Vuelta a España

Barguil, el rebelde francés

La historia del ciclismo está plagada de casos como el del bretón, expulsado de la Vuelta por desobedecer a su director

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Escena en un ascensor de hotel durante el Tour de 1986, el que ganó Greg Lemond, el que no fue el sexto de Bernard Hinault. Entran tres ciclistas del equipo La Vie Claire: Hinault, Lemond y Jean François Bernard. De cara a la opinión pública, Hinault había prometido trabajar en favor de Lemond. Así le pagaba su sacrificio en la anterior edición de la ronda gala. La realidad era otra. El francés no dejaba de hostigar al estadounidense. Y en aquel metro cuadrado de ascensor estaba con ellos Bernard, que así contó lo que vio y escuchó: "Hinault no dejaba de mirar fíjamente a Lemond. ‘Te voy a matar. Te voy a matar’, le repetía”. Hinault es francés y, sobre todo, es bretón. Confirma la teoría del determinismo geográfico: los bretones tiene un carácter tenaz, son testarudos, rebeldes. Insumisos.

Warren Barguil, el ciclista actual preferido de Hinault, es bretón. Ganador de dos etapas, incluida la del Izoard, y rey de la montaña en el pasado Tour, el viernes no obedeció a su director en el equipo Sunweb, que le ordenó esperar al holandés Wilco Keldermann, víctima de un pinchazo a 20 kilómetros de la meta en Cuenca.

Por la noche, el Sunweb decidió expulsar a Barguil de la Vuelta pese a que pidió disculpas. Por insurrecto. “Lo acepto, pero no lo entiendo”, declaró el corredor. “Me sentía bien, con ganas, con piernas. Todo esto es muy decepcionante. Estoy destrozado”, declaró. Barguil no tomó la salida en Hellín. Ocupaba el puesto 13 en la general. Antes del pinchazo, Kelderman era el decimoprimero. Tras ceder 17 segundos en Cuenca pasó a la plaza 14. En la tajante decisión del Sunweb hay un dato de peso: Barguil se va del equipo; en 2018 correrá en el Fortuneo, escuadra a su medida, francesa y bretona.

La historia del ciclismo está llena de casos así: de ciclistas que se saltan las directrices y de directores que impiden, con sus decisiones, el lucimiento de algún corredor. No hay que ir muy lejos. El jueves, en la etapa de Sagunto, Luis León Sánchez iba en la fuga con Enric Mas, Poljanski y Marczynski, el que al final ganó. ‘Luisle’, certero cazador de victorias, afilaba el colmillo para batir a sus acompañantes. En eso, recibió una orden de su director en el Astana. Tenía que frenar y esperar al pelotón, en el que venía desprotegido el líder de la formación kazaja, Fabio Aru. El corredor murciano se tragó su rabia y se dejó atrapar. Eso sí, en la meta echaba humo. Así es su trabajo: le pagan para obedecer; no para ganar.

Barguil, en cambio, no hizo caso. Ya había esperado a Keldermann en la tercera etapa, la de Andorra. Ya basta, se dijo. Cuando en el pasado Tour le preguntaron por qué atacaba tanto, respondió: “Soy bretón”. Producto de su tierra, la de Hinault. El ciclismo moderno se ha convertido en una ciencia casi exacta. Equipos como el Sky maniatan las carreras. La tecnología aporta novedades y datos a los ciclistas, pero, al tiempo, les corta las alas. La inspiración está casi prohibida. Quedan pocos con el instinto, por ejemplo de Contador. O de Landa, otra víctima habitual de directores a los que les gusta sostener bien prieta la correa de su jauría de dorsales. Barguil, como el alavés, no es un ‘doméstico’, término que designa al gregario. Muerde el bozal. No lo puede evitar. Es su carácter. Vecino de Hinault. Testarudos.

A Barguil le traiciona su voz, de flauta. Parece delicado. Engaña. En su primera Vuelta, la de 2013, tenía 21 años. Un crío. La víspera de la primera jornada de descanso sufrió una tremenda caída. Apenas se sostenía en pie. En su equipo le recomendaron irse a casa. Ni se lo planteó. Ordenarle algo a un bretón es obligarle a hacer lo contrario. Eso hizo: siguió pese al dolor y ganó dos etapas.

Ahora, tras convertirse en el nuevo Virenque durante el pasado Tour, venía a por otra victoria en la Vuelta, una carrera que se había empeñado en correr. En el Tour, cuando batió a Contador y Landa en la meta de Foix, declaró que aquel triunfo le “liberó”. Era lo que quería ser: un ciclista con pegada, agresivo. Flotaba con el maillot de puntos de líder de la montaña y ganó en el Izoard por delante de Froome. Entró en la leyenda del Tour. “Para ganar un día el Tour, necesistaría mucha suerte”, dijo. Más que a eso, aspira a ser un ciclista espectacular. Cuando el viernes le dijeron que esperara a Kelderman, le pudo el gen bretón y desoyó la orden. De todo este lío queda una evidencia: la Vuelta pierde sin Barguil.