La cena de gala en el Palacio Real es un acto de Estado y la mesa debe ofrecer la mejor imagen de España - ERNESTO AGUDO
La mejor imagen de España en una mesa

Así se prepara una cena de gala en el Palacio Real

ABC asiste a los preparativos de una ceremonia de Estado en la que Patrimonio Nacional hace alarde de siglos de sabiduría en el arte de recibir

MadridActualizado:

A simple vista podría parecer sólo una mesa de gala muy grande y elegante en un imponente comedor cargado de obras de arte, pero quienes colocan el mantel, la vajilla, la cubertería o las flores están pensando en algo mucho más importante: cuando el Rey se siente a cenar con un jefe de Estado extranjero, esa mesa tiene que representar la mejor imagen de España, igual que el resto del Palacio Real, la fachada, la escalera de mármol, el salón del Trono y, por supuesto, las personas que les atiendan. Es una ceremonia de Estado. Y, como el éxito está en el cuidado de los detalles, detrás de cada pieza, de cada movimiento, hay siglos de experiencia en busca de la perfección.

En el Palacio Real llevan cientos de años preparando ceremonias de gala, y los depositarios de toda esa sabiduría, que los más veteranos han transmitido a los más jóvenes desde hace generaciones, son los miembros del equipo de Actos Oficiales de Patrimonio Nacional. Día a día, trabajan como conserjes, en la lavandería, en administración o en cualquier otro departamento de Palacio, pero cuando hay que preparar una cena de gala, prolongan su jornada el tiempo que sea necesario con una vocación inagotable de perfección.

En la tarde del pasado martes ABC acudió al Palacio Real para asistir a la preparación de la cena de gala que los Reyes ofrecieron el miércoles al presidente de Argentina, Mauricio Macri, y a su esposa, Juliana Awada. En ese momento, se acababa de desmontar la «mesa puesta» que ven los turistas, así como los cordones que acotan su recorrido. El Palacio Real dejaba de ser museo por unas horas para recuperar su función de residencia oficial de los Reyes. Retirado el mantel, quedaba al descubierto la sencillez de los tableros -que permiten alargar o acortar la mesa-, cubiertos por un muletón y sostenidos por borriquetas de madera de la época de Alfonso XIII.

En una de las salas anejas, varias mujeres terminaban de lavar y secar a mano la cristalería, la vajilla, los bajoplatos y los platillos del pan elegidos para la cena de gala. En la sastrería de Palacio se afanaban por adaptar al cuerpo de los camareros los uniformes de época. Parte de ellos son guardias reales y parte los envía el catering que servirá el menú.

La plata no se toca

De la lavandería llega la mantelería de hilo blanco bordada en el mismo color, que en esta ocasión es nueva, a estrenar. Para cubrir una mesa de 35 metros de largo, serán necesarios cinco manteles -una pieza única sería casi imposible de lavar-, pero las manos expertas consiguen tensarlos con alfileres invisibles clavados en el muletón. Después, las dos planchadoras borrarán los pliegues con vapor y conseguirán el milagro de que parezca un solo mantel.

Este es el momento de colocar la decoración de la mesa, toda de plata. En Palacio, la plata no se toca jamás con las manos; siempre con guantes blancos. Y es que Álvaro Soler, el conservador de la Real Armería, dice que «el mayor enemigo del metal es el sudor humano». Las centros de mesa más importantes son las tres «corbellas», unas bandejas tan pesadas que hay que levantarlas entre dos personas. Para colocarlas, Javier Hernández y José Manuel Montilla tienen que subirse a la mesa con los pies calzados con unos patucos especiales. Con la ayuda de un metro, consiguen centrarlas. Después colocan, también con precisión milimétrica, el resto de los centros de mesa y los ocho candelabros con diez brazos cada uno. Hay que poner las 80 velas, cuya mecha se ha quemado con antelación para que prendan con mayor rapidez, ya que luego apenas tendrán tiempo para encenderlas. El jefe del equipo confirma y reconfirma que están perfectamente alineados y a la misma distancia.

Dos sillas más altas

Es el momento de colocar los 121 bajoplatos. La lampara central del comedor marca el medio de la mesa, donde se sentarán los Reyes uno frente al otro. El respaldo de sus sillas es unos pocos centímetros más alto que el de las demás. Don Felipe nunca se sienta de espaldas a la ventana y la Reina debe estar frente a la puerta por donde entra el servicio. A la derecha del Rey se distribuyen 29 puestos y 30 a su izquierda. La Reina tendrá 30 y 30. Cada comensal dispondrá de unos 60 centímetros, aunque en esta ocasión hay dos invitados en silla de ruedas que contarán con un poco más de espacio. Los extremos de la mesa siempre los ocupan el jefe y el secretario general de la Casa del Rey.

El siguiente paso será colocar las flores, pero eso hay que hacerlo el mismo día de la cena para que mantengan toda su frescura. Los cubiertos, los platos y las copas también deben esperar para evitar que hagan arrugas en el mantel. Son casi las ocho de la tarde del martes y todo lo que se podía adelantar ya se ha hecho.

El montaje de la mesa no se reanudará hasta pasadas las doce del mediodía del miércoles. Esa misma mañana se ha estrenado en la Plaza de la Armería la nueva ceremonia de bienvenida que han ofrecido los Reyes al presidente de Argentina y a su esposa, y el equipo de Actos Oficiales tenía puesta toda su atención en ese acto. Era la primera vez que se hacía, pero salió perfecto. Sin tiempo que perder, el equipo regresa al comedor de gala. Minutos después llegan las floristas y colocan los adornos en los centros de plata. Son buqués de baja altura, sencillos, poco aromáticos, que no provocan alergias ni manchan el mantel, pero aportan la nota de color en la mesa sobria.

El conserje mayor de Palacio, Francisco López Bermejo, que es la sombra del Rey cuando está en esta casa, aparece en el comedor de gala con sus ayudantes, y el montaje de la mesa adquiere velocidad de crucero. Lo primero es alinear las copas con la ayuda de un cordel verde tensado de un extremo a otro de la mesa. Una pieza de metacrilato marca la distancia que debe haber entre el plato y la primera fila de copas (agua, vino tinto y vino blanco), y entre éstas y la copa de cava (para el brindis). Todo está medido al milímetro. Las copas, con base hexagonal y con banda y filo de oro, son de cristal de Bohemia, fabricadas por Moser y fueron adquiridas en el Reinado de Don Juan Carlos, igual que la vajilla, que es blanca, con filo de oro, con el escudo del Rey, sus iniciales y la S de Sofía.

Los cubiertos son piezas de plata sobredorada de Alfonso XII, excepto los de pescado, que en aquella época no se usaban. Estos cubiertos, de plata, los incorporó Alfonso XIII con motivo de su boda, en la que se sirvió pescado. Los cuatro reinados se funden en la mesa. Don Felipe no ha tenido que comprar nada, tan sólo renovar los manteles. Después de la cena, la vajilla, la cristalería y la cubertería se lavarán inmediatamente a mano para evitar daños irreparables, y los cubiertos se contarán. Si faltara alguno, se vaciarían los cubos de basura por si se hubiera caído accidentalmente, pero nadie abandonará el Palacio hasta que aparezca.

Se colocan los platillos del pan, las servilletas, los saleros y pimenteros. Se revisan, una por una, las 121 sillas, se comprueba que estén mullidas y no tengan manchas y, si es necesario, se reemplazan. Se supervisan las 998 bombillas de las quince lámparas de bronce traídas de París por Alfonso XII. Hace tres años se sustituyeron las bombillas tradicionales, que consumían 25.000 vatios, por otras de bajo consumo, que consumen 3.000. Dan una luz un poco fría, en comparación con las nuevas «led vintage», que iluminan el Salón del Trono, pero, como en todas las casas, en Palacio sólo se gasta lo imprescindible.

En una sala contigua, que fue salón de cine de Alfonso XIII, se han colocado sillas para la banda de música de la Guardia Real, que amenizará la cena y pondrá el broche final con el Himno Nacional. Pronto empezarán a llegar los invitados y cada uno debe ocupar su lugar para la gran ceremonia de Estado.