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Los retos que tiene el nuevo presidente de EE.UU.

La economía, el nuevo comercio o la inmigración... los asuntos más delicados para la próxima legislatura

VÍDEO: «Vamos a renovar el sueño americano»

Tras la elección del Donald Trump como nuevo presidente de Estados Unidos, hay ciertos problemas y asuntos que se juega el país y que durante los próximos cuatro años deberá encarar el recién elegido Donald Trump. Esta sería la relación de los más importantes:

Economía. La situación socioeconómica del país sigue siendo el gran asunto para los estadounidenses, pese a que ha trascendido poco de lo que los candidatos proponen durante toda la campaña. Los datos macroeconómicos avalan a Obama, incluida la reducción de la tasa de desempleo hasta el mínimo, el 4,9%, desde que estalló la crisis. Pero la traslación al bolsillo de los ciudadanos no ha evolucionado en la misma medida. Un estudio reciente indica que hasta 2015 no empezó a notar la recuperación efectiva el americano medio, en términos de mejora del poder adquisitivo, después de una notable pérdida durante años. Especialmente perjudicial fue para los habitantes de las zonas en declive, los estados del llamado rust belt, del cinturón industrial. Para Donald Trump, el objetivo es que Estados Unidos volviera a los crecimientos del Producto Interior Bruto (PIB) anteriores a la crisis, del 4% o hasta del 5%, aunque los expertos creen que los cambios que ha sufrido la economía mundial en este periodo de convulsión financiera lo hacen imposible. El candidato republicano se ha apoyado en el modelo Reagan de fuerte reducción de impuestos, a todas las clases sociales, para dinamizar la economía. Aunque no ha explicado cómo va a evitar que la deuda, la mayor de la historia del país, se siga disparando, al menos en el corto-medio plazo.

Libre comercio. La ola proteccionista alentada por Trump también convirtió en esencial el debate sobre los grandes acuerdos de libre comercio. Con Trump, peligran el NAFTA (acuerdo de Estados Unidos con Canadá y México) y el Acuerdo TransPacífico, negociado y aprobado por el presidente Obama y sólo pendiente de ser ratificado por el Congreso. En el primer caso, Trump propone renegociarlo o suprimirlo. El segundo lo echaría abajo directamente. Un discurso que tuvo buena acogida entre los trabajadores y los desempleados, que aceptaron el mensaje de que estos grandes acuerdos sólo benefician a los demás países, en menoscabo de su puesto de trabajo.

Inmigración. Todavía hoy, más de once millones de inmigrantes, la gran mayoría de ellos hispanos (y mexicanos), siguen en el limbo jurídico, tras la última resolución de la Corte Suprema, que rechazó su legalización. A ello hay que añadir el eterno problema de los que sin papeles que continúan entrando en el país, aunque su número está ya en una leve caída, frente a lo que afirma Trump de manera insistente. En el caso de la llamada regularización, el nuevo presidente tendrá que decidir qué hace con todas esas personas. Trump, que inicialmente prometió deportarlos a todos, fue suavizando su máxima, limitándolo a aquellos que tengan causas pendientes con la Justicia. En cuanto a la entrada de sin papeles, la construcción del muro en toda la frontera con México fue uno de los ejes de la campaña del magnate, que insistió en que además lo pagará el vecino del Sur.

Renovación de la Corte Suprema. Un asunto que desde fuera de Estados Unidos se aprecia como sólo relativamente importante, constituye el eje institucional que mueve las ruedas del país. Todos los grandes asuntos políticos y sociales pasan por el máximo tribunal, y más los últimos años, de creciente polarización entre los demócratas y los republicanos, el centro-izquierda y el centro-derecha, siempre dentro de la particular lectura liberales-conservadores instalada en este país. No sólo la inmigración, sino también asuntos como el aborto, los derechos de los homosexuales y su matrimonio, han ido dando salida o rechazando los diferentes textos legales. En la actualidad, tras la muerte del conservador Antonino Scalia, los miembros de la Corte Suprema son ocho. El nuevo presidente deberá abordar el nombramiento de su sustituto, que Obama ha intentado sin éxito. Su perfil ideológico es esencial para saber si la Corte Suprema tendrá mayoría conservadora o progresista.

Siria y Daesh. En Estados Unidos, el peso de la política exterior en el votante es mucho mayor que en cualquier otro país. En particular, la guerra contra ISIS (Daesh) y el yihadismo radical, junto con la guerra de Siria, ambos asuntos concatenados, constituye la gran inquietud del estadounidense medio, fuera y dentro de las fronteras del país. El nuevo presidente se va a encontrar con la gran patata caliente que deja Obama: una insostenible situación humanitaria, con Rusia y Al Assad en su momento más fuerte, y un reconocido fracaso estadounidense para hallar una salida. Además, el frente contra Daesh en Irak se encuentra hoy en plena ofensiva a su bastión, Mosul. Donald Trump fue especialmente contundente contra Obama y Clinton en dos cuestiones: su tibieza, sobre todo en el lenguaje, cuando acusa a ambos de no querer hablar de «islamismo radical» al hablar del terrorismo, y que las operaciones militares no se lleven con más discreción, «sin darle al enemigo la ventaja de anunciarlas previamente».

Política exterior. Además de los principales conflictos pendientes, la relación entre Estados Unidos y la OTAN y Rusia ha acaparado buena parte de la campaña electoral. Donald Trump se mostró abiertamente partidario de obligar a los aliados en la Alianza Atlántica a hacer más aportaciones económicas, que se ahorraría Estados Unidos. Algo que, según el candidato republicano, permitiría al país cuadrar mejor sus cuentas e intentar una mayor inversión en un ejército que considera obsoleto. En cuanto a Rusia, la incógnita es cuál sería la política de Donald Trump, que aparenta vivir una luna de miel con el presidente Vladímir Putin. Bajo el mensaje de que «es más inteligente que Obama», el magnate se mostró comprensivo con casi todas las acciones de Putin, incluso aquellas que perjudican abiertamente a Estados Unidos y Europa, como su invasión de Crimea o su injerencia militar en Ucrania y en Siria.

El futuro del Obamacare. El sistema de cobertura sanitaria que aprobó el presidente Obama en 2010 siempre ha estado en entredicho. Principalmente criticado por los republicanos, también en muchos estados gobernados por demócratas las críticas sobre su aplicación han sido numerosas. Hace unas semanas, fue el propio Bill Clinton quien calificó el Obamacare de «locura». Los problemas vienen del encarecimiento que supone que su puesta en práctica vaya de la mano de las aseguradoras, que en ocasiones aplican subidas en la cuota poco asumibles para las clases medias o medias-bajas, pero por encima del tope de renta máxima para la cobertura total. Trump prometió suprimirlo y siempre ha planteado que pondría en marcha otro sistema, pero nunca ha aclarado cuál.

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