Internacional

Theresa May afronta a los 60 años su primer gran examen

Tras celebrar ayer su cumpleaños, la «premier» abre hoy el congreso «tory», donde debería aclarar su postura ante el Brexit

Theresa May y su marido, a su llegada a Birmingham
Theresa May y su marido, a su llegada a Birmingham - AFP
LUIS VENTOSO - Actualizado: Guardado en:

Theresa May, la premier de más edad desde Thatcher, cumplió ayer 60 años. Hubo, por supuesto, cena con su marido Philip, de 59, un jovial y avezado banquero de inversiones en la City, su principal consejero, el que la animó en 2002 a denunciar que los tories se habían convertido en un «nasty party». Él le ha dado también su apellido, pues en realidad la primera ministra se llama Theresa Mary Brasier. Pero el grueso de un cumpleaños tan señalado se lo pasó trabajando.

Hoy se enfrenta a su primer gran examen tras tres meses en el poder: su discurso inaugural en la conferencia del Partido Conservador, que reunirá a once mil asistentes en Birmingham, la segunda ciudad del país. Tanto los cameronistas, purgados sin contemplaciones por ella, como los hooligans del Brexit de su gabinete la apremian para que aclare sin más dilación la duda que atenaza al país: ¿Camina el Reino Unido hacia un Brexit duro o un Brexit blando? Nada se sabe todavía, pues se ha limitado a salmodiar un mantra vacío: «Brexit significa Brexit».

El debate se va volviendo acuciante. La firma japonesa Nissan, el mayor fabricante de coches del país, ha puesto en cuarentena esta semana sus inversiones en su gigantesca planta de Sunderland mientras el Gobierno no defina si continuará habiendo acceso sin aranceles al mercado europeo. Europa, trampa letal para los mandatarios tories, es el campo de minas que dinamitó el liderazgo de los tres últimos: Thatcher, Major y Cameron. Los analistas políticos creen que May podría estar prestando oídos a una ruptura drástica, la que propugna el llamado Trío del Brexit: Boris Johnson, Liam Fox (ministro de Comercio Exterior) y David Davies (ministro de Salida de la UE). Los tres detestan a los posibilistas, que quieren seguir en el mercado único, y a su vez se detestan entre sí.

Matices al Brexit

El contrapeso realista y moderado lo representa el pausado Philip Hammond, también de 60 años, el nuevo ministro de Economía. Dicen que no influye en May como Osborne influía en Cameron, con quien de hecho cogobernaba, pero su voz será escuchada y pide cautela: «Los controles de inmigración no deberían hacer sufrir a la economía. La gente que apoyó el Brexit no quiere ver un castigo económico ni un empeoramiento de su nivel de vida», advirtió en su primera entrevista, concedida al eurófobo «Telegraph». Hammond quiere salvar a toda costa el pasaporte europeo de los bancos de la City, la primera industria del país, la milla cuadrada que constituye el mayor polo financiero del mundo.

El Brexit no es lo único que preocupa a las grandes empresas. «Quiero un país que funcione para todos, no solo los privilegiados», esa es la otra gran máxima programática de May, cuyo conservadurismo es una apelación a las enormes clases medias suburbiales y campestres (con sarcasmo divertido, los cameronistas, de cuna patricia y ADN liberal, lo tachan de «conservadurismo vintage»). La primera ministra cuenta con su particular Rasputín, el influyente asesor Nick Timothy, prototipo de los nuevos tories de origen proletario -de cuello azul-, que han ascendido tras la purga del llamado Clan de Notting Hill de Cameron. Timothy la ha animado a recuperar las viejas escuelas selectivas y a tomar una medida que ha chirriado en las empresas: la inclusión por ley de trabajadores en sus consejos de administración.

Toque proletario

La agenda social será la otra línea estelar de May en el congreso de Birmingham (casualmente se ha elegido la ciudad de Timothy). Como aperitivo de la cita, el Gobierno ha anunciado la creación de un organismo independiente que velará por la calidad de los derechos laborales de los británicos y revisará las condiciones de autónomos y empleados temporales. Es revelador que al frente haya situado a Matthew Taylor, en su día relevante asesor de Tony Blair. También promete clases de informática gratis para todos los adultos británicos, para acabar con lo que llaman «el analfabetismo digital». Cuentan que en las salas de poder del Número 10 de Downing Street se ha acabado las reuniones de sofá, el tono relajado, los chistes desengrasantes y las botellas de vino en la nevera. También la obsesión por los medios. Adiós al aire distendido del cameronismo y su presencia compulsiva ante las cámaras. May ha impuesto que todas las reuniones se celebran ante una mesa y con tiempo tasado. Además, los asistentes deben entregar en la víspera una memoria de trabajo.

Tal y como se esperaba, la hija del reverendo hace gala de sus tics de control-freak: dirige los comités sobre Europa, reformas sociales, política industrial y la seguridad nacional. Poco antes de dejar el poder, Cameron concedió honores de Estado a la asesora de vestuario de su mujer, Samantha (dos años antes había hecho caballero a su peluquero italiano, Lino Carbosiero por sus «servicios a la peluquería»). May, de misa dominical en la Iglesia de Inglaterra, es de otra pasta. Ya no hay asesores de estilo en el Número 10. Ella misma se peina y maquilla y hace unos días apareció con un guardaespaldas de compras en Regent Street y volvió a su residencia con bolsas de Vivienne Westwood, quien de joven uniformó a los Sex Pistols, y de Russell & Bromley, donde compra los zapatos llamativos que son su marca. Mientras, en la campiña más linajuda, Cameron, libre ya de fingir que era un tipo de clase media, ha vuelto a practicar la caza a caballo.

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