobierno de coalición junto a los independentistas catalanes. Están en pleno derecho de hacerlo, los dirigentes de Podemos. Es algo incuestionable.

Ese «cordón sanitario» lo había blindado el bloque plebeyista, desde su inicio, en torno a un Partido Popular señalado por Chávez y Maduro como enemigo primero del bolivarismo: el que paga manda. Estaban en su legítimo derecho de guardar las espaldas del Padrino. Es una decisión incuestionable.

En torno a los Ciudadanos de Albert Rivera, el cinturón sanitario de Podemos fue más agresivo. Salía también más barato: Ciudadanos no tenía la raigambre histórica del PSOE ni el peso institucional del PP. Así que, ¡leña! ¡Leña, contra los cómplices del liberalismo genocida! Liarse a botellazos y latazos de cerveza contra un grupo de diputados a la salida del Parlamento, sale en este país gratis. Es una rareza nuestra, ésta de zurrarle la badana al adversario electo. Y, en visión de los linchadores, es legítimo, pues. E incuestionable.

A Izquierda Unida, no han tenido siquiera que construirle paredones higiénicos. Sencillamente, se la zamparon. Precio de saldo: el que corresponde a las firmas en quiebra. Fue una operación legítima. Incuestionablemente legítima. Allá los míseros herederos del honorable partido de quienes arriesgaron sus vidas bajo la dictadura.

A día de hoy, del cordón sanitario de Podemos quedan ya sólo excluidos Esquerra Republicana, como se llame ahora lo que fue CiU, la CUP y acaso el PNV. En el resto, decretan la peste.

En la España no secesionista, el cordón sanitario ha acabado, al fin, por empaquetar al vacío a Podemos. Ellos lo eligieron. No están legitimados para quejarse de sus consecuencias. Con elogiable coherencia lo había venido exigiendo Echenique: ningún contacto puede haber con los contaminados del PSOE; o sea, a estas alturas ya, con nadie. Debe tomar nota de ese axioma el Partido Socialista, que es el último afectado por el contacto con los plebeyistas. Al PSOE buscó Iglesias destruirlo, mediante la consumación del golpe que urdió con Sánchez y los independentistas. Parece de elemental racionalidad que, fracasada la asonada, los socialistas hagan ahora que Podemos pague al contado los cristales rotos en su propiedad privada. Tendrían que haberse vuelto más que locos en el PSOE para no hacerlo. O bien, haber optado por el suicidio.

En Madrid, Podemos no ganó las elecciones municipales. Quedó el segundo. Gobierna –más bien, delira–, desde hace ya más de un año, porque el PSOE rechazó la alcaldía que el ganador le ofreció gratis. Prefirió ceder el ayuntamiento a la banda demente de Carmena. Con consecuencias económicas, hoy ya irreparables. Los de Sánchez esperaban de los populistas algo: ganarlos para su golpe con los de Rufián y Mas.

Ahora que Sánchez perdió el envite, los de Iglesias incluyen en su «desinfección» al PSOE. Es incuestionablemente legítimo. Tanto cuanto que el PSOE los mande solemnemente a hacer puñetas. En el Ayuntamiento de Madrid, para empezar en serio. Y los fuerce a acantonarse tras la línea hermética de su cordón sanitario.

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