Jesús Noguero, en un momento de la obra
Jesús Noguero, en un momento de la obra - Sergio Parra
CRÍTICA DE TEATRO

«Un tercer lugar»: lo importante es amar

El Teatro Español presenta la obra escrita y dirigida por Denise Despeyroux

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Con cuánto mimo, pasión, inteligencia, ironía y sentido del ritmo escénico dibuja sus meticulosas geografías del amor y del azar -o el destino, que es su sinónimo especular- Denise Despeyroux. En «Un tercer lugar» recurre a un concepto encontrado en el «Ensayo sobre el cansancio» de Peter Handke para definir y acotar un espacio raro, singular, ajeno, el ideal para que los futuros amantes puedan coincidir y conocerse como pórtico de una pasión plena y genuina, si es que eso existe. La autora y directora libera sobre el escenario seis personajes en busca de amor, o algo parecido, aunque el riesgo de la búsqueda entrañe cuotas de dolor y soledad, epidemias de extrañamiento o la perpleja constatación de que el otro en el que se reconocen no se reconoce en ellos. Cada cual acarrea su neurosis, ese rasgo que le hace único en una multitud de seres únicos.

Despeyroux ha dispuesto quince escenas en una estructura circular, o mejor, en espiral, en la que los personajes se encuentran de dos y dos y establecen algún tipo de vínculo, no necesariamente el que ellos tal vez desean. Salpicada de atinadas referencias teatrales, literarias y filosóficas, hay en esta obra coral una historia, la de Tristán (arrebatado Jesús Noguero) y Matilde (eminente Lorena López), que es el corazón de una trama de vidas cruzadas. Él, que comienza reclamando el amor de Cordelia (una resuelta Vanessa Rasero) con zalamera tozudez romántica y música de acordeón, se sorprende por la complicidad de las circunstancias que lo acercan a ella, quien juega sus bazas siguiendo la profética brújula de la numerología en el dédalo toponímico del barrio madrileño de Usera. De Cordelia está también prendido Samuel (Giovanni Bosso, tímido e inquietante), un vecino que le pide sal para mostrarle la maqueta de la casa de sus sueños. Samuel contacta con la abogada Carlota (deliciosa Sara Torres), quien atiende también al hermano de Tristán, el desempleado Ismael (entrañable Pietro Olivera), al que insta a la lectura de Hume para luego conducirlo por páginas de Wittgenstein y Berkeley en una suerte de tutelaje filosófico en el que hallan su personal reducto de afecto. Matilde es el único verso suelto, entregada a Tristán, que parece tener tanto miedo a ser feliz (o a no serlo) que se eriza de feroces suspicacias. En la memorable escena final, emocionante y bien orquestada, él lee a Cordelia, que ahora le echa de menos, la carta final que le ha enviado Matilde, en la que se resume la tristeza asimétrica que recorre la obra.

La Despeyroux directora guía con delicadeza a sus criaturas (estupendas las interpretaciones) por el laberinto de soledades por el que las hace deambular. Todo está medido y empastado en una puesta en escena cuya compleja orfebrería se viste con la apariencia de lo leve. Bonita la escenografía en ángulo de Eduardo Moreno, una pared traslúcida y una larga estantería ocupada por libros y objetos, que acoge los diferentes ámbitos, interiores y exteriores, donde se desarrolla la acción. Y muy cuidada la luz de Pau Fullana para otorgar a cada escena su rango particular.