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Tony Blair planea regresar a la política ante la «debilidad» de May y Corbyn

El ex primer ministro laborista estaría cerrando la consultoría que le hizo rico, según la prensa británica

Tony Blair planea regresar a la política ante la «debilidad» de May y Corbyn
LUIS VENTOSO Londres - Actualizado: Guardado en:

Pasó el día, pasó la romería», advierte con tino el viejo y sencillo refrán. Pero muchos jarrones chinos de la política no se resignan a la prejubilación y el relajo de los toros desde la barrera. A sus 63 años, Anthony Charles Lynton Blair, el centrista que firmó tres mayorías absolutas consecutivas y el mejor resultado de la historia del Partido Laborista, trabaja en una operación retorno. Según la prensa inglesa ve hueco entre Corbyn («un chiflado») y May («una peso ligero»). Él dice que no volverá a primera línea, pero vuelve a dejarse ver.

Quien fuera el premier de la Tercera Vía está cerrando ya su consultora (Tony Blair Associates, una compañía que le generó duras críticas por lucrarse trabajando para algunas dictaduras). El próximo año presentará una nueva organización, dedicada a defender los valores del centrismo frente a la crecida populista, que podría ser la plataforma para su desembarco en algo más serio. Hasta ha comenzado a explorar el mercado inmobiliario próximo a Westminster para abrir una oficina de pensamiento político con 130 empleados.

Blair ha dicho a la revista laborista «The New Statesman» que descarta de plano la primera línea, «porque es demasiado dura». Pero sus movimientos se han convertido en una de las comidillas de la marmita siempre hirviente de Westminster. Nadie ve a Jeremy Corbyn, el veterano apparatchik que ha escorado al laborismo muy a la izquierda, capaz de mudarse al Número 10 de Downing Street. Según una encuesta de YouGov de septiembre, un 40% de los británicos votarían conservador y solo un 29% laborista. El mes pasado, el dominical laborista «Observer», más piadoso, situó a Corbyn a «solo» nueve puntos de May. Sigue siendo un resultado pésimo, porque Cameron derrotó a Miliband por seis puntos, y le bastó para lograr una mayoría absoluta.

La primera ministra May, que gobierna sin haber pasado por las urnas, asegura que no convocará elecciones hasta la fecha prevista, que es en 2020. Pero todo puede dar un vuelco en un país zarandeado por la incertidumbre del Brexit. Los blairistas vislumbran su oportunidad: un líder laborista incapaz de llegar al votante convencional y una líder conservadora que puede verse muy dañada si maneja mal las negociaciones del Brexit, o si llega una amarga resaca tras su decantación por el Brexit duro.

The «Sunday Times» se ha lanzado a publicar que Blair ha comentado a sus allegados que «Corbyn es un chiflado» y May «una peso ligero», que le ha decepcionado. Ante tal panorama, emergería como alguien «capaz de llenar el vacío que existe». Las supuestas expresiones hirientes contra los dos líderes han sido desmentidas por Blair en la revista laborista. De puertas afuera, califica a la premier de «persona sólida y sensata», aunque enfrentada a una «tarea inmensa». Sobre Corbyn, de quien en el pasado se mofó con saña, afirma ahora que es «hombre de principios», pero que «por primera vez en la historia la extrema izquierda ocupa el liderazgo laborista».

Mudanza precipitada

Blair, que se convirtió al catolicismo tras dejar el poder en 2007, dio los primeros tímidos pasos de su operación retorno en la campaña del Brexit. Hizo entonces un vibrante alegato pro europeísta junto al tory John Major. Advirtió que la ruptura abriría tensiones separatistas de nuevo en Escocia, como de hecho está comenzando a ocurrir. Ahora insiste en que tal vez se pueda frenar la salida y dar macha atrás «cuando el público británico vea los costes y beneficios reales del Brexit y los compare». En una buena metáfora, explica que «los británicos nos hemos puesto a mudarnos de casa sin mirar antes como es la nueva a la que vamos a ir».

Dos semanas después del referéndum pasó por su particular calvario: la publicación por fin del esperadísimo informe Chilcot sobre la invasión de Irak de 2003, donde secundó con entusiasmo a George Bush y murieron 179 soldados británicos. En realidad el alto funcionario sir John Chilcot vino a decir lo que ya todo el mundo sabía: la guerra se basó en pruebas falsas, era innecesaria y la posguerra se planificó mal. Pero nunca se vio al orador superdotado Blair tan incómodo y agarrotado como el día en que en que hubo de salir a valorar las conclusiones de Chilcot.

Según encuestas de medios de izquierdas, la mitad de la población jamás le perdonará la guerra de Irak. Él no lo cree. Es cierto que en su día su idilio con los votantes alcanzó cotas insólitas. Por ejemplo, la intermediación ante la Reina tras la muerte de Diana, bien contada en la película «The Queen», lo convirtió en uno de los primeros ministros más queridos de la historia, con un 93% de aprobación. También es verdad que tras la campaña iraquí todavía logró su última mayoría absoluta. Pero el Blair 2016 arrastra muchas cicatrices. Ya no es el sonriente y atractivo líder del New Labour, que se hacía fotos con los cejijuntos hermanos de Oasis en plena gloria del Brit Pop.

El culto al becerro de oro ha apolillado su imagen. Blair mantiene varias fundaciones a favor de buenas causas, como el desarrollo de África y de Palestina, o la promoción del deporte entre los niños británicos. Pero durante muchos años se ha dedicado a ejercer de consultor para multinacionales y gobiernos, con el añadido engorroso de que algunos de sus clientes se han distinguido por pisotear los derechos humanos, como el caudillo de Kazajistán o algunas satrapías árabes.

Choque con Murdoch

Se estima que en sus buenos tiempos no impartía una conferencia ni acudía a apoyar un lanzamiento por menos de 320.000 euros. La prensa británica suele atribuirle una fortuna de 100 millones de libras. En el verano de 2014 se avino a desmentirlo: «Cherie [su mujer, prestigiosa abogada y madre de sus cuatro hijos] me pregunta dónde están los cien millones. Yo no he cambiado, no estoy interesado en hacer dinero. Se ha exagerado mucho. No tengo ni la mitad, ni la tercera parte, ni la cuarta de eso, tal vez la quinta podría ser».

Mal que bien, ha ido surfeando sobre muchos episodios espinosos, como el sonado «caso Wendi». Fue notable la soltura con que logró salvar su matrimonio de 36 años con la que de soltera se llamaba Cherie Booth. Hace dos años, la prensa de todo el mundo se hizo eco de la supuesta relación adúltera del ex premier con la atractiva china ejecutiva Wendi Deng cuando ella estaba casada con Rupert Murdoch, el magnate de la prensa, propietario de «The Times», «The Sun» – el diario sensacionalista que es el más vendido en el Reino Unido– y de la cadena televisva Sky, entre otros medios. Murdoch se divorció drásticamente de Deng a raíz de aquellas revelaciones (encuentros privados de ambos en el rancho californiano del anciano editor cuando este se iba de viaje).

Desde entonces, los medios de Murdoch –hoy felizmente casado con Jerry Hall, la ex de Mick Jagger– son inclementes con Blair y han publicado reiteradas exclusivas de colmillo sobre sus negocios.

El patrimonio inmobiliario que se le atribuye es espectacular: tendría un valor de mercado de 34,5 millones de euros, con diez casas y 27 pisos, varios en el prohibitivo centro de Londres.

Lógicamente, el nuevo Blair prefiere hablar de política que de su imperio del ladrillo. Está centrado en su reivindicación del centro y la moderación tras triunfos populistas como el Brexit o Trump: «El centro político ha perdido su capacidad de persuasión y su conexión con el pueblo. En cambio estamos viendo una convergencia extraña de la extrema derecha y la extrema izquierda. La derecha ataca a los inmigrantes y la izquierda, a la banca. Pero el desahogo de la ira y la adicción a las respuestas demagógicas es la misma en ambos extremos. Por debajo subyace una hostilidad compartida a la globalización». No es un mal diagnóstico. Agrade o no, nunca le ha faltado un fino olfato político.

Brexit

Otra de las palancas de ataque de Blair es el Brexit. Ha pedido a los que votaron «In» que se conviertan en «los nuevos insurgentes» y aboga por un segundo referéndum cuando el pueblo británico vea cuáles son las consecuencias reales de la salida, que teme nefastas.

¿Tiene alguna posibilidad de volver a ser una voz de referencia? Él confía en sus habilidades comunicativas, su moderación y el rescoldo de su prestigio. Sus detractores señalan que toda la operación atiende simplemente a que su caché como consultor ha caído en picado, al comprobar los países que pagaban por sus servicios que el apellido Blair ya no abre puertas.

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