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Toros

Jaime Ostos: «Ya habían firmado mi defunción, y Ángel Peralta me salvó literalmente la vida»

El emblemático torero narra a ABC el desgarrador episodio en el que el rejoneador le operó en la plaza de toros de Tarazona

La Puebla del RíoActualizado:

Jaime Ostos fue uno de los amigos de Ángel Peralta que más afectado estaba el pasado domingo en el funeral del «Centauro de la Marisma». «Es uno de los días más amargos de mi vida, lo estoy pasando horrorosamente mal. Coincidimos muchas veces en el ruedo compartiendo cartel, pero lo verdaderamente importante es que en la intimidad éramos muy amigos, y es muy doloroso despedir a una persona a la que tanto le debo», afirmaba entre lágrimas. El torero quiso recordar para ABC de Sevilla un estremecedor y escalofriante capítulo que ambos protagonizaron hace ahora 55 años y que deja a las claras la pasta de la que estaba hecha el rejoneador de La Puebla del Río.

«En Tarazona (Zaragoza) un toro me rompió la iliaca safena y me quedé prácticamente sin una gota de sangre. La enfermería de la plaza era muy pobre y los médicos no podían hacer nada porque no había sangre. Hasta tal punto arrojaron la toalla, que incluso firmaron mi defunción. En esos momentos críticos, Ángel Peralta tiene un arrebato y se va a la puerta de la plaza de toros a pedir a los aficionados que por favor donasen sangre para Jaime Ostos. En pocos minutos se creó una cola de más de trescientas personas».

Entre suspiros y con un nudo en la garganta, el diestro continúa narrando la historia. «Una vez conseguida la sangre, Ángel, que con frecuencia operaba a sus caballos, se armó de valor, pensó que yo era uno de sus caballos, me operó y me metió toda la sangre que necesitaba. Al día siguiente todos los medios de comunicación (prensa, radio y televisión) abrieron con la noticia de que un toro había matado a Jaime Ostos en Tarazona. Gracias a Peralta aquella fatídica noticia fue errónea. Eso ocurrió el 17 de julio de 1963. Ese día volví a nacer. Siempre digo que nací una vez en Andalucía y otra en Aragón».

«Estuve 27 días en coma, y luego 6 meses más con un médico al lado de mi cama y con serios riesgos de que me tuvieran que cortar la pierna a la altura de la ingle. Me llevé dos años sin torear. Todo el mundo pensaba que ya había escrito mi última página en el toreo, pero como Ostos estaba loco, en 1965 volví y toreé 83 corridas, más que nadie. Jamás olvidaré aquella fecha, ni cómo actuó Ángel. Por esto estoy aquí, para decirle adiós a una persona a la que estaré eternamente agradecido».