Garbiñe Muguruza, en la Puerta de Alcalá
Garbiñe Muguruza, en la Puerta de Alcalá - JOSÉ RAMÓN LADRA
Mutua Madrid IOpen

Muguruza: «Soy muy joven, pero tengo que aparentar ser mayor»

La española quiere por fin brillar en Madrid, un torneo que no se le ha dado muy bien. Tras su éxito en Roland Garros, se ha multiplicado la exigencia y apunta que ahora controla más los nervios

MADRIDActualizado:

Garbiñe Muguruza (8 de octubre de 1993) tiene por norma no leer nada de lo que se publica sobre ella, y parece convincente cuando lo dice. Es una jugadora de extremos, y le perseguirá siempre el haber ganado Roland Garros con 22 años, encargada de asumir el relevo de Arantxa Sánchez Vicario y Conchita Martínez otorgado por decreto a toda niña que apunta a algo. Esa obligación, sin embargo, debe ser entendida como una responsabilidad positiva, y ella es la primera en aceptar las expectativas por mucho que reclame un poquito de calma y sensatez. En Madrid, en una plaza que no se le ha dado demasiado bien, busca por fin una alegría, expuesta mañana a una primera ronda de lo más exigente ante Timea Bacsinszky.

Antes del estreno, Muguruza cumple con una agenda de locos, pues no es frecuente tenerla por España ya que va de lado a lado, ahora con residencia en Ginebra aunque el circuito no le da tregua. Y Muguruza, contenta siendo como una peonza, se muestra feliz, espontánea en sus respuestas, reflexiva cuando toca ponerse seria. Antes de que empiece el trajín del Mutua Madrid Open, se sienta a tomar un café con ABC y luego pasea por el centro de Madrid como si tal cosa.

Pide un americano y una botella de agua, y, aunque se frena, pone el ojo en las galletitas porque es muy golosa. El miércoles, por la mañana, acude a un acto de BBVA para charlar con unos niños, come en un restaurante de moda del barrio de Salamanca, y regresa a su hotel, frente al parque del Retiro, para cambiarse de ropa y ponerse las nuevas prendas que le ha preparado la gente de Adidas. A todo pone buena cara, es lo que toca, y acepta sin impedimento alguno el caminar hasta la Puerta de Alcalá para la sesión de fotos. «¿Quién vivirá ahí? ¿Cuánto puede costar eso?», pregunta con curiosidad sobre los lujosos balcones que dan a la plaza de la Independencia. «Mejor no saberlo, mejor no saberlo», se le responde.

Después de posar casi de manera rutinaria, muy coqueta y presumida, se sube a un coche junto a su directora de comunicación y empieza a hablar más en modo entrevista mientras suena «Don’t wanna lose you», una canción interpretada por Gloria Estefan que se puso de moda cuando ella ni había nacido (1989). «Va, ahora las preguntas de Roland Garros y esas cosas», bromea, pues desde hace un año es la cuestión más repetida en sus entrevistas. Ya que ella misma lo propone, ahí van los interrogantes.

-¿Cuántas veces le hablan de París?

-Desde el año pasado que no paran de recordarme lo que hice. Sobre todo ahora que se acerca la época, todo el mundo me insiste. Y no sé qué se pretende averiguar porque ya se sabe que es un torneo en el que defiendo título... Es una situación totalmente diferente para mí, nunca he estado en esa tesitura. Y el trofeo ya lo tengo, no me lo va a quitar nadie. Voy a ir con la misma motivación, y es un torneo que me encanta, pero no hay más.

-¿Se acuerda cada día de que es campeona de Roland Garros?

-Sí, sí. A veces lo pienso. Sobre todo cuando estoy jugando y me veo en un momento difícil en la pista me digo a mí misma: «Eres campeona de Grand Slam, puedes con esto». Eso es lo que te tiene que llevar a la final, un sentimiento positivo que me tiene que ayudar.

-¿Cuántas veces ha visto la final?

-He visto sobre todo el globo final, lo he visto mogollón de veces. Pero el partido completo me lo habré puesto solo un par de veces.

-¿Y ya se cree que ese globo entra?

-Aún no tengo claro si entra ese golpe. ¡Ja, ja! Aún tengo la cara de «¿ha entrado?». Me tiré igual al suelo, con cara un poco rara, pero da igual. ¡Fue punto!

Lo cuenta orgullosa e incluso se le ilumina la cara cuando recuerda ese junio en París, una ciudad que se le da de maravilla. Madrid, sin embargo, se le atraganta y tiene grabado el hecho de no haber superado jamás la segunda ronda en la Caja Mágica. «Jugar aquí es un arma de doble filo. A veces estar en casa, ante tu público, te obliga a hacerlo extremadamente bien. Quizás incluso mucho mejor. No sé, me pongo mucho más nerviosa, tengo más ganas de ganar y eso me bloquea», explica. Y por eso, por las derrotas después de tanta expectativa, a Muguruza le persigue la leyenda de que es demasiado intermitente, siempre a vueltas con la irregularidad.

-¿Le incomoda que cuando pierde le recuerden que le falla la cabeza?

-Ay, no sé, sí, pero al final es más responsabilidad lo que tengo ahora porque he conseguido más cosas y todo el mundo espera que gane. Pero estoy trabajando muchísimo en eso y creo que he mejorado bastante. En constancia, en dedicación... No soy la misma jugadora para nada.

-¿En qué ha cambiado?

-Controlo. Creo que ahora controlo más. Seré joven en el circuito, pero tengo bastante experiencia en muchos grandes momentos y eso me ayuda a ser más equilibrada, aunque siga siendo emocional. Tolero más cosas que antes, que me lo tomaba todo a vida o muerte.

-Pese a todo, ha tenido algún que otro enganchón con su entrenador que ha generado muchos comentarios.

-Lo que pasa es que cuando hablo con Sam (Sumyk) todo el mundo sube el volumen de la tele. Es un minuto en el que él puede entrar en la pista para decirme todo lo que le dé tiempo. Es un momento muy caliente y siempre intento escuchar, pero en ese momento me salió esa frase y todo el mundo se cree que es un horror. ¡No lo es, para nada! Luego lo vemos los dos y nos reímos cuando vemos el vídeo, pero la gente se hace sus pelis. Bah, da igual...

En ese momento, en plena Gran Vía, una nube de preadolescentes se concentran justo delante de ella, desatados sin reparar que ella, de 182 centímetros, es Garbiñe Muguruza, que es campeona de un Grand Slam, que es la seis del mundo y que incluso llegó a ser la tres.

-¿No le reconocen por la calle?

-Mira, cuando me tuneo... ¡Ja, ja, ja ja! Va, va, voy a ser más seria. Cuando me arreglo y dejo de ir vestida de deporte, pues es más difícil. Tampoco es que vaya por la calle durante media hora, pero bueno, la verdad es que alguna vez sí que me paran.

Por eso camina sin problemas en hora punta. «Soy mucho de ir por la calle. Cuando estoy aquí, que puedes caminar más, sí que ando. Pero has de entender cómo es mi vida. Yo no tengo tiempo para hacer esto, a menos que tenga algún compromiso. Aquí ceno siempre fuera, intento hacer todo lo que pueda, incluso si tengo tiempo también voy a comer. Quedar con gente, visitar cosas...». Quiso ir a ver el Guernica, de Picasso, pero los días van que vuelan.

-¿Y en qué ha cambiado su día a día?

-Mi vida no ha cambiado nada. Soy la misma chica de hace tres años... Con la misma vida, o eso quiero creer. Sí cambia mi responsabilidad, mi nombre, más reconocimiento, tengo más presión, lo que tú quieras. Pero yo no he cambiado como persona.

-Seguro que le dicen que se ha vuelto más diva por ganar un grande.

-Nunca he sentido eso. Mucha gente me criticó hace un tiempo y se dijo que había cambiado mucho, que estaba no sé cómo... No, nada de eso. Yo creo que la gente que tengo a mi alrededor es a la que tengo que escuchar y me dicen que sigo igual. Yo no noto nada.

Precisamente por esto ha dejado de leer lo que se publica sobre su carrera o su vida, pues prefiere protegerse y mantenerse al margen de la opinión pública. «No leo nada sobre mí. Estoy un poco cansada porque creo que en España, para bien o para mal, me han dado muy fuerte».

-¿De verdad cree que le han dado?

-Sí, sí, claro que me han dado. Más de lo normal. No sé por qué. Siempre digo que los que me aman hoy me odian mañana, y son los mismos, así que conmigo es todo muy dramático. O Garbiñe es la mejor o cómo puede ser que pierda. Por eso intento no mirar. Sé que está ahí, pero mira. Me dan fuerte cuando no consigo algo que todo mundo cree que debería. ¡Garbiñe no ganó Wimbledon! A ver, pensemos un poco, Wimbledon... Pues eso... No leo ni periódicos, ni revistas, tampoco hablo mucho con periodistas a menos que tenga que hacerlo. Sinceramente, no leo, ¿eh?».

Tampoco libros, admite, aunque sí está muy pendiente del Facebook, está enganchada a Netflix y ahora sigue «Las chicas del cable» y escucha más hip hop y rap que nunca. Ya no se pone «Entre dos aguas» como despertador y se despierta con el sonido de los grillos de su móvil y reconoce que tiene un pronto de cuidado. «Me enfado, soy una chica de sangre caliente». De ahí que a veces gaste tanta energía en la pista, aunque ha aprendido a relativizar. «Me he preocupado bastante en aprender a descansar. Doy mucho cuando compito, soy muy emocional y gasto mucha energía, y luego estoy agotada».

Pero adora ser quien es. «Soy joven, hago lo que me gusta, y eso me ha permitido ser independiente. Viajar, jugar a tenis, triunfar en algo que me gusta... Es genial», revela Muguruza, que se considera «una chica bastante divertida y normal». Son 23 primaveras, pero su vida no es común. «Soy muy joven, pero tengo que aparentar ser mayor. O casi. Y luego hay que lidiar con momentos en los que chicas de 23 años igual no se enfrentan. Negocias con la soledad, muchas cosas... Y creo que aprendo a partir de malas decisiones, y también de consejos».

No mete un dedo en temas políticos, acepta que Maria Sharapova tenga otra oportunidad después de cumplir un castigo de 15 meses por dopaje y le duele Venezuela, su otra mitad porque ella nació en Caracas. «Quiero volver a ir a Venezuela, porque además tengo mucha familia ahí, pero parece que va a peor. Es increíble que pueda empeorar algo que ya está tan mal. Iré cuando las cosas mejoren porque es el país que me vio nacer, y es un país que me gusta mucho». De momento, busca crecer en Madrid.