CRÍTICA DE TEATRO

«Idiota», de Jordi Casanovas: la letra pequeña

Israel Elejalde dirige a Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert en esta inquietante comedia

Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert, en «Idiota»
Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert, en «Idiota» - Vanessa Rabade
JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN - Actualizado: Guardado en: Cultura , Teatros

Tras haber albergado durante bastantes años a la Compañía Nacional de Teatro Clásico, reabre sus puertas el Pavón, que añade a ese nombre el de Teatro Kamikaze, la compañía aposentada ahora en el local de la calle de Embajadores donde Celia Gámez estrenó en 1931 «Las leandras». Para esta nueva puesta de largo se ha elegido una inteligente pieza de Jordi Casanovas, «Idiota», que más o menos se ajusta a la etiqueta de «thriller psicológico», un juego lleno de trampas y trampillas que arranca como comedia y se ve progresivamente invadido por las tensiones del drama.

«Idiota» (****)Autor: Jordi Casanovas. Dirección: Israel Elejalde. Escenografía: Eduardo Moreno. Iluminación: Juanjo Llorens. Vestuario: Ana López. Música: Arnau Vilà. Vídeo: Joan Rodón. Ilustraciones: Lisa Cuomo. Intérpretes: Gonzalo de Castro y Elisabet Gelabert. El Pavón Teatro Kamikaze. Madrid

Con qué avidez se traga el espectador el mismo anzuelo en el que pica el protagonista y cómo se desliza por el tobogán de incertidumbres y sorpresas por el que el autor lo arroja. Carlos Varela es el propietario de un karaoke que, acribillado de deudas, acude al reclamo de un aparentemente aséptico instituto de investigación psicosociológica que necesita «sujetos» dispuestos a someterse a una prueba muy bien remunerada. Un hombre de campechanía patosa y crispada que, tras haber firmado un contrato de aceptación, debe responder a los acertijos que le plantea una tal doctora Edel, psicóloga alemana, en una habitación hermética. Problemas de lógica que deben ser resueltos enfrentándose a ellos desde la perspectiva adecuada no convencional y cuya respuesta errónea, según se especifica en el contrato, esa letra pequeña que nadie lee, acarreará daños a personas próximas al sujeto.

Este experimento maligno, sembrado de minas en forma de dilemas morales y acuciantes descargas de presión psicológica, bucea en los mecanismos de manipulación, los resortes de la codicia, el poder de las grandes corporaciones, la desinformación culpable, la capacidad de tolerancia ante el abuso de autoridad y las inconmensurables dimensiones de la estupidez humana, siempre ignorante de la letra pequeña de las cláusulas que impone la vida. Jordi Casanovas tiende hábilmente sus redes dramáticas y salva con astucia algún momento de inverosimilitud ayudado por la buena dirección de Israel Elejalde, que maneja con mano de hierro el metrónomo que marca el tenso ritmo de la función.

Gonzalo de Castro viste al idiota del título con la versatilidad de sus recursos histriónicos llevados al exceso en una línea de dirección que acentúa esos perfiles para contrastarlos, en un estupendo trabajo de interpretación, con el descenso a los abismo de la angustia y la desesperación que vive el personaje. Frente a él, soberbia en su matizada frialdad dominante e hipnótica, Elisabet Gelabert le da justa réplica. Una producción de cuidado empaque: el hormigón claustrofóbico de la escenografía de Eduardo Moreno, la música inquietante de Arnau Vilà, la iluminación de Juanjo Llorens, que equilibra lo quirúrgico y lo ominoso, los vídeos cuasi «cinéma vérité» de Joan Rodón, los títulos de crédito de Lisa Cuomo… Formidable comienzo de una nueva andadura.

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