Manuel Marín - Análisis

Habla el Código Penal

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Hoy es un día para las apuestas. La ANC ha convocado una concentración a las puertas del Parlament para empujar a Puigdemont a una declaración unilateral de independencia. Por el contrario, las presiones desde el mismo seno del PDECat y desde el empresariado para que recule son infinitas. Cataluña depende hoy de su osadía y de la fórmula que finalmente encuentre para satisfacer a unos y a otros. Misión imposible.

Tanto si apuesta por la absurda «vía eslovena» de amagar con una declaración simbólica pero sin alcance político, como si pretende derivar la responsabilidad al propio Parlament… Tanto si se lanza a una declaración unilateral, como si se limita a dar validez al resultado de la consulta del 1-O con su ridículo escrutinio del 100,88 por ciento… Tanto si se produce una perversión del lenguaje hablando de una «declaración por la independencia» o «hacia la independencia», como si los «posibilistas» de última hora del PDECat amenazan con un «tamayazo» en cualquier votación…, en todos y cada uno de los casos Puigdemont pierde. Hace una semana, España no estaba preparada mentalmente para la intervención de la autonomía catalana por la vía del artículo 155 de la Constitución. Hoy sí lo está gracias a tres factores: el discurso del Rey, la fuga de empresas y la lección de democracia dada por un millón de personas el domingo en Barcelona. Las Fuerzas de Seguridad se han sacudido la falsa imagen construida por la prensa internacional, y parte de la nacional, de ser una policía represora propia de un régimen fascista.

Y la detención de Puigdemont ya no se contempla en el ideario colectivo como un abuso intolerable del Estado contra las libertades en Cataluña. Ni siquiera asustan las hipotéticas cargas que deberían producirse en caso de una sedición tumultuaria porque el independentismo no merece ya más benevolencia. De hecho, ha emergido junto a la bandera española un sentimiento de pertenencia y orgullo que demasiados complejos y una absurda concepción de la corrección política le habían robado a buena parte de la sociedad catalana.

La coartada emocional que justificaría la aplicación inmediata del artículo 155 ya está fabricada. Y la paciencia del Estado, agotada. Si Puigdemont tiene la osadía de declarar la independencia, necesariamente tendrá que ser detenido. Contra la ingenuidad dialogante basada en naderías, el Código Penal lo regula sin doble lectura: artículo 472: «Son reos del delito de rebelión los que se alzaren violenta y públicamente para cualquiera de los fines siguientes: (…) 5.- Declarar la independencia de una parte del territorio nacional». No es interpretable. Es delito.