El Domo de la Roca en la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén
El Domo de la Roca en la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén

Jerusalén, la ciudad de las tres religiones siempre en disputa

La decisión de Trump de trasladar la embajada de los Estados Unidos a la urbe ha provocado graves altercados

MADRIDActualizado:

Sobre el trasiego que serpentea hacia el Muro de las Lamentaciones, el Domo de la Roca, con su planta octogonal y su cúpula dorada, es el edificio más llamativo de la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén. Su origen se remonta al siglo VII, cuando el califa Abd al-Malik ordenó su construcción en un espacio simbólico no solo para el islam, sino también para el cristianismo y el judaísmo, las otras dos grandes religiones monoteístas. Allí, según el libro del Genésis, Abraham —llamado Ibrahim en el Corán— había estado a punto de sacrificar a su único hijo para probar su obediencia a Dios; el judaísmo, además, lo recordaba como el enclave del Primer y el Segundo Templo, ambos destruidos. Para los musulmanes, el Domo era el lugar donde el profeta Mahoma había ascendido al cielo, o, según otra tradición, desde donde el propio Alá lo había hecho una vez concluida la creación. Huelga decir que la obra impulsada por los Omeya tenía un fin arquitectónico y otro propagandístico: demostrar que el islam era la religión verdadera, la que reemplazaba y se imponía a sus antecesoras y con la que terminaba, por tanto, la «historia santa», como bien se explica en «Jérusalem. Histoire d’une ville-monde des origines à nos jours» (Flammarion, 2016).

Trece siglos más tarde, el pasado enero, el rey Abdulá de Jordania, reunido con el vicepresidente de los Estados Unidos, Mike Pence, lanzaba un dardo a Washington: «Para nosotros, Jerusalén es clave para los musulmanes y los cristianos, como también lo es para los judíos. Es clave para la paz en la región y es clave para permitir a los musulmanes combatir de forma efectiva las raíces de nuestra radicalización». La declaración del monarca dejaba entender dos cosas: la primera, su oposición al traslado de la embajada de Estados Unidos a Jerusalén, una decisión anunciada por Trump semanas antes y que suponía el reconocimiento de la ciudad como capital de Israel; la segunda, que la religión sigue siendo, junto a algunos sucesos del siglo pasado, la llave para comprender Oriente Próximo. Precisamente, el acto de inauguración de la nueva embajada, que por el momento se situará en el antiguo consulado estadounidense, coincide con el 70 aniversario del nacimiento de Israel, que el ex primer ministro David Ben Gurión proclamó el 14 de mayo de 1948, y tiene lugar un día antes de la Nakba, la «catástrofe», la fecha en la que se conmemora el éxodo palestino.

El origen del sionismo, el movimiento político que culminó su obra con la declaración de Ben Gurión, recibió su nombre de Sión, una de las montañas de Jerusalén. El anhelo por regresar a esa tierra fue una constante en la diáspora judía, un deseo que el siglo XIX, con el auge de los nacionalismos y con la violencia de los progromos, convirtió en un objetivo inexcusable. El periodista Theodor Herlz, uno de sus instigadores, lo abrazó tras el caso Dreyfus y la llegada del antisemita Karl Lueger a la alcaldía de Viena. En «El Estado de los Judíos» (1896), su obra más importante, Herlz propugnó «el establecimiento de un Estado independiente para el pueblo judío, en Palestina o en otro lugar», como recuerda David Elkaïm en su «Histoire des guerres d’Israël» (Tallandier, 2018). Chipre, el Sinaí o Uganda fueron algunos de los territorios que se barajaron y que se descartaron luego. En noviembre de 1947, las Naciones Unidas, a través de su Resolución 181, estableció la partición de Palestina —una región convertida en mandato británico tras la Primera Guerra Mundial— en un Estado árabe y un Estado judío. Jerusalén formaría parte de una zona internacional. La propuesta, claro, quedó en agua de borrajas.

Tras la guerra de independencia de 1948-1949, Jerusalén fue divida en dos, en una mitad bajo control israelí y otra bajo control jordano. En la guerra de los Seis Días de 1967, Amán perdió la zona este de la ciudad, y también Cisjordania. Esa contienda, en la que Israel arrebató los Altos del Golán a Siria y el Sinaí a Egipto, marcó un punto de inflexión en el conflicto de Oriente Próximo. El acuerdo de paz firmado entre Tel Aviv y El Cairo en 1979 devolvió el Sinaí a Egipto. El rubricado en 1994 con Amán solo estableció que la Explanada de las Mezquitas, donde se encuentra el Domo de la Roca, fuera gestionada por Jodania a través de un Waqf. Los altercados que se produjeron allí este domingo demuestran que todavía es uno de los puntos calientes de la urbe.