ARTES&LETRAS: HACERSE EL VIVO

Un encuentro casual

«De pronto, veo subir a una mujer por la otra acera, arrimada a la pared por el estrecho hueco que le dejan los coches aparcados»

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Mañana gélida, de esas que uno daría cualquier cosa por no tener que salir de casa. Llevo un gorro de lana que me hizo mi madre, una cazadora negra y mis pantalones vaqueros holgados que conservo desde mi etapa de rapero en el instituto. Voy mirando al suelo, pensando en cómo mejorar algunas partes de la novela que ando rematando. Acabo de comprar tabaco de liar y un librillo de papel en el estanco y me dirijo de vuelta a casa por el Paseo de los Álamos, llamado así por unos álamos centenarios que ya no existen, bajo cuya frondosa sombra nos sentábamos en verano hasta que decidieron talarlos para convertir el paseo en una explanada de cemento con unos pocos bancos de madera espaciados y unos árboles raquíticos que no cobijan a nadie.

Martín Sotelo, escritor
Martín Sotelo, escritor

De pronto, veo subir a una mujer por la otra acera, arrimada a la pared por el estrecho hueco que le dejan los coches aparcados. Anda a pasos cortos pero rápidos. Es una mujer bajita, delgada, de pelo liso hasta los hombros, con chaqueta marrón y unos pantalones negros ceñidos que aún moldean unas piernas de muchachita. A pesar de ir sin gafas, parece que la voy reconociendo según se acerca. Compruebo que ella también me mira mucho, como si me conociera de algo. Cuando llegamos a la misma altura, yo ya no tengo dudas, pero decido aguardar un poco más, deseando confirmar lo que sé que va a ocurrir. Sigue avanzando por la otra acera, mirándome mucho, aflojando incluso el paso para poder fisgarme mejor pero sin pararse ni acercarse a decirme nada, como si sospechara que sí pero que a lo mejor es que no. Hago entonces lo que ya sabía que me tocaría hacer, saludarla antes de verla perderse calle arriba sin dejar de preguntarse quién sería ese muchacho. Mamá, la llamo. Y ya sí se acerca, sonriéndose: ¡Anda, eres tú! No te conocía. No me conocen ni en mi casa, pienso, preguntándome si le pasará lo mismo cuando me levanto y mientras me caliento la leche legañoso, sin querer pensar en nada, me habla sin parar de con quién se ha topado en la calle y me cuenta las conversaciones que ha tenido en el mercado y me enseña lo que ha comprado de comida y me informa de las noticias antes de que las lea en la prensa y me habla y me habla aunque no le conteste ni me entere de nada como si le diera igual hablarme a mí o a otra persona.

Vaya fallo, le digo. Empezamos bien el año. Ya ves, se ríe ella. El caso es que ya decía yo que ese gorro me sonaba. Y concluye: ¡Claro, como no estoy acostumbrada a verte por la calle!, mientras se sigue partiendo de risa. Y a mí me gustaría darle un abrazo fuerte, de esos que nunca nos damos, como si volviera a verla después de haber estado ausente mucho tiempo.