Juan Fernández-Miranda

La marea española

MadridActualizado:

Como si los dioses estuvieran con la Constitución, el 1-O llovió sobre Barcelona y ayer hizo un estupendo día de sol. Bella metáfora meteorológica de las dos cataluñas que se disputan el futuro. Ayer, la marea rojigualda contribuyó a derribar importantes mitos que los golpistas han construido con martillo pilón y esa sobreactuada, falsa y cansina superioridad moral.

Lo moderno es defender la libertad, no la independencia. Es su mirada corta y su actitud excluyente la que ha conducido a la emergente Barcelona del último tercio del siglo XX a la penumbra del localismo. Aunque los independentistas se presentan como modernos son más antiguos que el hilo de coser. «La peor pasión de todas, la que más estragos ha causado, es el nacionalismo», les espetó Vargas Llosa.

La protesta pacífica no es monopolio de los independentistas. En las semanas transcurridas desde la Diada hasta el 1 de octubre se escuchó una y mil veces a los líderes «indepes» apelar al no uso de la violencia. Tanto esfuerzo en mostrarse pacíficos es un reconocimiento explícito de que realmente no lo son y de que acabarán recurriendo a la violencia. Al tiempo.

El espectro no independentista no es uniforme. Otra cosa es que tras cinco años de matraca hayan conseguido poner de acuerdo a todos los ciudadanos que se manifestaron ayer frente a la imposición del pensamiento único. Ayer coincidieron en Barcelona una pluralidad de formas de pensar que convergen en una: la defensa de la España constitucional. Unos llevaron la bandera rojigualda, otros enarbolaron la senyera, muchos pusieron el acento en Europa –«nuestra estelada», dijo Borrell– y no faltaron personas con las tres enseñas bordadas en el pecho. Solo de tener que escribir la siguiente frase me sale urticaria, pero hay que decirlo: Mostrar las banderas constitucionales no es de fachas. Se llama libertad.

En el desafío soberanista existe un importante componente emocional. La traición de los mossos y la ingenuidad –y torpeza- del Gobierno el 1-O sumió a los españoles en una profunda desazón. Es verdad que el referéndum no tuvo ninguna validez, pero eso ya lo sabíamos y sin embargo el 1-O hubo urnas, colas, colegios y líderes independentistas cantando victoria. Mintiendo y manipulando, pero cantando victoria. La escasa profesionalidad de la prensa internacional se encargó de alargar el sufrimiento al lunes y el martes.

Nadie duda ya de que Rajoy es un maestro en el manejo de los tiempos, y casi siempre acaba teniendo razón, pero el principal problema de su modus operandi en lo relativo al desafío soberanista es que renuncia a tener la iniciativa. Los independentistas llevan cinco años tomándonos la delantera y llegando mucho más lejos de lo que nadie –incluido Rajoy– jamás imaginó.

Afortunadamente, el Rey salió al rescate el martes noche y desde entonces no hay día bueno para la Generalitat. Por primera vez en cinco años los independentistas no controlan la situación. Lo que vaya a hacer Puigdemont el martes es una incógnita, pero ayer se me ocurrieron 155 razones para nombrar a Borrell presidente de la Generalitat.