El arzobispo de Santiago, Julián Barrio, en el acto académico de homenaje
El arzobispo de Santiago, Julián Barrio, en el acto académico de homenaje - MIGUEL MUÑIZ

25 años de un obispo de boina y misión

La Archidiócesis de Santiago de Compostela conmemora el aniversario de la ordenación episcopal de Barrio, una etapa de expansión jacobea sin precendentes

SantiagoActualizado:

«Algo me dice Julián que algún día el nombre de uno de los dos estará en esta pared», dijo Isidro García Tato, hoy doctor en Teología y profesor del CSIC, a su amigo Julián Barrio cuando en octubre de 1969 ambos llegaban a la Universidad Pontificia de Salamanca y contemplaban por primera vez los nombres de los obispos formados en la institución docente grabados en la Escalera Noble del Colegio Real de la Compañía de Jesús. García Tato no se equivocó entonces, y este miércoles, en el 25º aniversario de la ordenación episcopal de monseñor Barrio Barrio, recordaba con afecto esta y otras vivencias compartidas con aquel compañero al que conoció en 1962 en el campo de juego del Seminario Menor de La Bañeza. «El fútbol español perdió a un magnífico mediocentro», bromeó García Tato, rememorando la «técnica depurada» y la «deportiva caballerosidad» de aquel chico del Campo de Benavente al que sus formadores no dudaban en calificar como «auténtico oro».

Julián Barrio Barrio encabeza la Archidiócesis de Santiago desde 1996. Tres años antes, en aquel 1993 del primer gran Xacobeo, había llegado a la Iglesia compostelana, siendo consagrado el 7 de febrero como obispo titular de Sasabe y auxiliar de su predecesor, el cardenal arzobispo emérito de Madrid Antonio María Rouco Varela (presente ayer en los actos de conmemoración junto a la totalidad de los obispos gallegos o el cardenal arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez).

Receptor de peregrinos

Han sido 25 años intensos, marcados por el crecimiento exponencial del Camino de Santiago, en los que don Julián —«generoso receptor de peregrinos», como le definió ayer el obispo auxiliar de Santiago, Jesús Fernández— ha hecho suya la «preocupación por preservar la identidad» de la peregrinación jacobea. De su empeño personal nació el Centro Internacional de Acogida al Peregrino de Carretas, sin perder de vista la singular importancia de la «acogida espiritual». «Muchas personas vienen en actitud de búsqueda y la preocupación nuestra es tratar de ayudarles a encontrar aquello que realmente buscan», apuntaba ayer monseñor Barrio a ABC.

De estos veinticinco años, el arzobispo de Santiago remarca muchas cosas buenas, citando a bote pronto las ordenaciones sacerdotales —«motivo de alegría siempre para una obispo», dice— y la visita de Benedicto XVI a Santiago en el año 2010, «para mí —apunta—, uno de los momentos más gratos» de su obispado. Entre los más difíciles, el robo del Códice Calixtino a manos de personal de confianza de la Catedral. «Para mí eso fue muy doloroso», admite.

El arzobispo metropolitano compostelano, nacido en agosto de 1945 en Manganeses de la Polvorosa (Zamora), iniciaba ayer la homilía de la Eucaristía de Acción de Gracias del XXV aniversario de su ordenación episcopal con un emocionado recuerdo a su familia. «Gracias querida familia», repetía poco después y de nuevo emocionado en el acto académico que completó el programa de celebración con la presentación de «Sembrar en surcos de esperanza», un volumen coral en el que, con «polifónica riqueza» y «profundidad reflexiva» —en palabras de Francisco Buide, secretario del Instituto Teológico Compostelano—, obispos, sacerdotes y laicos rinden homenaje al arzobispo con textos y ensayos sobre arqueología, teología o historia, entre otras disciplinas.

Cercanía y humildad

El acto se detuvo también en la faceta más personal de Barrio a través de un vídeo retrospectivo con imágenes de su tierra natal, de Salamanca y Santiago, en el que una de sus sobrinas recordaba cómo una chocolatina bajo de la almohada les anticipaba que su tío estaba en casa, y en el que su cuñada bromea sobre la «debilidad» de Barrio por su pueblo: «Llevaría boina si no fuese porque tiene ocupada su cabeza por la mitra». Cercanía y humildad del arzobispo, destacadas por cada uno de los intervinientes en el acto. «Sin misión, en vez de comunión, tenemos uniformidad», apuntó el obispo auxiliar citando al homenajeado.