Historia

El Rey del Aspromonte, el «Robin Hood» italiano que resultó ser un sicario de la mafia más despiadada

A los campesinos de Calabria les costó muy poco creer que el Estado era el malo en toda aquella persecución de un leñador, sobre todo porque el bandido parecía actuar como un héroe agraviado. Pero la verdad detrás de su leyenda era bastante más cruda: había matado por encargo; no por venganza poética

«Il Brigante Musolino» (1950), película de Mario Camerini sobre el famoso bandido
«Il Brigante Musolino» (1950), película de Mario Camerini sobre el famoso bandido

A finales del siglo XIX la 'Ndrangheta (la Mafia calabresa) seguía siendo un grupo criminal autóctono de las zonas rurales y la versión más pobre de la Cosa Nostra siciliana y la Camorra napolitana. Lo que pasara en aquel rincón aislado geográficamente de la bota de Italia le importaba un comino a la sociedad italiana y al gobierno central. Hoy, sin embargo, «la 'Ndrangheta ha sido la más exitosa de las tres principales organizaciones en lo de establecer células fuera de su territorio de origen», como explica John Dickie en su obra «Historia de la Mafia» (Debate, 2015). Es, en suma, la que goza de mejor salud y resulta más misteriosa, justo cuando la Camorra se desangra en luchas internas y la Cosa Nostra paga el precio de declararle una guerra directamente al Estado en los años ochenta.

En aquellos años menos lustrosos de la 'Ndrangheta, a mediados del siglo XIX, emergió por un momento desde las sombras esta organización mafiosa en la figura de un bandido, noble y trágico según la versión popular: «El Rey del Aspromonte».

Nacido el 24 de 1876 en la aldea de Santo Stefano, en el Aspromonte (Calabria), Giuseppe Musolino fue durante un tiempo leñador, como su padre, pero en pocos años se vio sumergido en una vida como criminal. Antes de cumplir la mayoría de edad, había estado involucrado en delitos de armas y en agresión a mujeres. El acontecimiento que iba a cambiar su vida le llegó poco después.

Condenado por un crimen que no cometió

Su relato «heroico» comenzó el 27 de octubre de 1897, en una taberna regentada por su padre, cuando retó a un duelo a Vincenzo Zoccali luego de una discusión. El duelo a cuchillo (típico procedimiento de la Mafia calabresa y de la Camorra) se saldó con un corte en la mano derecha para Musolino y dos disparos errados contra Zoccali. No en vano, el autor de los disparos, un primo del leñador, recibió al día siguiente otra ráfaga de tiros fallidos. Aunque ambos atentados se habían saldado sin muertes, Musolino decidió poner tierra de por medio y fue capturado cinco meses después por la policía.

Un juez le condenó a 21 años por homicidio frustrado, a pesar de que él supuestamente no había tenido nada que ver en ninguno de los dos tiroteos, a consecuencia de lo cual juró desde el banquillo de los acusados que se comería el hígado de Zoccali.

Ilustración del famoso bandidado en su juventud
Ilustración del famoso bandidado en su juventud- Wikimedia

La «vendetta» no se hizo esperar. En enero de 1899, Mussolino, su primo y otros reclusos se escaparon de la cárcel de Gerace a través de un agujero en un muro y deslizándose en una cuerda hecha con sábanas. A finales de ese mismo mes, el otrora leñador asesinó a Francesca Sidari, esposa de uno de los hombres que habían testificado en su contra. Al marido lo dejó malherido antes de darse a la fuga. El siguiente nombre en su lista fue un pastor que hacía las veces de informador de la policía. La secuencia de atentados continuó, incluyendo un intento de dinamitar la casa familiar de Zoccali, y en julio de ese mismo año mató a otro sospechoso de estar confabulado con la policía.

El 9 de marzo de 1900, uno de los cómplices del bandido, que cada vez contaba con más componentes en su banda, le traicionó y preparó unos maccheroni sazonados con opio para que se quedara inconsciente

La sucesión de asesinatos se alternaba con historias que demostraban que, a pesar de su violencia homicida, guardaba un corazón noble y compasivo. Después de herir a un primo suyo por error, Musolino se arrodilló junto a él y le ofreció su rifle para que compensara allí mismo el daño. Él se negó. En otra ocasión, una de sus víctimas logró convencerle cuando estaba a punto de ser rematado de que no era ningún informante. El bandido cuidó del herido varias horas y envió luego a alguien para que le asistiera.

El 9 de marzo de 1900, uno de los cómplices del bandido, que cada vez contaba con más componentes en su banda, le traicionó y preparó unos maccheroni sazonados con opio para que se quedara inconsciente. A continuación, el traidor llevó a cinco policías y dos carabineros hasta la guarida del bandido. Drogado y desconcertado, Musolino logró escapar in extremis lanzándose al interior de la montaña. En su fuga mató a un carabinero.

Detrás del mito había un asesino calabrés

Las correrías del «Rey del Aspromonte» cada vez eran más conocidas a nivel nacional. La capacidad de las fuerzas gubernamentales para atraparle estaba bajo cuestión. Un centenar de agentes se unió a la búsqueda del escurridizo bandido, que si conseguía escapar una y otra vez era precisamente porque los pastores y los campesinos locales le prestaban ayuda.

La gente pensaba sinceramente que había sido acusado de un crimen que no había cometido y perseguido por ser un hombre rústico. A los campesinos del aislado Aspromonte les costaba muy poco creer que el Estado era el malo en toda aquella historia, sobre todo porque el bandido parecía actuar como un «Robin Hood» agraviado. Entre la población corrían, entre otros, rumores de que la virgen y los santos estaban de parte de Musolino. San José, decían, se le había aparecido en prisión para revelarle los puntos débiles del muro que logró derrumbar.

En una carta a un periódico de difusión nacional (recuperado por John Dickie en el mencionado libro), el propio bandido contaba las románticas causas de su cruzada:

«Soy un trabajador, y el hijo de un trabajador. Amo a la gente que debe sudar en los campos de la mañana a la noche para generar la riqueza de la sociedad. De hecho, la envidio, porque desgraciadamente no puedo hacer ninguna contribución al respecto con mis propias manos»

Arresto de Musolino por parte de dos agentes
Arresto de Musolino por parte de dos agentes

En medio de la campaña para elevar a Musolino a la categoría de víctima de la injusticia del estado «norteño», un periodista llamado Adolfo Rossi averiguó algo que para los carabineros locales no era ningún secreto: el bandido formaba parte de la Mafia calabresa. Si había logrado escabullirse tantas veces era debido a esa misma red criminal. De hecho, el origen de su escalada de asesinatos obedecía a los movimientos habituales de esta organización que, como la Camorra, había nacido en el seno del sistema carcelario.

Vincenzo Zoccali era otro miembro jurado de la «picciotteria», que había sido condenado por la organización a muerte como castigo por su indisciplina. Musolino había sido encargado de ejecutar la pena, si bien la Justicia lo había impedido.

Un joven oficial de policía llamado Vincenzo Mangione se propuso dar un vuelco a la operación de captura y profundizar en estos nexos mafiosos. En vez de lanzarse dando palos de ciego por el monte, Mangione desplegó una red de investigadores e informantes por todo el territorio, con el fin de conocer exactamente a quién se enfrentaba el Estado. La respuesta hallada es que se trataba de «una genuina institución criminal» con base en Santo Stefano, donde había al menos 166 afiliados a la mafia. Musolino era, simplemente, la punta de lanza de la organización.

Los tentáculos de ésta iban desde pastores, abogados, médicos, a personalidades políticas. Había poco de David contra Goliat en su huida, salvo porque el Estado hacía las veces del verdadero David en aquella región.

Una vez Mangione dibujó al enemigo, solo quedaba desmantelar a la organización criminal. En la primavera de 1901 se produjeron una serie de arrestos que dejaron a Musolino solo ante el peligro. Meses después, dos carabineros capturaron en un viñedo al «Rey del Aspromonte» sin compañía de nadie.

Se le juzgó en la ciudad toscana de Lucca, con el fin de evitar que un jurado local fuera influenciado por su leyenda. El público, sobre todo el femenino, adoraba al bandido y los criminólogos peregrinaban hasta su celda para conocer a un espécimen tan particular.

Cadena perpetua para el héroe caído

Tras negar que su cliente perteneciera a una banda criminal, lo cual no pudo ser respaldado por ningún testigo, la defensa se centró en demostrar que todos los asesinatos y delitos cometidos por Musolino los había realizado a consecuencia de una injusta condena. Él no había intentado asesinar a Zoccali, como de hecho quedó demostrado décadas después con la autoconfesión de un calabrés residente en EE.UU. Todo lo que vino después era responsabilidad del Estado italiano. No obstante, ninguno de los argumentos de la defensa evitaron que fuera declarado culpable y sentenciado a cadena perpetua.

Su traslado supuso un acontecimiento para el hospital, puesto que el anciano seguía siendo uno de los calabreses más famosos del país, pero no para la quebrada mente del mafioso

Mientras el bandido cumplía su condena, su leyenda siguió creciendo. Antes de la Primera Guerra Mundial, el escritor y viajero inglés Norman Douglas recorrió el territorio donde protagonizara sus aventuras y concluyó de boca de los guías locales que «solo Dios puede saber a cuánta gente pobre ayudó en sus aflicciones. Y si se topaba con una chica joven en las montañas, solía ayudarla con lo que cargaba y escoltarla hasta su hogar, directo a casa de sus padres. Ah, ¡si usted lo hubiera visto, señor! Era joven, con el pelo rubio y rizado y el rostro como una rosa».

Aunque Benito Mussolini frenó cualquier intento de hacer una película sobre su vida (porque su nombre era demasiado parecido al suyo), en 1950 se estrenó al fin un filme que presentaba al mafioso como un héroe popular obligado a vengarse por las arbitrariedades de la Justicia.

El propio Giuseppe Musolino vivió para ver el estreno de la película. En 1945, había sido trasladado desde el asilo penal en el norte del país hasta un hospital psiquiátrico estatal al sur de Calabria, lo cual es como decir al sur de Andalucía o al sur de Sudáfrica. El ruinoso e insalubre centro contaba, al menos, con vistas del Aspromonte donde Musolino reinara en su juventud.

Su traslado supuso un acontecimiento para el hospital, puesto que el anciano seguía siendo uno de los calabreses más famosos del país, pero no para la quebrada mente del mafioso. Se pasaba la mayor parte del día fumando, leyendo y contemplando en soledad el cementerio cercano. Los psiquiatras le habían diagnosticado «un delirio crónico progresivo». No era ya un Rey: «se creía el emperador del universo».

Fotografía de Musolino anciano durante la visita de un admirador
Fotografía de Musolino anciano durante la visita de un admirador- Debate

Y no ayudaba a que se curara de aquellos delirios de grandeza el hecho de que periodistas y admiradores peregrinaran hasta aquel rincón solo para estrechar la mano del «Rey del Aspromonte». Entre aquellos visitantes, al igual que entre los que le enviaban regalos y dinero constantemente, se incluían muchos mafiosos. De puertas para dentro, la 'Ndrangheta sabía perfectamente a quién homenajeaban: a uno de los suyos. En una ocasión incluso el psiquiátrico autorizó a un empresario italoamericano con sombrero de ala ancha y traje a rayas (la vestimenta más tópica de los mafiosos) a sacarle un día de prisión para pasearle por el Aspromonte y las aldeas cercanas.

El problema estaba de cara a cómo el mundo le recordaría fuera. El día que murió, en enero de 1956, a los 69 años, la prensa de Italia prefirió quedarse con el mito: así lo apodaron «el último bandido romántico» y pasaron de puntillas sobre sus vínculos con la que hoy en día es la más peligrosa y sanguinaria de las mafias italianas.

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